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Sábado picante

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Esta semana, dos diputados sostuvieron un enfrentamiento, grabado y subido a las redes. Se trata del diputado chorrerano Roberto Ábrego (PRD) y su colega Juan Diego Vásquez (independiente). Vásquez, en una jugada arrojada y veloz, logró cuatro votos en la Comisión de Credenciales de la Asamblea para que las reformas a su reglamento interno empezaran a discutirse. La votación no la vio venir el veterano político, quien primero contó solo tres de los cuatro votos obtenidos por Vásquez. Luego, le pidió que pusiera por escrito su propuesta de discusión, cuando ya había sido aprobada. Y finalmente se salió con un receso que puso fin a una discusión que ni siquiera empezó.

Ábrego debe pensar que su jugada –la del receso– fue genial, pero la verdad es que quedó como un novato imberbe. Vásquez solo tiene dos meses en la Asamblea, en tanto que Ábrego tiene a cuestas dos períodos como legislador (de 1994 a 2004). Su novatada, además, es de una torpeza supina. Veamos su primer error: se dejó acorralar por un chiquillo –porque así lo tratan, como a un chiquillo– que lo puso contra la pared. No encontró un recurso viable o creíble para detener el llamado a votación que pidió Vásquez.

Segundo error: frente a una audiencia, se dio el tupé de ignorar el voto que hacía mayoría. ¿Hacer trampa frente a cámaras de televisión? Si ese fue su mejor criterio para impedir una acción democrática, este diputado no tiene respeto ni por sí mismo. Pudo más la cobardía que el sentido común. Si Ábrego es capaz de hacer trampas frente al público, no quiero pensar de qué es capaz sin cámaras en frente. Lo que sí quedó claro es que el “chiquillo” demostró tener espuelas, como en una pelea de gallos. Vásquez, en esa comisión, no tiene contrincantes dignos, porque entre un huevito y una gallina, queda como gallo fino.

Tercer error: llamar a receso. En este escenario, Ábrego comete, en realidad, dos errores. El primero, que su desparpajo es insultante para un colega que merece todo su respeto, por poca edad que tenga. Y aunque Ábrego presuma de experiencia, poco a poco también la acumulará Vásquez, pero difícilmente, después de tan execrable acción, Ábrego pueda presumir de inteligencia, contrario a Vásquez.

Y el cuarto error en este escenario es que, al tratar de insultar la inteligencia de Vásquez, también lo hizo a los que lo vimos, a la gente que siente simpatía por el novel diputado –que seguramente aumentó después de haberle ganado con sus propias reglas– y, especialmente, a las personas que votaron por Vásquez, que no fueron pocas.

No por hacer gala del juegavivo, Ábrego ha quedado bien. Su victoria, aunque efectiva, es pírrica. Y si algo ganó Ábrego, fue haber precipitado el deseo de darle raya en 2024.

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