Raíces

En busca de la nación

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Desde que E. Renan sentenció en 1882 que “nación es una gran solidaridad . . . un plebiscito de todos los días…”, “un alma, un principio espiritual”, se convirtió en referencia obligada para quienes abordan el siempre evasivo tema de la nación.

El plebiscito diario del que hablaba no es más que el deseo y el consentimiento de continuar la vida en común, al igual que la nación pensada como solidaridad que, más recientemente, retomaron otros autores.

Un siglo más tarde, B. Anderson buceó en nuevas profundidades sobre el tema y acuñó su clásica definición: “la nación es una comunidad imaginada”, que tanto ha influido en un crecido número de autores. Esta comunidad imaginada no es tanto una construcción política, como un sistema cultural. No obstante, se trata de una conceptualización excesivamente elaborada como para aplicarla a Panamá en el siglo XIX, cuando el campesinado y la amplia mayoría de las castas analfabetas debieron estar más cerca del “campanillismo” y de la “comunidad vivida”, es decir, su cotidianidad. Parece imponerse la idea de que la identidad, como primer paso para la nación, surge en las pequeñas comunidades que, en definitiva, avalan la línea de pensamiento de Justo Arosemena respecto al municipio.

Un número cada vez más importante de estudiosos del tema comparte la tesis de que el Estado precede a la nación, que son los Estados los que construyen naciones y nacionalismos, y no a la inversa. Algunos plantean que para el surgimiento de la nación debe existir una integración cultural de la población, que no significa una comunidad homogénea. Lo importante es que exista un proyecto compartido que logre imponerse a todas las comunidades y adquiera carácter nacional.

El caso de Panamá reviste características especiales, ya que el Estado nacional es tardío -siglo XX-, aunque es indiscutible que ya en el XIX existía un proyecto elitista -hanseatismo- que, poco a poco, se impuso a los grupos de poder del interior del país, permeó el imaginario de los sectores populares y, finalmente, cristalizó una vez que se fundó el Estado en 1903. Al igual que en el resto de América Latina, fueron las élites las rectoras de los proyectos nacionales del siglo XIX.

Otros no dudan que el proyecto elitista se impuso al pueblo a través del andamiaje social de la escuela –“poderosa fábrica de patriotismo-nacionalismo”, al tiempo que propone que el proceso de nation building -forjar patria, construir naciones y despertar lealtades nacionales-, puede irse gestando gradualmente gracias a las manifestaciones populares y los estallidos compartidos por gente no alfabetizada. De acuerdo con esta hipótesis, los movimientos del arrabal de Santa Ana y los levantamientos populares en el interior del país durante el siglo XIX pudieran haber servido para ir construyendo arraigos, adhesiones, comuniones, identidades que comenzaban por reconocer un sistema de lealtades, ya sea al grupo familiar, a los vecinos, a la etnia, a la comunidad, al pueblo o al entorno. Ello nos lleva a pensar que estos pronunciamientos pudieron no ser el resultado exclusivo de la “barbarie” y el desorden de las masas, como imaginaban las élites, sino tempranas y desarticuladas manifestaciones de la defensa, no siempre consciente, de un ideal. Todo lo anterior, sin perder de vista que muchos de estos pronunciamientos populares pueden ser explicados como formas cotidianas de resistencia al proyecto civilizador de la élite.

Mientras la lealtad colectiva de los comerciantes se enfocó en imaginar el espacio -el istmo- y a la comunidad -los istmeños- como parte de un emporio del comercio universal que preparó el camino para el Estado nacional, simultáneamente, entre los grupos menos ilustrados y favorecidos pudieron estar germinando otros imaginarios de lealtades que no llegarían a concretarse en forma coherente. Ello fue así porque hasta el siglo XX esta élite comercial fue el grupo mejor estructurado y, por lo tanto, el único en capacidad de proponer e imponer un proyecto coherente que fue el resultado de “una ingeniería social deliberada” construida desde arriba.

La autora es historiadora. Editor: Ricardo López Arias

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