Jon Lee Anderson: para sobrevivir a la guerra

El periodista y escritor estadounidense Jon Lee Anderson conversó sobre los vaivenes de ser un corresponsal de guerra, de las amistades que se construyen mientras se  cubre un conflicto bélico  en cualquier parte del mundo y cómo salir ileso cuando las balas provienen de todas partes.

Fue su madre quien le enseñó el gusto por leer y escribir, mientras que su padre le inculcó a ser un trotamundos en toda regla. Fue su madre quien le enseñó el gusto por leer y escribir, mientras que su padre le inculcó a ser un trotamundos en toda regla.

Fue su madre quien le enseñó el gusto por leer y escribir, mientras que su padre le inculcó a ser un trotamundos en toda regla. Foto por: Daniel Domínguez Z.

Jaime Abello, director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, y Jon Lee Anderson durante Centroamérica Cuenta. Jaime Abello, director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, y Jon Lee Anderson durante Centroamérica Cuenta.

Jaime Abello, director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, y Jon Lee Anderson durante Centroamérica Cuenta. Foto por: Cortesía\Centroamérica Cuenta

Hay un antes y un después luego de que un reportero decide o acepta ir a cubrir un conflicto bélico. Jon Lee Anderson lo sabe de sobra.

“Uno entiende que no es inmortal. Claro que hay otras vías por las que uno puede comprender eso. Por ejemplo, cuando se convierte en padre, uno se da cuenta de que se va a morir y tú tratas de hacer lo mejor posible”, comparte este periodista estadounidense que participó en la sexta edición del festival literario Centroamérica Cuenta. Estar en medio de una guerra es verle la cara a la muerte todos los días. “Ocurre con una frecuencia que no es normal, a menos que trabajes en un hospital”.

Ver cómo dos o más bandos se van a las armas le debe enseñar a todos que la civilización de una sociedad está siempre sobre una base muy frágil, anota quien nació en 1957, en California. “Cuando estás en una guerra hay atenuantes, miedos e inseguridades a las que te tienes que acostumbrar. Son las reglas”, confiesa el hijo de Joy Anderson, autora de cuentos infantiles.

A los nueve años, incentivado por su madre, publicó un periódico ‘The Yangmishan Yatter’.

Estar al vilo también le enseña a valorar el seguir respirando. “Estar vivo puede ser algo pasajero. Nadie debe experimentar una guerra. Imagínate ver a una madre que le acaban de matar a su hijo pequeño”.

Anderson está casado con Erika y tienen tres hijos: Rosie, Bella y Máximo. “Por ellos siempre estoy consciente de lo que puedo perder si muero. Mi mujer es muy especial. Nunca me ha reclamado que vaya a la guerra. La he escuchado contestarle a otros que me salva que soy un hombre con suerte y que tengo un instinto de sobrevivencia. Ella confía en mí”, indica quien su trabajo la ha llevado a Siria, Cuba, Irak, Nicaragua, Angola, Liberia, Libia, Haití...

“En esto no hay raciocinio, porque tú no sabes qué pasará. Hasta cierto punto creo en el pensamiento mágico. Mi esposa siente que soy suertudo y sabe que voy a volver. Ella no quiere mirar más allá. Eso se lo inculcó a nuestros hijos. Naturalmente te haces más responsable cuando eres padre. Antes hice cosas más arriesgadas, porque aunque tienes tus cálculos, a veces tienes que tirar un naipe para ver qué pasa. Es una cagada, porque quizás en la siguiente no te salves.

Aunque siempre tengo presente a mi familia”, asegura quien trabaja de planta en The New Yorker, aunque ha escrito también para el New York Times, The Guardian, El País...

Comenzó como periodista en Perú, en 1979, como miembro del semanario en inglés ‘The Lima Times’ y se especializó desde entonces en temas políticos latinoamericanos y en conflictos modernos.

El miedo

Recomienda siempre tener miedo. “Si no lo tienes eres vulnerable. Ese mecanismo te permite que un camión no te atropelle cuando cruzas la calle. O controlas el miedo o él te controla. Yo he visto combatientes que no tienen miedo, es algo raro. En una guerra igual de peligroso es estar con alguien que no puede con el miedo o que no tiene”, comenta el veterano maestro de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. “He tenido mis momentos de terror y en otros que extrañamente no sentí nada. Me ha pasado varias veces que en la casa donde estoy cae un mortero y me he salvado. Entonces estás como en otro plano, estás como en un trance”.

Es uno de los referentes mundiales en perfiles y crónica periodística, a partir de su trabajo como reportera de ‘The New Yorker’, de sus múltiples libros y coberturas alrededor del globo.

Su miedo se manifiesta desde la rabia y la impotencia. “No sé si es porque soy hombre, pero siempre ando enojado cuando estoy en una guerra, quizás el miedo está debajo. Incluso termina la cobertura y me paso varios días colérico”.

Pasar a una zona cuyo principal estrés es estar metido en medio de un tranque vehicular, lo ve como “algo fofo. Es difícil la transición de pasar de la guerra a un sitio de paz. Me imagino que será igual cuando sales de la prisión. Debes tener gente que te ayude y que entienda el trance por el que estás pasando. Lo mejor es evitar, por un rato, ir a actividades sociales, porque la rabia está todavía allí”.

