Historia

En defensa de los originarios

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Sigue chispeante el debate surgido por el pedido que hizo el presidente de México para que España haga pública sus disculpas por los horrores de la conquista. Por mis raíces de amor y solidaridad con los pueblos indígenas de Panamá y en cualquiera tierra en donde hoy siguen sobreviviendo, no sumaré mi voz y pluma al concierto de las voces atribuladas que salieron de su escondite para reprochar el pedido de Andrés López Obrador.

La ultraderecha en la metrópoli –no en toda España– se ha mofado de AMLO. Es el caso de Pérez Reverte, consagrado escritor, que sin disimular la debilidad de sus argumentos, injuria al dirigente azteca y le pide que se disculpe porque, de lo contrario, quedaría como imbécil y sinvergüenza. Pero como toda moneda tiene dos caras, ¿cuándo ocurrió que el genial escritor español pidió disculpas a España y rindió cuentas por el proceso que se le siguió en la Audiencia de Madrid por plagio?

No podía faltar Vargas Llosa, escritor consagrado pero político fracasado, que decidió vivir en España pensando que Perú no lo merece como ciudadano residente. Hizo campaña internacional contra la candidatura del presidente mexicano y ahora aprovecha el momento para arremeter contra AMLO, señalando que la nación azteca está llena de indios pobres. Pero olvida que el sistema neoliberal salvaje que tanto se afana en aplaudir es el que propicia la miseria en países que tuvieron la mala racha de adoptar a ciegas sus recetas de gobierno.

El argumento generalizado que han utilizado los que se niegan a defender a los originarios es que el perdón de España daría paso a extravagantes perdones de los imperios desde la antigüedad y crearía un caos sideral de disculpas. Olvidan, sin embargo, que Rajoy y Felipe VI, en 2015, pidieron disculpas por la expulsión de los judíos sefarditas en 1492 y otorgaron a sus descendientes la nacionalidad española. El mismo rey de España, después de 500 años, tendió el manto de la reconciliación con el pueblo hebreo como lo hizo Alemania por el holocausto. Y que Macron, en Francia, se ha disculpado con los argelinos.

Juan Pablo II, después de 500 años, reivindicó a Galileo de su diferendo con el papado de Roma. En Bolivia, el papa Francisco pidió perdón por los graves pecados cometidos contra los verdaderos soberanos del continente en nombre de Dios y admitió que el centro de los católicos no está libre de pecados, lo que hizo posible que se les devolvieran los laureles merecidos a jefes indios como Túpac Catari.

Contrasta que la Iglesia, con humildad, misericordia, reconciliación, edificada con una sabiduría milenaria, haya rectificado y reconocido los horrores de la conquista, partiendo por los reyes católicos, que fueron los que patrocinaron los viajes que dieron origen a la exploración, conquista y asentamiento en América; otros, con altisonante soberbia, atacan a AMLO porque no admiten que sea un representante de la izquierda quien esté gobernando un país inmenso como México.

Han desfilado políticos que no tienen discurso para los problemas de España. Está Albert Rivera, que constantemente cita el aroma del populismo para adornar sus discursos en el Congreso y al antisemita Henry Ford, claro exponente del trío ultraderechista que ha devaluado la democracia ibérica. Y aparece Pablo Casado, dirigente del Partido Popular, organización que atraviesa por la peor crisis de corrupción del presente siglo y es investigada por maniobras de “pinchazos” e investigaciones ilegales, dado que los factores reales de poder, a decir de Lasalle, han decidido acabar la nueva fuerza que liquidó el bipartidismo (Podemos).

Los norteamericanos, por otro lado, pragmáticos como siempre, reconocen dos páginas oscuras de USA: la esclavitud y el exterminio de indios, lo que los hace grandes por su capacidad de pedir perdón, rasgo que algunos en Hispanoamérica no tienen.

Importa que nunca faltaron los actos de heroísmo del pueblo invadido. Es tanto o más necesario desempolvar las figuras de los héroes peruanos Atahualpa o Alejo Calatayud, la del venezolano cacique Guaicaipuro, la de Montezuma o Lautaro en Chile, y la Cémaco o Ubarraga Manía Tugrí, en la tierra nuestra de los ngäbes. Cuando los europeos llegaron, encontraron que imperaba la meritocracia para cargos públicos, educación gratuita, protección de discapacitados, todo lo cual hacía parte de un código moral ejemplar. Teníamos adelantos en medicina, astronomía, matemáticas, como las propias del Imperio Azteca. Para gloria de mi pasado, crecí en Tolé y fui maestro en la reserva de los ngäbe buglé. El grito de la raza me hace defender a mis ancestros del continente. Y por eso sigo parodiando a Gonzalito, diciendo que el pueblo latinoamericano puede ser tenido por algunos como un árbol caído del que todos quieren hacer leña, pero no sería sorpresa que la leña de hoy sea el incendio del mañana. Es justo exigir disculpa porque, al decir del irlandés Oscar Wilde, el único deber que tenemos con la historia es la de escribirla de nuevo.

El autor es abogado

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