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Educación médica

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Hecho fundamental: aprendemos durante toda la vida. La educación no culmina con la obtención de un título.

Es preciso delimitar algunos conceptos. La educación formal es normada, institucionalizada, estructurada curricular y cronológicamente (primaria, secundaria, terciaria). Cada fase pretende desarrollar habilidades socioafectivas, morales e intelectuales. La educación no formal no es reglada, pero es substancial para el aprendizaje a lo largo de la vida.

Otro aspecto que he mencionado en otros ensayos es la diferencia entre formación y capacitación, instrucción o adiestramiento. La primera comprende las dimensiones moral, estética, intelectual, afectiva, social y tecnológica. La capacitación es simple adiestramiento o instrucción en la técnica.

La educación médica formal en Panamá está estructurada curricularmente y fiscalizada por la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá (UP), principalmente. No obstante, es preciso analizar qué ocurre durante el período de internado (para optar por la idoneidad) y residencia médica (para obtener un título de especialidad médica). Por años, la residencia médica no estuvo incorporada a un sistema educativo formal terciario. Excelentes galenos se instruyeron por la voluntad de subsistencia contra un sistema injusto: uno jerárquico e inquisidor. Tanto el médico interno como el residente pasaban (pasan) horas extensas en hospitales del país, incluso cumpliendo funciones sin un facultativo idóneo (el médico funcionario) presente. Además, sufrían constantes difamaciones por parte de médicos con más rango, un hábito que permeó el inconsciente colectivo del médico en “formación” (capacitación): el “R más” (uso coloquial para denominar al residente de más rango) tiene derecho de injuriar al “R menos” y al interno. Lo cierto es, estamos en un Estado de derecho con normas legales que sancionan la extralimitación de funciones de una autoridad.

La Facultad de Medicina de la UP, el Ministerio de Salud (Minsa), la Caja de Seguro Social (CSS) y los hospitales docentes, entre otros, han fortalecido, conjuntamente, este sistema de educación médica formal durante el período de internado y residencia. Entre las múltiples ventajas está la obtención de un título a nivel de postgrado (especialización y maestría) por parte de la UP, el cual pueda ser homologado por universidades extranjeras (convenio Andrés Bello y de la Haya). Además, promueve que los docentes estén actualizados en temas propios de las ciencias de la educación: qué y cómo enseñar, tanto como qué y cómo evaluar los aprendizajes.

Pasemos a la educación médica no formal: considerar tener un título no exime a los galenos a no educarse constantemente. Que la unidad de docencia e investigación corresponda al departamento de recursos humanos es un exabrupto; peor aún, que a la “cabeza” de estas unidades estén profesionales de la salud que no sean médicos ni conozcan sobre educación. La falta de actualización conlleva a mala praxis y negligencia por desconocimiento de lo que debe ser competencia del profesional.

Es momento de que las unidades de docencia de las instituciones hospitalarias o las regiones de salud (educación no formal) den seguimiento estricto de los estudiantes, médicos internos y residentes que “roten” por centros de salud y hospitales. Es tiempo de que se exija una formación en las nuevas técnicas didácticas: ser médico no significa que sepan cómo formar galenos.

Ya la era de adiestrar médicos en base a la costumbre pasó. Se requiere médicos generales y especialistas que estén en constante formación, que conozcan sobre las nuevas tecnologías de la información, que colaboran con la investigación y que conozcan lo básico en aspectos humanísticos, en manejo de dilemas éticos complejos y que reconozcamos que no somos una raza cósmica divina que “lo sabe todo”.

La verdad es que, históricamente, la educación médica (que inicia siendo no formal) fue un apostolado: el maestro era como un padre para el futuro galeno, nunca un inquisidor. Las cosas han cambiado. Aquel que no tenga vocación de enseñar no puede ser llamado doctor o doctora (loc. latina docere o exducere).

El autor es médico, bioeticista y docente.

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