La última palabra

Macabra calamidad

Haití es el Estado más pobre de América. El número uno en desigualdad. Panamá es el segundo. Pero es el primero en ingreso per cápita. Noción engañosa, pero referencial.

En promedio, solo promedio, cada uno de los 4 millones 100 mil panameños posee por año 15 mil balboas (o dólares), superior a la de cada habitante de Chile, al que Panamá le arrebató esa posición.

Macabra dualidad.

Hemos construido una sociedad desigual, egoísta, bajo las leyes del embudo. Mire solo hacia un puñado de representantes populares, que ejercen el poder político. Los anima el egoísmo y ni siquiera se interesan por la imagen de sus descendencias. Hay nombres de criaturas que no han nacido y que ya están manchadas por la corrupción y la impunidad.

Los flagelos de este valle de lágrimas son pobreza, desigualdad, corrupción e impunidad.

Hoy en la dirección de nuestra Asamblea, en contravía a Justo y Simón, eternos ejemplos de patriotismo, vale más el autoblindaje de las fechorías que atender esta calamidad, que nos estallará en el rostro.

800 mil compatriotas viven en calamidad multidimensional: ni recursos para la comida ni vivienda adecuada ni soporte sanitario ni ambiental. El 60% corresponde a menores de 30 años. Habitan 138 mil hogares, a los que debemos atender con prisa.

Bocas del Toro (44.6%) y Darién (40.0%) aventajan. En ellas habita una amplia población indígena, 62.6% y 31.1%.

El 53.7% de las personas en pobreza multidimensional (417 mil 851 personas) se localiza en la comarca Ngäbe Buglé (24.6% -191 mil 634 personas-) y la provincia de Panamá (17.1% -133 mil 237 personas-). Panamá Oeste y Coclé también con indicadores altos.

Es insuficiente el logro educativo en el 15% de los hogares. De ese apartado, el 43.6% no cuenta con una educación pre-media completa; el 40.2% sin primaria completa y el 16% de los adultos mayores es analfabeto. El 8% de niños y jóvenes de seis a 17 años, por lo menos, repitió un año escolar. El 6% de este segmento no va a la escuela. Es el iceberg de los marginales en una nación que posee el mayor ingreso per cápita de América Latina.

En las “barriadas marginales” de nuestro país (no de “este país” que es entelequia mediática y está en Júpiter), del cielo o del infierno, sobreviene la imposibilidad de gozar de los derechos sociales, para los nacionales y no nacionales.

Enfoquémonos en destruir este apartheid de la marginación. Salvemos a aquellos que están es desventaja económica, profesional, política o de estatus social. La marginación puede ser el efecto de prácticas explícitas de discriminación o ser provocada por la deficiencia de los procedimientos que aseguran la integración de los factores sociales, como la administración de agua y la basura.

Que nuestra Asamblea se enfoque en derribar este apartheid, y no en azuzar el odio a los migrantes de otros países y apelar a los bajos instintos para no rendir cuentas con la justicia y el erario.

La atención a nuestros niños y jóvenes, sobre todo mujeres, tanto de las comarcas y barrios, los más vulnerables, debe estar en el centro del debate y del actuar nacionales.

El autor es docente y periodista 

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