[VISIÓN HUMANISTA]

A la memoria de un panameño ilustre

Ricardo Arias Calderón es uno de los personajes más completos dentro de la historia nacional. Por su aporte ético, es merecedor de que la patria lo incluya entre sus hijos más preclaros.

Temas:

A la memoria de un panameño ilustre A la memoria de un panameño ilustre Expandir Imagen
A la memoria de un panameño ilustre

Hay sucesos que afectan el andar de una nación. Al llegar a oídos empieza una alteración súbita y de manera imperceptible el país cambia, y no vuelve a ser lo que otrora fue. Tan pronto ocurren se mezclan la congoja y el sosiego, y un claroscuro anímico establece un antes y un después. La sociedad se reduce y da paso a una tristeza rara, un sentir agridulce que dse debate entre el vacío de la partida y el legado de su vida plena.

El pasado 13 de febrero Panamá perdió un gran hombre. Aunque la ausencia de este insigne compatriota nos sumerja en esa pesadumbre propia de momentos duros, la evocación de su ejemplo –decoroso y preñado de enseñanza– mitiga esa nostalgia por alentar las bondades que transmitió con su andar por largo tiempo. Ricardo Arias Calderón es uno de los personajes más completos dentro de la historia nacional. Su indudable aporte ético, como maestro, político y humanista panameño, lo hacen merecedor a que la patria se engalane con su memoria y lo incluya entre sus hijos más preclaros.

El ejercicio académico y la praxis política constituyeron su trabajo cotidiano a lo largo de los años. Esta fusión de quehaceres –asunto cuyo propósito medular no era otro que lograr una auténtica perfección de la condición humana– se convirtió en labor permanente para adecuar la sociedad en instrumento de cambio, y así emparejar en algo la desigual situación que aún reina en Panamá y muchas regiones del planeta.

Sus empeños maduraron a la par de una formación académica universal, proceso que comenzó con un bachillerato en artes de la Universidad de Yale, hasta doctorarse en filosofía antigua y medieval por la Universidad de París.

Temprano empezó su gestión política como miembro del Comité de Rescate de la Soberanía en Panamá. Luego ingresó al Partido Demócrata Cristiano, y no solo fue su máximo dirigente por casi tres lustros, sino que tuteló los destinos de dicha organización a nivel mundial hasta principios del presente siglo.

En dos ocasiones formó parte de ternas como candidato a la vicepresidencia del país. Años más tarde –y cuando sus méritos lo investían como el indiscutible abanderado para dirigir los destinos nacionales– tuvo que hacer gala de un desprendimiento propio de grandes hombres declinando, a favor de otro, para evitar que maquinaciones sin sentido echaran al traste la necesaria unidad nacional, y con ello los deseos de la mayoría de los panameños para erradicar por siempre las nefastas tiranías militares de nuestro suelo.

Durante el lapso de su gestión ejecutiva –y cuando también fue parte de aquel Gabinete luego de la triste invasión de 1989– le tocó reestructurar el concepto de seguridad nacional eliminando, por mandato constitucional, la figura del cuerpo castrense en la República de Panamá. Habrá quienes no compartan las posiciones adoptadas durante su quehacer político de más de 40 años. Sin embargo, de él aprendimos, entre muchas otras cosas, que discrepar sobre una cuestión en particular –especialmente si priva el raciocinio equilibrado sobre el capricho subjetivo– puede transformarse en aporte complementario donde madurar ideas que beneficien a las mayorías de nuestro país.

Su visión humanista lo llevó a plantear que el futuro nacional requerirá del esfuerzo colectivo para perfeccionar la civilidad, y donde el pleno concepto de democracia –ese que se sustenta en un ejercicio honesto, profundo y amplio para obtener el bien común– nos debe incluir a todos para así superar las distorsiones socioeconómicas y culturales que aún aquejan al istmo entero.

Hoy, cuando no cesan de aflorar más y más desvergüenzas producto de una corrupción sin paralelo en nuestra historia –tempestad putrefacta que sigue contaminando la esencia misma de nuestra identidad– es necesario echar mano a trayectorias y tabla de valores como las que a diario marcaron la vida de quien hoy me permito honrar.

Antonio Machado dijo en una ocasión que la poesía es el diálogo de un hombre con su tiempo. Parodiando al gran bardo me atrevería a expresar que la práctica de un férreo credo ético fue musa y razón de vida para Ricardo Arias Calderón.

El lunes 13 de febrero de 2017 descansó este preclaro panameño, la patria perdió a un gran hombre y muchos a un maestro amigo. Aunque aún flota en el ambiente la tristeza por tan sentida ausencia, la evocación de su conducta, no solo será apropiada para darle forma a la aún imprecisa ruta nacional, sino referencia obligada a las futuras generaciones sobre el proceder digno de que hizo gala este compatriota insigne.

La gente realmente muere cuando uno se olvida de ellas. Este no será el caso de Ricardo Arias Calderón, pues Panamá–seguro estoy– mantendrá su buen recuerdo vivo en ese onírico templo de metas e ilusiones, y que está muy cerca al cielo y más allá de la bahía.

Comentarios

Cerrar

La función de comentar está disponible solo para usuarios suscriptores. Lo invitamos a suscribirse y obtener todos los beneficios del Club La Prensa o, si ya es suscriptor, a ingresar.

Suscríbase gratis por 30 días Prueba
Adquiera un plan de suscripción Suscríbase
Cerrar

Por favor introduzca el apodo o nickname que desea que aparezca en sus comentarios:

Comentar 0 comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Corporación La Prensa, S.A.

¿Aún no eres suscriptor de La Prensa?

Elija plan de suscripción

Aquí usted podrá elegir uno de nuestros planes de suscripción y disfrutar de los beneficios que le ofrecemos.

Elegir plan