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El sueño

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La civilización del hombre comienza con su cooperación, su capacidad cognitiva y las historias que nos unen. Sin historias que nos unan, como la religión, los sueños, creencias grupales y, especialmente, la confianza, no hay nación. Esta es la teoría de Noah Harari. Toda sociedad o civilización forma sus propias ilusiones y leyes para sobrevivir. Desde la Tulivieja hasta Zeus. No hay escapatoria de esa ilusión. Solo la ciencia ha traído la verdad al que estudia; para el resto, la ciencia es astrología.

Ejemplo, el dólar es un papel, un pinche pedazo de papel. Sin embargo, sirve para cambiarlo por carne, frijoles, o un apartamento. Ese papel es más confiable que la teoría de la relatividad, o la evolución. La historia de Cristo caminando sobre las aguas, la existencia de brujas, o el billonario valor de Uber, son historias que todos creemos. Soy cristiano y capitalista; por lo tanto, no creo en musulmanes comunistas. Confío más en aquellos con mitos iguales a los míos.

El pilar de un grupo son sus mitos y su fe en ellos. Cuando esta desaparece, todo cambia para siempre. Esa es la ley. Ya no dependemos de rogarle a los dioses por buenas cosechas, ya que confiamos más en una app, que en un cura que pida lluvias. O brindar sacrificios a una deidad para no ser invadidos por los colombianos. Confiamos en nuestras fronteras, imaginariamente marcadas en un mapa.

Para poder desarrollar nuestro potencial como una nación cohesionada, hemos creado nuestras propias historias y cuentos. Desde la Tulivieja al fantasmagórico valor del balboa. Desafortunadamente, todo aquello en lo que creemos puede ser despedazado súbitamente con la pérdida de confianza colectiva. Venezuela es un buen ejemplo.

Esos cambios brutales se llaman revoluciones. Traen sangre y destrucción. Son los eternos cambios que trae la desconfianza colectiva. En todo el mundo conocido, los dioses y reyes fueron cambiados con la llegada de Alá y Cristo. Las nuevas justicias religiosas eran más atractivas y justas que las políticas. Todo cambia cuando la injusticia de una idea o el mito es percibido por su población. La pérdida de la civilización maya es un ejemplo entre miles.

En Panamá, nuestro sistema de ratas que cada quinquenio nos engaña está llegando a su fin. Fue creado por ladrones para ladrones. Y ha funcionado maravillosamente para todo aquel que está en el poder. El sistema es perverso, pero funciona. Algo así como la esclavitud: un sistema con normas y castigos para formalizar su legalidad. La democracia panameña, igual que la esclavitud, no funciona. La mayoría más torpe escoge a la minoría más mediocre para que nos gobierne. Y el resto acepta pagarle democráticamente a ambos grupos para que nos roben.

No hay ciencia ni tecnología que cambie a nuestra ignorancia si no cambiamos primero las leyes que nos gobiernan a todos. No solamente los políticos y las masas que viven de los subsidios tienen derechos. Todos somos panameños. La clase media desaparece porque no tiene una representación que la proteja. El innovador, el turismo pequeño, aquel que se raja el lomo sin robar, el campesino, no surge porque la confianza dejó de existir.

Para solucionar esto, el candidato presidencial Ricardo Lombana tendrá primero que evitar a toda costa nuestra desintegración como sociedad. Lo primero es arreglar totalmente nuestro sistema de justicia. No me hables prioritariamente de autopistas ni trenes ni PIB, BID, CAF, ni de crecimiento. No te creeré nada, Ricardo, si no arreglas primero nuestro sistema de justicia.

El panameño ya no cree en nada ni en nadie. No merecemos un mejor futuro si votamos de nuevo por otro bellaco inepto y su combo. Panamá caerá en un caos de sangre y pobreza como nunca antes lo hemos visto. Solo existe una ley universal: todo cambia, todo se renueva, nada es permanente. Si nos equivocamos otra vez con nuestro voto y perdemos la poca confianza que queda en nuestro sistema democrático, estamos perdidos como nación. ¡Justicia! Solo denme justicia. Los panameños nos encargamos de materializar el resto del sueño de Lombana.

El autor es  práctico del Canal.

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