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La nueva fractura cultural en Panamá

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Miles de personas abogaron por la familia tradicional en una marcha el pasado 6 de marzo. Miles de personas abogaron por la familia tradicional en una marcha el pasado 6 de marzo.

Miles de personas abogaron por la familia tradicional en una marcha el pasado 6 de marzo. Foto por: Archivo - LP

El 1 de julio de 2017, grupos pertenecientes a minorías sexuales, artistas, diplomáticos, entre otros, clamaron por el respeto a los derechos humanos. El 1 de julio de 2017, grupos pertenecientes a minorías sexuales, artistas, diplomáticos, entre otros, clamaron por el respeto a los derechos humanos.

El 1 de julio de 2017, grupos pertenecientes a minorías sexuales, artistas, diplomáticos, entre otros, clamaron por el respeto a los derechos humanos. Foto por: Archivo - LP

El 13 de julio de 2016 se evidenció el cambio más importante en la política panameña desde la transición a la democracia. Ese día, miles de personas marcharon contra el proyecto de ley 61 sobre educación sexual. Nadie se esperaba, ni siquiera los organizadores, la inusual multitud que salió a manifestarse.

En los últimos 15 años, Panamá ha cambiado enormemente y no hay conciencia de que esos cambios tienen un correlato político. ¿Cómo un país tan desigual podía seguir viviendo la ficción de una política moderada? La nueva polarización no ha traído de la mano discursos económicos antagónicos, sino proyectos de país basados en sistemas de valores prácticamente irreconciliables. Por un lado, el ala liberal o postmoderna entiende la cultura y la educación como herramientas emancipadoras, lo que abre paso al respeto por los derechos de las mujeres, la variedad de familias, identidades fluidas de género, la apertura a la inmigración y hasta distintas gastronomías, entre otras cosas. Por el otro lado, el ala conservadora es cultural y económicamente nativista, encuentra en los valores religiosos -aunque del otro lado también hay muchas personas creyentes- el baluarte que protege a sus familias de un mundo con cada vez menos certezas, en constante y, a veces, amenazante cambio.

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La nueva fractura cultural en Panamá

El ala conservadora panameña disfruta de cohesión, redes internacionales, medios de comunicación propios, liderazgos definidos y, por ello, de una demostrada capacidad de movilización y de incidencia en políticas públicas. En cambio, el ala liberal panameña está aún desarticulada. En principio, ambas tienen el potencial de generar éxito electoral a través de partidos propios o de los partidos existentes y de una narrativa que interconecte los distintos problemas que aquejan al país.

Si la próxima campaña fuera dominada por los temas ligados a la corrupción, estos no darían suficiente información sobre los candidatos, porque es obvio que todos dirían que están en contra. Tampoco dará suficiente información de que sean “independientes” o partidistas. En cambio, su posición en la fractura cultural sí servirá para perfilarlos claramente. Por eso, hay que exigirles a los candidatos que se posicionen en la fractura cultural, y en función de eso respaldarlos o no.

No hay que engañarse con la relativa debilidad de la movilización del pasado 6 de marzo. Hubo tanta gente como en la celebrada concentración del 9 de enero en la cinta costera. Simplemente, en ese momento no hubo un conflicto en fase de escalamiento que movilizara a los convocados. Después de más de 30 años de presencia organizada en las comunidades, el ala conservadora llegó para quedarse y protagonizar la política nuestra.

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