Esperanza

Creer en la resurrección

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Según el conocimiento científico y la experiencia cotidiana, la resurrección no es más que un absurdo. Técnicamente hablando, diríamos que se trata de algo “sumamente improbable”, pero no un imposible; solo son imposibles los círculos cuadrados y otros entes lógicamente contradictorios. Sin embargo, basta una probabilidad equivalente a cero para que cualquier mente racional rechace la resurrección. Contradice todo lo que sabemos o creemos saber sobre las leyes de la física, química y biología en el cuerpo humano.

La anterior conclusión, sin embargo, descansa sobre una cuestionable suposición; que las leyes de la naturaleza son inmutables. ¿Por qué no podrían cambiar jamás estas leyes? ¿Por qué tendrían que ser siempre del mismo modo? Que “nunca han sido de otra manera” no es una justificación incontestable. Como ya había pensado David Hume, un filósofo escocés del siglo XVIII, el que las cosas hayan ocurrido en el pasado de cierta manera, no nos garantiza que así sean en el futuro. El mundo natural y los procesos históricos son, en última instancia (si seguimos la tesis de Hume) impredecibles.

Irónicamente, el escepticismo de Hume, que pone en duda lo que nos dice la ciencia y el conocer ordinario, no acepta que ocurran milagros, que también contradicen a la ciencia y el sentido común. Lo que pasa es que Hume, a pesar de su escepticismo, todavía cree que las leyes de la naturaleza son invariables, que en ningún momento o lugar admiten excepciones.

Ahora bien, si no tengo por qué sostener que las leyes de la naturaleza son inmutables o invariables, si negarlas no implica ninguna contradicción lógica, debo admitir que los milagros pueden ocurrir. Precisamente, un milagro es, por definición, un evento que rompe con toda ley o principio natural. Dicho lo anterior y tomando en cuenta que la resurrección es un milagro, debemos admitir que puede ocurrir, aunque sea sumamente improbable.

No obstante, no hay que dejar de subrayar lo siguiente. Aun cuando la ciencia ya no habla hoy de leyes “necesarias y universales” (como pensaban Newton y Kant), esta tiene que basarse en probabilidades y estadísticas. Es decir, debe tomar en cuenta las veces y regularidades en que ocurren las cosas para determinar cuántas y cómo estas ocurrirán en un futuro, aunque solo lo haga conjetural y aproximativamente.

Por otro lado, nuestra comprensión ordinaria (“no científica”) del mundo, la que tenemos cotidiana y espontáneamente en el diario vivir, también tiene su base en la manera regular o habitual en que se nos dan las cosas. Así pues, aquí tampoco esperamos milagros. En ambos casos, en la ciencia y la cotidiana experiencia, solemos pensar el futuro de acuerdo con el pasado. Consecuentemente, los milagros, que rompen con todo patrón conocido, no parecen ser racionales, razonables o verosímiles.

A pesar de todo lo anterior, se puede creer en el milagro de la resurrección sin ofender la inteligencia. Se puede creer en ella, precisamente, porque no se puede conocerla según la ciencia experimental o la experiencia cotidiana. Pero esta creencia no es simplemente algo irracional. De hecho, las alternativas a esta creencia, el materialismo y la muerte definitiva, son absurdas. Y absurdas por partida doble. En primer lugar, porque resulta absurdo suponer que el origen último de la vida y la conciencia carezca absolutamente de vida y conciencia. Y en segundo, porque es también absurdo que toda la vida y conciencia de la humanidad tengan como destino final algo que no es consciente ni vital. Lo racional es que la vida y la conciencia vuelvan a ser, aunque no sepamos y no podamos saber ni decir - mucho menos demostrar- cómo seguirán existiendo.

Sin embargo, se puede creer en la resurrección por una razón más importante, más humana y menos deprimente. Se puede creer en la resurrección porque sería absurdo - lo más absurdo - que todo el sufrimiento e injusticia que han padecido las víctimas inocentes a lo largo de la historia, terminara irremediablemente así, sin ninguna reparación o compensación justa y plena.

Creer en la resurrección es, pues, confiar en que el mal no tendrá la última palabra en el decurso del universo y que nuestros reclamos de justicia por el dolor y la muerte del inocente no serán, a fin de cuentas, defraudados, sino debidamente satisfechos. Esta confianza es una de las más nobles y dignas esperanzas del ser humano.

El autor es docente universitario

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