Desarrollo

Educación con intención

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A menudo me divierto describiendo para mis hijos el mundo en el que crecí. Los hábitos en torno al cigarrillo son un ejemplo contrastante. A ellos les parece insólito que cuando yo tenía su edad, uno iba a un restaurante, y en la mesa de al lado alguien podía encender un cigarrillo mientras en la nuestra comíamos. Por otro lado, el consumo de bebidas azucaradas era tan común en mi casa, que nuestra familia de cuatro consumía un casillero de sodas por semana. Hoy día ni siquiera se ven camiones repartidores vender de casa en casa. El ejemplo más pronto a nuestra realidad es la antigua Zona del Canal. En la imaginación de mis hijos no cabe visualizar el área revertida como un territorio foráneo, al que los panameños no teníamos acceso.

Afortunadamente, hay muchas cosas que han cambiado desde mi adolescencia. Sin embargo, observo con tristeza que nuestro sistema educativo se mantiene demasiado similar al que recuerdo. Mis hijos estudian en un colegio internacional, y siguen un currículo que ha sido adecuado para cumplir con requisitos locales. Su currículo incluye exámenes internacionales, diseñados por personas a quienes sus docentes no tienen acceso y cuyas preguntas nadie conocerá antes de ser presentadas a los estudiantes. Hay reglas sobre cómo se deben almacenar, distribuir y manejar las pruebas, que son tomadas por estudiantes alrededor del mundo de manera simultánea. Las reglas tienen el propósito de evitar contaminación en los resultados por parte de los docentes. Mis hijos incluso han tenido que quedarse en el colegio después de uno de estos exámenes, para garantizar que no haya comunicación entre ellos y estudiantes de otro plantel en el mundo donde, por horario, aún no se hayan presentado las pruebas. El buen resultado de un estudiante en estos exámenes es motivo de orgullo para su profesor, quien aspira desde inicio del año lectivo a que todos los estudiantes bajo su tutela le honren con buenos resultados.

Una vez contrasté la actitud de los profesores de mis hijos con la de muchos profesores que conozco en el sistema educativo panameño. A medida que describía las actitudes que son comunes en nuestro sistema, mi sonrisa aumentaba y el horror en el rostro de mis hijos también. Yo sonreía por la satisfacción de recalcar los beneficios de la educación que ellos reciben. Mis hijos me miraban incrédulos, seguros de que yo exageraba. Pero no estaba exagerando. En el sistema escolar panameño, en la educación premedia, como en la media y superior, abundan los docentes que se jactan de la cantidad de estudiantes que fracasan sus materias. ¿Quién no conoce al profesor que alardea de que “este examen no lo pasa ni la mitad del salón”? Para mis hijos, esto es señal de que el docente fracasa, y no debe ser motivo de orgullo. En el sistema educativo del que ellos son sujetos, esa actitud no tiene cabida.

No hay docente con vocación que no sepa de la teoría de Howard Gardner, altamente aceptada hoy día, sobre inteligencias múltiples. Esta teoría reconoce que existen diversas formas de inteligencia, y propone que se deben reconsiderar los métodos tradicionales para medir nuestras capacidades intelectuales. Un sistema educativo que actúa como un tractor, avasallando a quienes se permitan amoldar y descartando a los que no, es tema del pasado en el resto del mundo; pero en Panamá es una realidad que afecta a estudiantes tanto en colegios públicos como privados. Este estilo de educación resulta en un alto nivel de deserción escolar, inicio de una cadena de factores que pueden concluir en actos delictivos. Se requiere una educación personalizada, que reconozca y celebre las diferencias entre individuos y que busque la manera de que el conocimiento alcance a todos. Aunque suene como un lujo, este estilo de educación ha sido implementado con éxito en otras latitudes. En lo personal, no me importa cuántos docentes en nuestro sistema dominan el inglés. Tampoco me importa si el método de matemáticas que enseñan viene de Singapur. Lo que me interesa es que los docentes sientan pasión por enseñar y que esa pasión se traduzca en estudiantes con sed de conocimiento.

A nivel universitario, he observado con desagrado cómo muchos profesores hacen lo posible por exaltar su superioridad. Hay un asunto de perspectiva que estos docentes pierden de vista. Con el simple hecho de ver en cada estudiante un futuro miembro productivo de nuestra sociedad, pasarían de presentar obstáculos para jóvenes decididos a superarse, a contribuir con la formación de personas de bien. Me temo que mientras nuestro sistema cuente con docentes más interesados en acariciar sus egos, que en actualizar sus conocimientos e impartirlos a los futuros profesionales del país, no podremos esperar que la educación sea la estrella de nuestro futuro. El sistema debe cambiar, y ese cambio debe descartar a los dinosaurios que rehúsan adaptarse a una educación en la que el estudiante sea el protagonista. Antes de que esto suceda, estaremos haciendo en la educación lo mismo que hacían los fumadores en los sitios públicos hace treinta años: el vicio de unos pocos seguirá contaminando al resto de la sociedad.

La autora es ingeniera civil con maestría en docencia

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