CIRCUITO 8-7

Chello lo quiere todo

En 1989 se convirtió en representante, pero no fue hasta la invasión que cimentó su rol en la comunidad. La estrategia de un político que va por tres cargos.

Temas:

Calle de El Chorrillo, el corazón del feudo político de Sergio ‘Chello’ Gálvez. Román Dibulet Calle de El Chorrillo, el corazón del feudo político de Sergio ‘Chello’ Gálvez. Román Dibulet

Calle de El Chorrillo, el corazón del feudo político de Sergio ‘Chello’ Gálvez. Román Dibulet

Huecos en las calles y aguas negras son parte del paisaje chorrillero. Román Dibulet Huecos en las calles y aguas negras son parte del paisaje chorrillero. Román Dibulet

Huecos en las calles y aguas negras son parte del paisaje chorrillero. Román Dibulet

Sergio Gálvez aspira a reelegirse como diputado, es el ‘vice’ de Martinelli a la Alcaldía y también es candidato a representante. Román Dibulet Sergio Gálvez aspira a reelegirse como diputado, es el ‘vice’ de Martinelli a la Alcaldía y también es candidato a representante. Román Dibulet

Sergio Gálvez aspira a reelegirse como diputado, es el ‘vice’ de Martinelli a la Alcaldía y también es candidato a representante. Román Dibulet

La voz de Sergio Chello Gálvez no para de sonar en El Chorrillo. Es la mañana de cualquier día de semana y unos parlantes sobre una camioneta negra con letras magenta y turquesa que conduce un hombre con rostro de fastidio repiten su mensaje una y otra vez. Se escuchan pregones de su candidatura como vicealcalde de Ricardo Martinelli, hoy en El Renacer. Otro día pasará el auto que lleva sus grabaciones promoviendo su candidatura como diputado del 8-7; y otro día le tocará al vehículo que lo promueve como aspirante a representante.

Dos mujeres en la esquina de avenida A y calle 21 observan sonreídas la comitiva del partido Cambio Democrático (CD) que acompaña a la camioneta con bocinas. Dicen que no hay nadie como Chello, que es lo más grande que ha dado El Chorrillo, que si no fuera por sus ferias no podrían comprar comida barata.

Un poco más adelante, en el Parque de los Aburridos, la opinión está dividida. Al menos así lo hace saber Aurelio*, un hombre de unos 80 años de boca despoblada, sombrero, pantalón caqui y camisa colorida que bebe una cerveza que oculta para que los policías alrededor no lo vean. “Si la bomba de un edificio se daña o si se te muere alguien, él llega y ayuda. Siempre aparece, no solo en tiempos de elección. Además, hace sus ferias y le da comida barata a la gente”, dice.

A su lado hay un hombre un poco más joven que viste camiseta blanca y pantalón deportivo. Comparten opiniones, menos en lo que respecta a Gálvez. “Yo he votado por Chello durante décadas, pero como representante. Como diputado es malo, y como alcalde será peor. Como representante, se mantiene muy cerca al barrio, pero en los otros cargos se ha agrandado, se ha vuelto egocéntrico”, dice Carlos. Añade que quienes lo apoyan afirman que los candidatos nuevos no saben nada, pero “no dicen nada de él, que tiene 30 años allí atrincherado y tampoco hace algo”.

Falta poco para el mediodía y la gente parece huirle al sol. En Barraza casi todos también se refugian del calor. Menos Cristina*, quien cocina desde hace horas en su pequeño puesto de comida. “Él no hace nada por nadie. Cuando te acostumbras a ser mediocre te contentan con cualquier caramelo barato. Ha comprado a la gente con ese jamón y con sus ferias. Pone a la gente a esperar horas, a tomar sol. Es una humillación por un jamón de menos de 20 dólares”.

Vida política

Desde el comienzo de su carrera política en 1989, Gálvez ha utilizado al barrio de El Chorrillo como la plataforma de su trayectoria, la que incluye haber sido el presidente de la Asamblea Nacional durante la gestión presidencial de su copartidario Ricardo Martinelli. En ese barrio nació y desarrolló sus dotes campechanas tras dedicarse a vender frutas y verduras en una camioneta. Poco a poco fue ganando popularidad y en 1989 se convirtió en representante de El Chorrillo. Pero no fue hasta la invasión que cimentó su rol en la comunidad, luego de convertirse en una especie de coordinador de las ayudas que otorgaba el gobierno de Guillermo Endara y las que daba el Gobierno de Estados Unidos.

Se transformó entonces en un hombre que resolvía a los demás, aunque nada de lo que diera viniera directamente de su bolsillo o de su gestión. El aprecio de los chorrilleros lo catapultó a ser diputado, padre de la patria, en las elecciones de 1999. Desde entonces, sistematizó un engranaje en el que utilizaba fondos públicos para organizar ferias, sorteos, repartición de alimentos y electrodomésticos. Clientelismo en su máxima expresión. Su labor legislativa, sin embargo, siempre quedó rezagada a un segundo o incluso tercer plano. Lleva décadas siendo el diputado con mayor registro de ausencias.

