Religión

JMJ seis meses después

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Han pasado seis meses desde que Panamá entró en un revulú religioso. Un ambiente de regocijo envolvió las calles de nuestra nación con estas singulares personas que vinieron con una meta: encontrarse con Jesús, el salvador.

Después de este acontecimiento cabe preguntarnos: ¿Valió la pena todo? ¿Se están cosechando los frutos esperados? Lo reflexiono a través de un: antes-durante-después.

Antes. Fue necesario luchar contra toda esperanza y todo tipo de pánico generalizado. “¡Los peregrinos se acabarán el agua de Panamá!; ¡Las calles se llenarán de más basura!; ¡Las comunicaciones colapsarán! ¿Dónde cabrá tanta gente?” Sí, era una invasión, pero hermanos que vinieron a predicarnos a un Dios que es amor, salvación y vida nueva.

Ello conllevó jornadas intensas de sacrificio y preparación. Solo la fe podía motivar a seguir adelante y nuestros pastores que animaron con optimismo. Fueron miles de puertas que se tocaron y se abrieron para recibir a Jesús en los jóvenes. Hubo familias no católicas que con todo gusto recibieron peregrinos; donde cabían dos, entraron cuatro.

Era una Iglesia-familia de Dios que se dispuso de corazón y salió a buscar posada para los peregrinos.

Durante. Los chicos venían encantados de la hospitalidad recibida en la prejornada: la gente, sus sombreros, polleras, bailes y lo colorido de nuestra cultura. Se les veía con sus estandartes en alto, con una alegría contagiosa.

Quienes recibieron un desconocido, lo despidieron con lágrimas considerándolo un hijo. La JMJ suscitó la curiosidad en unos, en otros un mayor acercamiento a esta Iglesia viva, que despertó a una Panamá que dormía en la rutina monótona resignada de la indiferencia, con poca moral y egoísmo.

A otros hermanos este acontecimiento los encerró más en su oscuridad, no quisieron ver la luz. La JMJ sacó la mejor sonrisa del panameño, transformó rostros amargados en sonrisas y gozo espiritual. ¡Quién no se sintió invadido por ese sentimiento de alegría al viajar con ellos en Metro Bus, o en el tren mientras cantaban, hacían porras y oraban! Quien no sintió nada esos días es porque estaba muerto en vida.

Jóvenes que ante Jesús sacramentado se arrodillaron, ante la reliquia insigne de san Juan Bosco se descalzaron y lloraron, jóvenes que pedían la paz para su país, como el caso de los nicaragüenses y venezolanos. Un sacerdote ecuatoriano exhortaba a sus jóvenes a no tener miedo ni marginar a los migrantes venezolanos en su nación.

Después. Estoy seguro de que este gran acontecimiento que todos vivimos, no fue en vano, acercó a muchas familias a Dios. Dios obra a su tiempo, y nuestras pastorales juveniles seguirán creciendo. También brotarán jóvenes generosos que darán su vida como sacerdotes y religiosas. Muchas parroquias se han revitalizado. También habrá mejores cristianos comprometidos con su misión, siendo honestos en sus ambientes de trabajo, en el ámbito político, económico, educativo y social.

Como sucedió con Zaqueo, Jesús pasó, nos miró con misericordia y nos invitó a seguirlo, yo estoy dispuesto a ir con él, ¿y tú? ¿Solo te quedarás viendo?

El autor es padre salesiano de la Basílica Don Bosco

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