Brasil

Un juez llamado Sergio Moro ayuda a ganar, ayuda a gobernar

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En Brasil los jueces han construido una suerte de gobierno paralelo politizando la justicia mediante insidias y descalificaciones, mientras pretenden que los políticos se despoliticen.

No es un fenómeno nuevo. Jeremy Waldron, profesor de Derecho Constitucional y Filosofía Política de la Universidad de Nueva York, ya había anticipado, en un lúcido y crítico ensayo en contra del gobierno de los jueces, la tensión entre justicia y política.

En Brasil, el juez Sergio Moro se convirtió en protagonista de las recientes elecciones. Engullido por la tentación del poder, manipuló la justicia para hacer política partidista.

Coreografiando su proyección mediática, llegó a ser el santo patrón de la lucha contra la corrupción. Armó expedientes sin sustento legal. Abusó de las confesiones premiadas para recortar sentencias si acusaban a otro para evitar la cárcel. Acusaciones que no señalaban al Partido de los Trabajadores (PT) y al expresidente Luiz Inacio Lula da Silva no valían. Demonizó a toda la clase política y llevó a la cárcel a Lula, violando el debido proceso, para despejarle el camino a Jair Messias Bolsorano de su mayor obstáculo para llegar a la presidencia.

“Jamás. Jamás. Soy un hombre de justicia y no soy un hombre de política. Así que ese riesgo no existe”, declaró Moro a O Estado de Sao Paulo. No obstante, en un momento que más daño podía hacer, sacó a la luz delicadas conversaciones grabadas entre la expresidenta Dilma Rousseff y Lula, dando munición al proceso de destitución de la mandataria y la entronización de la ultraderecha en el poder. El cazador de políticos actuó como político.

El vicepresidente electo, general Hamilton Mourao, reveló que dos semanas antes de la primera vuelta electoral del 7 de octubre, Bolsorano invitó a Moro a formar parte de su gobierno. Días después, sin explicar los motivos procesales, Moro hizo públicas acusaciones de un exministro de Lula y Rousseff en las que –como una novela escrita por los detractores del PT- revelaba el supuesto desvió de fondos estatales para campañas políticas.

La química ideológica entre Moro y Bolsonaro es un asunto de familia. Mientras el juez salía de cacería jurídica contra figuras del PT, su esposa subía a tiempo completo a las redes sociales los mensajes del ultraderechista.

Al aceptar formar parte del gobierno de Bolsonaro -como editorializó el diario El País- Moro se quitó la careta. El nuevo superministro mezclará las carteras de Justicia, Seguridad, Transparencia, Combate a la Corrupción, Asuntos Internos y el Consejo del Control de las Actividades Financieras.

La lógica anti PT y anti Lula, como responsables de todos los males del país, que alimentó Moro con el combustible de los escándalos de corrupción, la violencia sin control y la desesperante crisis económica, contribuyó al triunfo de Bolsonaro.

Pero el voto también fue un reflejo de la enorme desilusión por la democracia y del rechazo a la clase política tradicional. Bolsonaro se presentó como un outsider político, pese a sus 27 años como diputado y haber militado en ocho diferentes partidos. Capitalizó la venganza de los resentidos y manipuló sus frustraciones. Los brasileños dieron un salto a la oscuridad al entregar un cheque en blanco sin tener la menor idea de lo que hará el nuevo gobernante cuando asuma en enero la presidencia en el Palacio de Planalto.

El PT y Lula también tienen responsabilidad. La designación de Fernando Haddad, exministro de Educación de Lula y exalcalde de Sao Paulo, nació con el estigma de ser parte de la elite política y se convirtió en víctima de la “izquierdopatía” que se impuso en Brasil.

“Nosotros nacimos para ser diferentes de los otros partidos”, le confesó Lula al exjefe del Gobierno español Felipe González poco ante de ser condenado a 12 años de prisión. Advirtió que su partido “vivía un momento de cansancio”. Se quejó de que sus cuadros “solo piensan en cargos y empleos, en ser reelegidos. Nadie trabaja ya gratis como antes”. Sugirió que el partido necesitaba "ser refundado”.

Pero eso fue solo declarativo. Ni Lula ni Haddad se responsabilizaron públicamente de los errores del partido. El PT habría ganado más votos si hubiera hecho un mea culpa por su responsabilidad en los robos, corrupción, falta de escrúpulos y oportunismo cuando gobernó. Scott Mainwaring -profesor de la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard que se especializa en Brasil, citado por The New Times- lo planteó de este modo: “Esa falta de corrección empujó a muchos brasileños vacilantes hacia Bolsonaro”.

El autor es periodista

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