Colombia

Somos idiotas, pero no tanto

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La carta de los 79 senadores de Estados Unidos para el secretario Pompeo, a propósito del proceso de paz en Colombia, es la cumbre de todas las estupideces y el sumo de las agresiones contra Colombia, sus fuerzas militares y el presidente Iván Duque.

Como los congresistas del mayor país del mundo tienen muy poco trabajo, pues que la campaña presidencial que se avecina los tiene sin cuidado; como la confrontación con Trump es una majadería que ni los inmuta; como los problemas de la masiva migración de centroamericanos no les concierne; como las amenazas de Corea del Norte y de Irán les vale un comino; como los peligros de una guerra mundial por la arrogancia rusa y los conflictos con Putin son para ellos una tontería; como la guerra comercial con China no ha llegado a sus oídos; como los desastres sociales de la drogadicción no los tocan, están dedicados de lleno a leer en su escaso español las 312 páginas del acuerdo de Juan Manuel Santos con las FARC y a seguir con apasionado interés la manera como se viene cumpliendo, sin que se les escape tema ni detalle.

Esa carta fue escrita en Colombia, en el mismo ramplón estilo de los preacuerdos, los acuerdos y la catarata de la basura literaria de Santos y sus amigos.

Cómo les parece, caros lectores, que los 79 desocupados senadores se quejan del maltrato que se le está dando a la Comisión de la Verdad. No hay derecho, carambas. ¿Cómo es posible que se ignore de esa manera al padre De Roux? ¿Cómo se quiere olvidar o menospreciar la campaña de las FARC para defender a los campesinos colombianos de los crueles abusos de la oligarquía? De ninguna manera. El mundo no respiraría tranquilo si semejantes cosas se echaran al olvido. Por eso protestan los 79 senadores, que unidos al clamor universal del pueblo de Estados Unidos quieren poner las cosas en su sitio, la verdad en su silla de oro y rescatar para siempre la verdad de nuestro conflicto.

Esta idiotez llega de la mano del escrito del New York Times, pieza periodística excelsa, y de los ataques al general Nicasio Martínez, ahora impulsor maldito de los falsos positivos, a los que viene dedicado por décadas el Ejército de Colombia.

Estas líneas se escriben cuando llega en Estados Unidos el Memorial Day, la fiesta que ese pueblo dedica a recordar a sus héroes caídos en combate. Allá no distinguen los mártires y los héroes caídos en una guerra o en otra, ni utilizan para su orgullo el beneficio de inventario. En todas las iglesias se elevaron al cielo las plegarias y se entonó el América, América, que es como el himno sagrado de esa celebración. Y los corazones se henchían de orgullo y los ojos, hasta de los más valientes, se llenaban de lágrimas. Ese pueblo tiene derecho a cantar sus glorias y a esperar con fe el futuro.

Pero qué podemos decir de nosotros, que le toleramos a Juan Manuel Santos, el autor de este documento infame y de esta trampa repugnante, que busque en Estados Unidos un senador que convenza a 78 más para que a las carreras le ponga una firma a un papelucho cualquiera, en el que va de por medio el honor de Colombia. Ese gran traidor es el autor de estas consejas, el artífice de esta canallada. Todos lo sabemos y, sin embargo, le permitimos a cierta prensa nauseabunda que intente vender al fiado la idea de que en Estados Unidos hay grave preocupación porque se rompa la paz con las FARC. Ni eso es verdad, ni a nadie le interesa esta comedia de circo malo.

Estamos renegando de nuestras glorias, tolerando que empuerquen nuestro pasado y destruyan nuestro derecho a una paz gloriosa y verdadera, esa que alcanzamos a disfrutar en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Y para nuestra desventura, el señor presidente Duque no se ha puesto al frente de una cruzada para rescatar nuestra dignidad y para impedir que se le robe al pueblo de Colombia el orgullo que siente por su ejército.

Porque de eso se trata. De empequeñecer y enlodar la única institución que respetamos y amamos. No hay encuesta que no lo repita ni colombiano que no lo sienta. Nuestro ejército es nuestra gloria. No esa tribu de bandidos que nos pintan y cuya estrategia vigilarán, ¡Dios de los cielos! tres ilustres juristas que jamás tuvieron en sus manos un fusil, ni oyeron silbar una bala ni recogieron el cuerpo ensangrentado de su amigo moribundo ni se jugaron la vida por ver impoluta su bandera, ondeando en el asta sagrado para rezar la matinal oración de los que lo entregan todo por salvar esta nación, que algunos quieren pusilánime e ingrata.

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