Identidad

Cuando fuimos Panamá

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El homo sapiens necesita de mitos, historias o ideas que nos unan. Tanto la cooperación como nuestra especialización en diferentes áreas han hecho que nuestra especie sea la más exitosa del planeta. Ojo que exitosa no necesariamente significa dominante. Hemos desarrollado una inteligencia asombrosa, y seguimos progresando a niveles nunca vistos. Como diría el escritor israelí Yuval Harari (autor de Homo Deuz), estamos a un nivel cercano a Dios, ¡ Homo Deus! No porque lo seamos, pero eso buscamos, inteligencia. Y hacia allá nos dirigimos. Desgraciadamente nuestro gobierno piensa diferente.

Nuestros mitos como panameños nos unen, y nos identifican como nación. Desde La Tulivieja al incidente de la Tajada de Sandía. Nuestros santos, como Don Bosco, o historias comunes, como el Canal De Panama. Las leyendas y las historias hacen que nuestra cultura avance o retroceda hacia nuestro presente. Pensamos que el juega vivo es diferente, pero en realidad estamos condicionados a ser panameños. Cultivamos maniáticamente la cultura de la incultura. La cultura de la destrucción.

Panamá está en un punto crítico. Todo aquello que nos unía se está resquebrajando en jirones de angustia existencial, al ya no tener más fábulas en común. Nuestro frágil pasado desaparece con nuevas historias que no concuerdan con nuestra psiquis. Las imágenes del campesino salomando feliz con un machete, y las mujeres con polleras, entre una cerveza, desaparecieron. Ni siquiera la cerveza Panamá es de panameños; y trabajar la tierra es un espejismo de Tonosí.

Si pensamos en tranquilidad, hay ladrones. Si soñamos con un río, hay plástico. Si vamos a misa hay un cura pedófilo. Si confiamos en un banco, pronto descubriremos que esa sonrisa del banquero era falsa. Nos estamos destruyendo esperando un bus que nunca llega, cuando antes sabíamos que el maldito diablo rojo sí llegaría. Miramos con recelo el Metro Bus, y sabemos que nos engañan. ¡Desconfiamos del mito actual!

Es difícil pensar que solo ayer podíamos decir a los 4 vientos que éramos la nación más feliz del planeta. Esa historia está por terminar; nuestra agresividad va en aumento, y discutir hasta con un boy scout puede ser peligroso.

Aquello que nos unía, como nuestra cocina muere, porque ya no quedan restaurantes con cocina panameña de altura; ni siquiera sabemos lo que es pedir una lengua, o un gallo pinto. Mientras que la cocina internacional crece. Los países a donde vayas tienen orgullo de su cocina. La nuestra se esfuma entre el susurro de torrejitas sin bacalao y guandú a 6 dólares la libra, el fogón se apaga. Es difícil no darse cuenta de cómo, en solo 16 años, la política ha barrido con nuestra solidaridad colectiva. Nos hacemos más frágiles, sin la fuerza para exigir cambios y luchar como una falange macedónica con ideales, e historias que sean compartidas por todos los panameños. Con la caída de Noriega, caímos todos en un estúpido sueño de democracia inexistente. Creímos como niños. Esa historia ya terminó. No hay democracia.

El balboa murió, pero nos dicen que es bueno reemplazarlo por monedas con la cara del Martinelli de turno. Nuestra moneda era una historia; en nuestro cuento colectivo era el balboa. COPA, o la compañía de electricidad, el IDAAN, o el seguro Social, nuestra educación. Desde el chino de abajo, al policía joven. Desconfiamos de todo y de todos... El temor al engaño es nuestra nueva cultura. Ese miedo nos separa.

Dudamos hasta de la mediocridad de nuestros gobiernos, y soñamos despiertos con un líder inmaculado, un cuento de proceres...! Ese sueño imaginario de cuando fuimos Panamá, nos arrasa como nación. Ya podemos oler lo que será el ‘buen gobierno’ del PRD. Toda una pesadilla de zombis y maleantes gobernándonos otra vez. No necesitamos 5 años más de cobardías, y silencios partidistas para despertar. Somos una nación de 4 millones de panameños, no de cuatro fétidos partidos políticos que nos invitan a soñar cada 5 años.

Nos destruimos por nuestro miedo al miedo de quedarnos sin cuentos. Y nos olvidamos que érase una vez, hace solo un suspiro atrás, fuimos una nación de ciudadanos valientes y orgullosos. Y yo le grito al cielo, que creo no nos conocemos aun, que pienso que aun no hemos comenzado a luchar. Creo pronto tendremos que contarnos gritando en las calles, una nueva historia .

El autor es práctico del Canal

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