No es algo que le preocupe. Siempre ha dejado claro que su prioridad ha sido estar con su comunidad, El Chorrillo, aunque esta sea apenas una de los nueve que componen su circuito. El barrio, sin embargo, aparenta olvido absoluto. Las calles están llenas de basura, los edificios descascarillados, con problemas estructurales, hay charcos de aguas negras en varias esquinas, balcones a punto de caerse y adornados con un afiche del propio Chello Gálvez. Y la violencia. Pero no la violencia de inseguridad, que también existe, sino la que subyace: la del marido que le pega a la mujer, la del niño maltratado, la de la poca solidaridad. Los servicios básicos escasos, sin puntos de cultura, sin puntos de arte. Problemas que se podrían intentar solucionar desde proyectos sectoriales, desde iniciativas legislativas. Aunque Gálvez no lo vea así. Las leyes, según él mismo ha declarado, no sirven para ayudar a su comunidad. Para ello, Gálvez entrega jamones una vez al año o $30 en efectivo en un sorteo en el que él mismo gira el ánfora con los nombres.

El resto del feudo

Ni bien uno termina de salir de El Chorrillo y todo cambia. Ya no hay una calle maltrecha y llena de pozos, sino una avenida adoquinada, prolija. Los edificios grises y con ropa que cuelga en el balcón se transforman en estructuras coloniales de colores brillantes con bares y restaurantes en sus terrazas. También desaparecen los anuncios políticos. Acá solo hay espacio para anuncios ingeniosos, ofertas de almuerzos y letreros turísticos.

No es hasta Santa Ana que vuelven a aparecer los afiches con el rostro sonriente de Chello. Si bien este corregimiento está bastante cerca, enseguida se siente que Gálvez no es el mismo caudillo que en El Chorrillo.

“Ellos no se deberían reelegir tanto. Chello ya abusa, nació allí y va a morir allí”, dice un hombre mayor de guayabera. “Hay que dejar de pensar con la barriga y hacerlo con la cabeza”, reflexiona el que está sentado a su lado.

Unas bancas más allá, Jorge Riera, treintañero, de camisa azul y tono amable, está seguro de que Gálvez no repite. “Se ha evidenciado su corrupción. La primera vez que me tocó votar lo hice por él, unas amistades me convencieron de que era un buen tipo y que le gustaba ayudar. Pero al verlo repartiendo jamones y galletas sin hacer su trabajo en la Asamblea, me convencí de que no servía”.

Y mientras más uno se aleja de El Chorrillo, más cambia la percepción. “Jamás le daría mi voto. Me preocupa mucho que salga con Martinelli para la Alcaldía. Si como diputado ha sido nefasto, allí será peor”, dice Lu Ortiz, un vecino de Calidonia. “El sistema está podrido y él ha sacado ventaja de eso”, dice Luis Afú, un veinteañero en Bella Vista.

Casi todos coinciden en que Chello repite como padre de la patria. Al final, no necesita muchos más votos que los de El Chorrillo. En 2014, Gálvez ganó su curul con el 18% de los votos válidos de su circuito, lo que representaba, a su vez, 6% menos que en 2009 y 13% menos que en 2004. En teoría, Chello reduce cada vez más su porcentaje. En 2014, sin embargo, el diputado que menos votos obtuvo en el 8-7 fue Iván Picota, que entró con casi un 8%. Es decir, si Gálvez obtiene su cuota usual de los votos que gana en El Chorrillo como representante, apenas si debe obtener 2 mil o 3 mil votos más en el resto del circuito para volver a la Asamblea Nacional.

Y allí Gálvez trabaja a placer. No solo es uno de los diputados con la mayor cantidad de ausencias, sino que ha presentado menos de cinco proyectos de ley durante el último quinquenio, a la vez que es cuestionado por nombrar a su hermano en la planilla 080. Su mejor quinquenio, no obstante, fue durante la gestión presidencial de Martinelli, con quien ahora aspira a dirigir la ciudad de Panamá.

En aquel periodo, Gálvez fue dos veces presidente de la Asamblea. Desde ese puesto, gestionó la aprobación de 95 proyectos de ley, 71 de ellos presentados por el Ejecutivo. Entre ellos, reformas al Código Electoral, la creación de varias autoridades con cuantiosos presupuestos, la ley antitránsfugas y la ley que regulaba la venta de terrenos en la Zona Libre de Colón y que dio pie para que Gálvez gritara a los opositores: “A llorar al cementerio”. Palabras proféticas, pues en aquellas protestas murieron tres personas.

*El nombre fue cambiado a solicitud del entrevistado.

Comentarios

Cerrar

La función de comentar está disponible solo para usuarios suscriptores. Lo invitamos a suscribirse y obtener todos los beneficios del Club La Prensa o, si ya es suscriptor, a ingresar.

Suscríbase gratis por 30 días Prueba
Adquiera un plan de suscripción Suscríbase
Cerrar

Por favor introduzca el apodo o nickname que desea que aparezca en sus comentarios:

Comentar 0 comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Corporación La Prensa, S.A.

¿Aún no eres suscriptor de La Prensa?

Elija plan de suscripción

Aquí usted podrá elegir uno de nuestros planes de suscripción y disfrutar de los beneficios que le ofrecemos.

Elegir plan