Ambiente

Alerta roja en el volcán Barú

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Las mismas fuerzas ciudadanas que objetaron el famoso “camino ecológico” de las pasadas décadas han reaccionado por el pronunciamiento del nuevo presidente (no sabemos si por desconocimiento del tema) sobre su intención de construir una carretera, más cinco teleféricos, hasta la cima del volcán Barú

Las razones esbozadas son promover el turismo. Preguntamos si ya no existe suficiente turismo en nuestra altiva provincia, sin necesidad de comprometer, además, la fuente de sus principales ríos, una zona de frágil ecología, donde existen especies endémicas, únicas en el planeta, y en peligro de extinción, tales como el quetzal o el furtivo puma, así como especies de flora silvestre amenazadas por la carretera y expansión de la frontera agrícola ya existente en la zona.

Actualmente, el Parque Nacional Volcán Barú, desde su creación, mediante Decreto Ley 40 de junio de 1976, ha sido objeto de constantes abusos de pasadas administraciones. Ejemplo notorio es la decisión de poblar la cima de centenares de antenas que afean el lugar y contaminan este prístino ambiente con peligrosa contaminación electromagnética. Toneladas de basura producidas sin contribuir un centavo con su limpieza, lo cual ya es un anacronismo en esta era digital que fácilmente pueden reubicarse e, incluso, sustituirse con tecnología satelital.

La cima del volcán Barú que este humilde servidor conoció, libre de estos artefactos, dejó de serlo con este “cementerio de antenas”, muchas inservibles y obsoletas. Ahora acompañada de una tortuosa trocha 4x4 para darle servicio a estas obsoletas antenas, intransitable partes del año por copiosas precipitaciones.

El año pasado, sin que mediara ningún EIA o consulta con la comunidad, se intentó “ampliarla”, acentuando la erosión y el daño ambiental sobre el paraje único del volcán Barú. Con el camino existente se ha detectado expansión de la frontera agrícola a sensibles zonas de vida del parque.

Cierto que en los países andinos se han erigido ciudades a estas alturas. Pero estos poblados megalíticos han existido desde tiempos inmemoriales. Estos pueblos originarios, además de adaptarse genéticamente a estas alturas excepcionales, han aprendido a convivir en estos páramos inhóspitos. No es el caso de Panamá, que carece de estas alturas extraordinarias y cuenta con este tesoro biológico y natural que es el Parque Nacional Volcán Barú.

Unas de las razones utilizadas para justificar tal carretera sería facilitar a discapacitados el disfrutar de la inolvidable experiencia. Aunque de por sí existen discapacitados que han superado sus limitaciones y han subido las montañas más elevadas, buceado sus profundidades y nadado sus mares mejor que cualquier persona promedio, sin mediar una carretera para hacerlo. Nos parece un pretexto inapropiado. Simplemente, no podemos permitir a toda persona subir a este punto, ya sea por carretera o teleférico. No tanto por lo riesgoso del paraje, sino para proteger el lugar de nosotros mismos, los humanos.

Con la ecología particular del área es imperante protegerla de incursiones masivas de visitantes, que inevitablemente afectarán el entorno, limitando así la capacidad de carga del parque. Debemos atesorar estos lugares igual como lo hacen las Galápagos u otros sitios naturales del planeta.

El autor es ambientalista

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