INSTITUCIONALIDAD

Los goles del subdesarrollo

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Daniel se me adelantó al describir la alegría por clasificar al Mundial. Me toca a mí escribir sobre otros goles, esos que traducen decepción. Mientras los jugadores definían nuestro destino en el deporte rey, los diputados marcaban en la portería patria, contra el guardameta protector de Donoso. Para colmo, en horas de madrugada, el presidente decreta día feriado, una medida demagógica irresponsable. Los héroes legionarios artífices de la victoria viajaron al día siguiente del partido para reincorporarse a sus labores cotidianas. Sin mencionar la afectación en la economía y en la calidad educativa, lo más triste fue observar la frustración de numerosas personas, especialmente del interior, que acudieron a sus citas programadas para consultas especializadas, trámites de procedimientos o cirugías electivas. Pese a que muchos médicos sensatos asistieron al trabajo, los pacientes no fueron atendidos porque faltó el personal administrativo y paramédico indispensable para concretar la operatividad de dichas faenas. Como si los antivalores fueran escasos, Medcom distinguió a la señora que invadió el campo de fútbol, algo que ni siquiera debió recibir cobertura televisiva y que seguro acarreará sanción de FIFA. El “juega vivo” no solo se celebra, sino que se premia. Mientras nuestro gobierno populista emplea fútbol (Rusia 2018) y religión (JMJ 2019) como opiáceos colectivos, las universidades panameñas ni siquiera están en la lista de las primeras 100 de América Latina. La Universidad de Costa Rica, en el puesto 19. Jolgorio mata ética.

Días después, con tantos problemas por resolver en salud, educación, transporte y seguridad, un diputado presenta la ley del pindín, para que haga juego con el almojábano con queso, el sombrero pintado, el toro guapo, el acordeón y el mes bíblico. Salvo excepciones muy puntuales, el coeficiente intelectual en la Asamblea anda en nivel Condorito. Nada que proceda del recinto legislativo nos debe ya sorprender. El mismo ejemplar parlamentario es quien desea reglamentar la mala praxis médica, basándose más en las emociones de las desafortunadas víctimas que en las incertidumbres típicas de la disciplina sanitaria. Como no se depure el mamotreto, el ejercicio médico será más caro, defensivo y peligroso. La medicina no es una ciencia exacta, sino una mezcla de arte, experiencia y evidencia. Los errores diagnósticos y las adversidades quirúrgicas son parte integral del quehacer profesional. Lo qué si debe ser sancionado, por supuesto, es el acto negligente, pero analizándolo mediante peritajes técnicos, no desde la óptica de abogados oportunista$ y fiscales incompetentes. Para más despropósitos, ya fue aprobada la protección de la brujería ancestral indígena, ritual chamán que propicia que la gente de comarcas llegue al hospital en condiciones deplorables.

Tuvimos otra muerte por intervenciones estéticas. Las autoridades investigaron y clausuraron la clínica involucrada. La actuación de los gobiernos en estos escándalos ha sido siempre similar, recurriendo al comportamiento reactivo y no al proactivo preventivo. Al indagar, lo esperado: individuos sin idoneidad para realizar actos médico-quirúrgicos riesgosos. Panamá está inundada de centros sanitarios espurios, operados por charlatanes de oficio. Basta escuchar las emisoras radiales para enterarse de la gran proliferación de “hierberos” nacionales y sureños, llamados incluso doctores, que promocionan panaceas botánicas para curar múltiples enfermedades, incluyendo cánceres e inmunodeficiencias. Cuando los periodistas son cuestionados por esta publicidad engañosa, se defienden argumentando que hay libertad de expresión, que se satisface lo que pide la audiencia y que advierten de consultar al médico. En el fondo, sin embargo, todo se reduce al lucrativo negocio de cuñas y entrevistas pagadas. A nadie le interesa el daño potencial a la salud de la gente incauta, pobremente educada. Lo “natural”, aparte de placebo costoso, no está necesariamente exento de efectos adversos. Algunos de estos nigromantes son activistas antivacunas.

Lo peor es que también hay galenos idóneos en manejos indebidos. La utilización de células madre para tratar autismo, osteoartrosis o enfermedades endocrinológicas, neurológicas y degenerativas pertenece aún al campo experimental, pero se mercantilizan para pacientes desesperados o como parte del turismo médico floreciente en Panamá. El padre del actor Mel Gibson fue sometido a tales prácticas onerosas. Otros “tratamientos” frecuentes, efectuados por fuera de indicaciones probadas, sin efecto benéfico para el uso dado y hasta potencialmente nocivos, como quelación, cámara hiperbárica, ozonoterapia, ingestión de colágeno, infusión de concentrados hipervitamínicos, prescripción de productos antienvejecimiento, son aplicados libremente en clínicas y nosocomios, sin regulación ministerial. Estos estafadores le hacen daño a la medicina y a la reputación de los profesionales serios. Mientras las autoridades siguen sin fiscalizar a los que cometen imprudencias o ilegalidades reiteradamente, cada vez más le ponen trabas a los científicos que conducen investigaciones de calidad internacional de manera ética y responsable. ¿Quién entiende esta paradoja?

“Paren el mundo que me quiero bajar”, Mafalda…

El autor es médico

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