Comunicación

La era de la posverdad

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Hoy en día un pequeño rumor en redes sociales puede ser la chispa adecuada que genere una vorágine de comentarios que pique y se extienda arrasando todo a su paso. Una avalancha que eclipsa la verdad. En ese mundo, es posible que una simple opinión corra a mayor velocidad que los aburridos hechos verídicos y la tediosa evidencia. La facilidad de acceso a la información y la rapidez con que fluye hacen cada día más difícil tener una primicia. Es viable pensar que esto ha dado paso a una imperiosa necesidad de ser el primero en decir las cosas, sacrificando en gran medida la veracidad o la fidelidad.

Parte del fenómeno involucra la difusión de contenido dándole entera credibilidad a una fuente dudosa. Paulo Coelho y el papa Francisco son punteros en la categoría de frases que nunca dijeron, mientras que vemos discursos en ruso del presidente Putin con subtítulos cuya traducción no guarda relación alguna. Sin embargo, todavía se debate sobre si el afamado mandatario dijo o no que “perdonar a los terroristas era cosa de Dios, pero enviarlos con él era cosa suya”. Esto, que puede sonar a un simple tema de humor cibernético, puede trascender hasta influenciar temas de Estado.

La posverdad hace solo unos pocos años encontró su lugar en el Diccionario de la Real Academia Española, definida como la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Se considera un derivado del inglés post truth. Se trata de una realidad en la que los hechos objetivos tienen menos posibilidad de definir la opinión pública que aquellos que apelan a la emoción y a las creencias personales, generando un complejo fenómeno que impacta ampliamente en la sociedad. El filósofo argentino Darío Sztajnszrajber se refirió al tema así: “Posverdad es, frente a una realidad amorfa que es pasible de ser interpretada, es la acción que realiza uno por leer de la realidad solo lo que le cuaja y le cierra a lo que previamente uno cree de antemano y quiere justificar. Entonces siempre vas a encontrar en la realidad la data recortada que a vos te sirva. Yo te agregaría que en la posverdad hay una conciencia de que uno ejerce esa operación, pero no le importa”.

Vemos, entonces, que la posverdad se constituye en un elemento crucial del debate político. Sin ánimos de emitir juicios de valor sobre ningún actor, es evidente que las ejecutorias de políticos nuevos con caras frescas gozan prima facie de mayor aceptación que aquellas de políticos de vieja data. Esto sin entrar en un análisis profundo y objetivo de los hechos, simplemente por el sentimiento de hartazgo sobre la vieja política.

El fenómeno no tiene solamente que ver con el emisor, ya que debe su lugar a que existen sectores entre los receptores que han planteado una demanda en ese sentido. El filósofo británico Anthony Clifford Grayling -sobre el origen de la posverdad- comenta que “El mundo cambió después de 2008. Tras la crisis financiera, la política ha sido definida por un tóxico crecimiento de la desigualdad de ingresos. Así como creció la brecha entre ricos y pobres, también aumentó un profundo sentido de disconformidad en la clase media, la que ha enfrentado un gran estancamiento en sus ganancias. Con una corriente de resentimiento económico desatada, no es difícil exaltar las emociones sobre temas como la inmigración y sembrar la duda sobre los políticos establecidos”.

Un mundo dominado por la posverdad implica un giro en la argumentación y un cambio en la manera como se presenta la información. El discurso enfatiza más lo que las personas desean escuchar, subvalorando los hechos y la data científica. La elocuencia apela al componente emocional del razonamiento humano, es por ello por lo que se le conoce también como “mentira emotiva”.

Contra la posverdad las herramientas son el pensamiento crítico y el análisis objetivo. Es claro que las problemáticas sociales son raramente reducibles a blancos y negros. La mayoría generan una escala de grises en la cual afloran toda una diversidad de aristas dignas de profundo estudio, previo a la afirmación de que se ha encontrado una verdad y, aun así, existe margen de error. No obstante, la posverdad es experta en darnos gratificación inmediata. En un par de líneas ofrece respuestas sobre complejidades, las cuales embonan con sentimientos personales, arraigando inmediatamente la postura que se desea plantar en el imaginario del receptor.

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