Colombia

¿Qué diablos es el maldito acuerdo?

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Esta es la hora en la que no hemos averiguado lo que sea el acuerdo que firmaron las FARC con ellas mismas, es decir, con Juan Manuel y Enriquito Santos.

No es un tratado internacional, aunque quisieron decirlo por sustracción de materia. A esos bandidos les falta pelo en la moña para que sean tenidos por alta parte contratante.

No es una reforma constitucional, porque carece de cualquiera de las condiciones de algo que se le parezca.

No es una ley de la República, o digan cuándo y en cuáles debates la aprobó el Congreso, cuándo y cómo tuvo sanción presidencial, en cuál rincón del Diario Oficial está publicada a modo de promulgación. ¿Qué es entonces ese esperpento?

El Gobierno, sabiendo que eso no era nada, le quiso dar la dignidad de un plebiscito o referendo. Y cometió todos los desafueros para conseguir que el pueblo lo aprobara: redujo el mínimo de votos que la Constitución exige para que alcance ese carácter; rompió el principio de la no intervención del aparato público en las contiendas electorales, y ordenó que el propio presidente, el Gabinete entero, los departamentos administrativos, las empresas del Estado, los gobernadores y alcaldes, se dedicaran a predicar la bondad del sí y a maltratar como enemigos de la paz a los que querían decir no; dedicó buena porción del erario a darle publicidad pagada al engendro, y organizó las elecciones de manera que los jurados de votación se encargaran de promover la papeleta de su gusto.

Y ni por esas. En el acto más emocionante, auténtico, magnífico de nuestra democracia, el pueblo dijo no.

Aparecieron de la nada los negociadores y empezó la nueva farsa. Pero nadie pudo decir dónde quedó el acta o documento o prueba de que lo que salió después, las 312 páginas nauseabundas, hubieran sido concertadas entre las FARC, el Gobierno y los negociadores ad-hoc. Ni eso siquiera.

En Cuba dicen que la cosa también fue en Cuba, retocaron el esperpento con 30 páginas adicionales, y ya está, el milagro quedó hecho.

El vulgar y tramposo presidente llevó el tema al Congreso y el Congreso solo crea leyes, o cualquier cosa que se les parezca, a través de un claro ritual que la Constitución ordena. Comisiones, plenarias, publicaciones, votaciones en cuatro oportunidades, que debían ser ocho por el carácter de reforma constitucional que el papelucho implica. Y nada. Una proposición, como con las que saluda a un visitante, se discute el orden del día o se une a la celebración de las ferias y fiestas que en el país abundan.

Y a esa proposición la Corte Constitucional le encontró validez perfecta. Nunca se prevaricó tanto, con tanta desvergüenza, con tanto cinismo. Pero esa es la Corte, elegida por Santos y sus amigos.

Mas la Corte tampoco se atrevió a decir que esas 312 páginas tuvieran la virtud de un tratado, o de un referendo o de una ley estatutaria. Volvemos a preguntar: ¿qué diablos es entonces ese acuerdo, solo digno de que se lo haga trizas?

Y por ese acuerdo, que no es nada, creamos una Corte nueva, cuyos miembros fueron elegidos, para nuestra pena, por tres aventureros extranjeros, amigos de la ETA de España el uno, del Sendero Luminoso peruano otro, y de Los Montoneros, el tercero. Bribones izquierdistas formando cortes de justicia en Colombia.

Y por ese acuerdo, que no es nada, se garantizó a los peores criminales del mundo, asesinos, secuestradores, torturadores, violadores de niñas y de niños, terroristas y narcotraficantes en la mayor escala conocida, impunidad total. Ni un día de cárcel dijeron, y ni un día de cárcel tendrán. Solo “penas alternativas” que nadie ha dicho cuáles sean de pudor que sienten para decirlo.

Y por ese acuerdo se dispuso la total indefensión del país ante la cocaína, la fuente de todos sus males y penurias. El mayor cartel de la droga, negocio que vale decenas de miles de millones de dólares por año, encargado de combatirla. Y nos convirtieron en un mar de coca.

Y nos condenaron a una Reforma Agraria que el país no ha entendido, porque la dejaron para después o porque la aplicarán de a poco. Acabaron la propiedad privada en el campo y nos condenaron a una miseria como la de Cuba o Venezuela. Ya vendrá.

Y crearon un derecho regional, que tampoco hemos descubierto. El país quedó en sus manos.

Y contra todos los principios de igualdad, es decir, de justicia, se dieron a los bandidos ventajas y prebendas que harían palidecer de envidia a los validos de cualquier satrapía.

Y todo eso, con un acuerdo que no es nada, que no vale nada jurídicamente, que no tiene calificación posible y que lo aplaude una causa interesada de comunistas y oportunistas que tampoco lo ha leído.

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