Reflexiones

11 de octubre de 1968

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La sociedad panameña convulsa desde 1941, se debatía entre una tradición militarista liberal, que había perdido el carisma del caudillo –Porras- y se agitaba en la espada de queso de los coroneles y generales de turno. Se habían hecho simulacros de caudillos: Remón, Bolívar Vallarino y un oscuro oficial, Torrijos Herrera, encumbrado por un anónimo Noriega, un diciembre de 1969.

El espectáculo “República de Panamá había sido empalizado por los eventos inexplicables del 9 de enero de 1964. El hecho no podía repetirse, fue la consigna de los oportunistas de octubre en estrecha relación con los estrategas de la CIA y el Comando Sur. Panamá tenía que ser reinventado.

Existía un contexto favorable. La fracasada clase política, en terminología de Beltrand Russel, iba de tumbo en tumbo. Su líder indiscutible era un atractivo de poca monta. Los oligarcas desgastados del tiempo de Porras, Domingo Díaz y Enrique Jiménez no carburaban más y las iniciativas políticas pululaban en los cuarteles.

Surge la idea a tropezones de que el 9 de enero es un excelente evento, que el general Torrijos se puede robotizar en un líder de la revolución y que la sociedad panameña está hambrienta de tener un caudillo menos histriónico a quien puedan manosear como al “cholo Omar”. Luego vendrán los detalles de un Henry Kissinger y de un profesor Tack, de un retórico como Rómulo Escobar Bethancourt, de un Consejo de Seguridad, de un veranillo democrático y así se logró una sociedad polarizada que puso sus ilusiones y frustraciones en la Guillotina del Referendo Canalero y en el nuevo orden constitucional- 1972- del comandante en jefe de los cuarteles.

El resto del trabajo sucio lo hizo el mismo amanuense del día de la lealtad. La dictadura era obra del perverso Noriega, el ingenuo de Torrijos era la víctima que Noriega no dudó en sacrificar. Los Tratados eran no solo buenos, sino buenísimos, que nos permitían ingresos millonarios y exorbitantes para cubrir todas las necesidades que se presentaran en el país durante el siglo XXI.

Borrar lo pérfido de la dictadura no fue difícil: Endara, el Toro, Mireya, Martín Torrijos y la década “incapaz y ladrona” de Martinelli-Varela, aupada por un tal Nito, terminaron por hacer reluciente y deslumbrante el período que el general Omar Torrijos Herrera pasó, a paso de cocuyo, poniendo luces sobre muros, quebradas y talanqueras.

En el actual proceso electoral hay claros oscuros. Panamá es una realidad del siglo XXI con estructuras internacionales del siglo XX. China es una realidad, manejada bajo el velo de la ignorancia y la desidia. Estados Unidos, en esta época de transición y reajustes, sigue siendo percibido como el líder del lado oscuro de la galaxia y el resto del mundo, sigue siendo un invitado incómodo, que nos sentimos obligados a recibir en la Avenida Primera de Nueva York.

El partido político con más autoestima y orgullo nacional, el PRD, que surge como instrumento para darle vigencia a los tratados canaleros, aparece revitalizado después de unas vacaciones breves de dos períodos electorales; y el partido político de la anacrónica década panameñista (1931- 1941) ve rodar la cabeza del caudillo por las grietas profundas de la historia política del país.

Hay futuro político en Panamá. Por supuesto que sí. Solo faltan mentes y corazones fuertes que empecemos a dar luces y caminar hacia delante. La juventud es renovación y esta se expresa en planteamientos, movimientos, ideas, exigencias y pasos erráticos que deben ser corregidos. Hay oportunidades difusas y múltiples en la escena electoral intra y extra partidista. La realidad tiene siempre nuevos senderos, el asunto es tener la voluntad de mantenerlos abiertos.

El autor es filósofo y abogado panameño.

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