Conciencia patriótica

Lecciones del 9 de enero

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Según La Prensa (1 de enero de 2019), el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, declaró que para hacer el Canal de Panamá “se constituyó un país, porque Panamá pertenecía a Colombia, y como se decidió que era estratégico hacer el canal, no solo se hizo un canal, sino se creó un país”.

Es lamentable que nuestra Cancillería no haya solicitado a su contraparte mexicana una confirmación de estas declaraciones que, de resultar ciertas, ameritarían una respuesta categórica de nuestro gobierno. La nación panameña, como entidad sociológica, precede por muchos años la apertura del Canal (1914) y la fundación de nuestra segunda república (1903). Por cierto, nuestra primera república —el Estado del Istmo— fue fundada en 1840.

Precisamente porque la nación antecedió al Estado fue posible establecer ambas repúblicas (1840, 1903) y, en el ínterin, dar coherencia a la obra cumbre de Justo Arosemena, el más notable de nuestros compatriotas: El Estado Federal de Panamá (1855-1885). Según nuestros más destacados historiadores, la nación panameña comenzó a configurarse en el siglo 18 y tuvo su primera expresión contundente en noviembre de 1821, cuando los pueblos del istmo optaron por el sistema republicano de gobierno en oposición al despotismo monárquico.

A lo largo de los siglos 19 y 20, la nacionalidad panameña se afirmó continuamente en defensa de nuestro derecho a la autodeterminación y frente a atropellos foráneos. Manifestaciones de este patriotismo, evidentemente sustentado en un sentimiento de identidad colectiva, ocurrieron a lo largo de más de un siglo y tomaron la forma de acontecimientos populares, en los que el pueblo panameño asumió directamente la salvaguardia de sus derechos colectivos.

Un primer hito en este sentido fue el incidente de la tajada de sandía, el 15 de abril de 1856, en el que una multitud enardecida, cansada de los abusos de muchos extranjeros irrespetuosos, enunció su patriotismo con vehemencia. Más de un siglo después, el 9 de enero de 1964, esa misma conciencia patriótica, más curtida y estructurada, pero no por ello menos espontánea y popular, concurrió al altar de la patria para reprobar con gallardía la injuriosa afrenta al pabellón nacional hecha en la Escuela Superior de Balboa y el agravio ocasionado, durante muchas décadas, a la soberanía nacional.

Tras los trágicos sucesos de enero, 55 años atrás, una ciudadanía henchida de coraje e indignación llevó al camposanto a sus muertos, luego de una jornada sangrienta e inolvidable que sería consagrada para siempre como el Día de los Mártires, iniciativa presentada a la Asamblea Nacional por el tribuno popular Carlos Iván Zúñiga y unánimemente aprobada por la cámara representativa.

Gestas patrióticas y populares, como la que se suscitó en esta fecha, en 1964, no ocurren en países fabricados, inventados o artificialmente creados, carentes de conciencia nacional. Sin la presencia de una identidad colectiva, fraguada años antes de los dramáticos sucesos que rodearon el surgimiento de la segunda república en 1903, las valientes manifestaciones del nacionalismo panameño jamás se hubiesen protagonizado, para edificación de la colectividad y ejemplo del mundo entero, que vio con admiración cómo un pueblo vulnerado se alzó contra el país más poderoso del mundo, exigiendo respeto a su soberanía.

Es penoso que, 55 años después del sacrificio hecho por los mártires de enero, no haya en Panamá funcionarios de alta investidura que defiendan la dignidad nacional y planteen, con firmeza e integridad, los elementos fundamentales de nuestra identidad que desde hace dos siglos unen a los panameños. El proceder ejemplar del presidente Roberto F. Chiari, quien no vaciló en tomar las medidas diplomáticas que ameritaba el momento (por inconvenientes que fuesen a algunos sectores económicos), debiera ser el modelo de conducta para todos los cargos públicos istmeños.

En vez de ese comportamiento rectilíneo, el entreguismo y la sumisión son la norma operativa de quienes dirigen nuestros destinos. Resulta desalentador ver a nuestros gobernantes poner nuestra posición geográfica al servicio de potencias extranjeras, entregar nuestros recursos a intereses codiciosos y concurrir sumisamente a rendir cuentas ante organismos militares de otros países. Hace falta que repasemos las lecciones del 9 de enero y las apliquemos, con patriotismo y valentía, a la defensa de nuestra nacionalidad, como hicieron los mártires de 1964.

El autor es politólogo e historiador y director de la maestría en relaciones internacionales en Florida State University, Panamá.

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