BIENESTAR ANIMAL

Nadie quiere un perro

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Que es mejor no tenerlos porque causan molestias, porque son una enorme responsabilidad. Que ningún transporte selectivo te los lleva en su auto sin alarmarse por el pelo, el ruido o los olores. Que cuando mueren uno los llora y mejor evitarse eso. Que eres un tonto si recoges un callejero. ¿Para qué te complicas? En la calle están bien, alguien se encarga. Míralo, no está huesudo, no tienes ni que verlo ni mucho menos ponerle agua o alimento. El cómodo consuelo del que no hace nada al respecto.

Alguien abandonó a su suerte a esta cachorra a orillas de una transitada avenida. La encontré jugando a tirársele a las mulas. Amistosa y tranquila, decidí darle refugio por un día y luego llevarla al veterinario con la esperanza de encontrarle un hogar feliz, como hice con otros perros. Estaba enferma, así que tocó correr con gastos de tratamiento y hospedaje. Permaneció bajo cuidado médico durante semanas. Por fin mejoró y como nadie mostró interés en adoptarla, decidí quedármela.

Muchos adultos independientes que hacemos rescate de animales callejeros sabemos que con frecuencia, en vez de apoyo o encomio por parte de nuestros allegados, recibimos discursos sobre gastos, responsabilidad, molestias a terceros, potencial peligro hacia objetos valiosos, inevitables duelos (como si el humano no muriera también) y otras excusas, que curiosamente no surgen cuando anunciamos un embarazo. Irónico, dado que el bebé humano exige mucho más que un animal doméstico. Por ende, aparte del gasto por mantenerla viva y sana, la matriculé en un plan de adiestramiento intenso por semanas, literalmente para complacer a los demás, cuando en realidad un par de clases y sesiones de juego hubiesen sido suficientes.

Cada perro que vaga por las calles es un fracaso del ser humano. Los perros fueron domesticados desde el Neolítico para convivir con el hombre. No son animales salvajes cuyo hábitat regular sea a merced de la lluvia, el calor inclemente o el caos del tráfico. Son nuestra responsabilidad. No nacen de la nada, sino de perros no esterilizados a tiempo. O peor, son víctimas de la desidia y estupidez cuando, en vez de ser reubicados en otro hogar responsable, son abandonados a su suerte, con la lista interminable de excusas sobre tiempo, recursos o la llegada de un nuevo hijo, que crecerá en una familia donde no aprenderá a amar ni respetar a los animales.

Convivir con animales, en especial con perros, pone en perspectiva nuestra vida. Dejan al descubierto quiénes son verdaderas amistades y quiénes sobran. Terminan de empujar al que está al borde de un colapso, pues son criaturas de hábitos que vuelven loco a cualquiera cuya rutina es un desastre. Como a veces es mucho pedir que se les dé un hogar, apoyemos con donaciones, esterilizando a nuestras mascotas, denunciando el maltrato, brindando agua y alimento a los callejeros o, aunque sea, frenando para que no mueran atropellados en las calles.

Luego de años de ser dueña de mascotas, entiendo lo que una vez escuché: nadie quiere un perro. Así somos: celebrando las gracias de animales ajenos, mientras nos ahorramos la molestia de darle a otro el hogar amoroso que nunca tuvo.

El autor es escritora

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