Ha escrito artículos para ‘Financial Times’, ‘The Guardian’ y ‘Harper’s Magazine’.

Código

Le sacan de quicio los políticos irresponsables, “esos que degradan la institución democrática, o promueven ideas sectarias. Ellos construyen un camino que muchas veces lleva a los pueblos a una guerra. Después de presenciar tantas, si yo quisiera podría armar una guerra ya, la fórmula no es tan difícil”.

No hay dos conflictos armados iguales. La dinámica de cubrirlos es distinto. “Como periodista tienes que estar claro de que eso es lo quieres hacer. Tienes que saber qué quieres lograr con estar en primera línea con los combatientes y para qué quieres transitar por ese camino donde vuelan balas de todas partes. Por ejemplo, un motivo es vivenciar la vida de los combatientes”.

Otra opción es concentrarse en los políticos que se quedan en casa y mandan a sus soldados al combate. “He hecho ambos tipos de coberturas. Aunque me gusta más ver y sentir la guerra. No tiene sentido quedarse en un hotel seguro, en la capital, si la guerra está en el campo”.

Hay que estudiar el terreno. Saber bien qué vas a hacer, opina. “Hay cosas tontas que uno no debe hacer en una guerra, porque lo puedes pagar caro. Siempre debes mantenerte seguro, dentro de lo que cabe”.

Una lección: aprender de colegas del oficio que tienen más experiencia que tú. “No hay un manual, pero siempre viajar con gente que sepa más; no salir de noche a coberturas; nunca transitar solo por un camino solitario y que no conoces, porque si está solitario es porque está sembrado de minas terrestres o es porque te van a emboscar o secuestrar”.

Los reporteros de guerra son más solidarios que el periodista que cubre un país en calma y armonía. “Uno cuida en especial a los jóvenes reporteros”.

El que ganó en 2013, el Premio María Moors Cabot, que entrega la Universidad de Columbia, ha publicado libros como ‘Che Guevara: Una Vida Revolucionaria’ y ‘La tumba del León: Partes de guerra desde Afganistán’.

La tribu

Hay mucha camaradería entre los corresponsales de guerra. “Es una tribu a la que pertenezco desde hace más de 30 años. Nunca hemos sido más de 70 personas. Son amigos que solo los veo en las guerras de Bagdad, Gaza... Intentamos vernos en otros escenarios y rara vez lo logramos. Quizás porque todos tenemos nuestras vidas luego de una guerra. En otras ocasiones nos topamos, porque ellos van de salida y yo llegando al conflicto armado”.

Hace unos días cenó con una amiga inglesa que es reportera de televisión. “Con ella me he topado en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Líbano, así como en funerales de amigos reporteros”.

Son amistades difíciles de comprender para alguien que esté fuera de la tribu. “Es algo parecido como con los soldados, que también comparten experiencias dramáticas juntos en momentos increíbles”.

Tienen algo en común que los lleva a esos sitios. “Es una fraternidad. Es doloroso perder a esos amigos. Es una sensación muy fuerte. En los últimos años ha sido muy doloroso. Entre el 2011 y el 2014 he perdido seis amigos cercanos de la tribu. Algunos fueron asesinados de la manera más vil: degollados. Eso me da rabia”.

Ha desarrollado una escuela sobre la forma de escribir perfiles, habiendo realizado los de importantes personalidades mundiales como Fidel Castro, Gabriel García Márquez, Augusto Pinochet, el rey Juan Carlos I de España y Hugo Chávez.

Sin chalecos

Tiene una costumbre rara que no la recomienda. Evita los chalecos contra balas, los usa poco. “Es lo del pensamiento mágico. Siento que si me lo pongo es peligroso. Igual siempre andas con la cabeza al descubierto. Hay lugares donde sí los uso, porque cada sitio tiene su dinámica y debes aprender del miedo y aprender que puedes morir en cualquier momento”.

“Tengo más recelo en países religiosos y allá siento más miedo. En el mundo del yihadismo musulmán es una realidad que odian a los occidentales y buscan matarlos. No tienes que ir a una guerra, puedes estar en un hotel en Burkina Faso y te pueden degollar por ser occidental. No se puede obviar ese fenómeno”.

Ha perdido más colegas y amigos personales en coberturas en países musulmanes que en otras partes del planeta. “Allá varias veces casi me matan. En otras partes del mundo me pueden matar por cubrir una noticia, pero no por de dónde procedo. Hay más posibilidades que te maten si eres gringo o inglés, pero igual te van a intentar matar si eres de cualquier país de Occidente”.

“He conocido gente que no nació para esto de estar en la guerra. Un amigo le encanta escalar montañas, porque se siente en control de la situación, pero yo no haría jamás eso de trepar muros verticales. Él me acompañó un día a mi trabajo y se desencajó porque no podía reconocer todos los peligros a su alrededor”. En un intercambio de balas te puede caer una de cualquier lado. “Aunque las matemáticas están a tu favor. Las balas no tienen nombre. Hay muchas probabilidades de que no te toque una bala si te sabes esconder de ella”.

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