LA CONQUISTA DEL ATLÁNTICO

Diputado Pedro Miguel González tituló 20 hectáreas por 138 dólares

La tierra se encuentra en cerro Tute, en Santa Fe de Veraguas. González afirma que es una propiedad de su familia.

Temas:

Pedro Miguel González Pedro Miguel González Expandir Imagen
Pedro Miguel González Archivo

El diputado de la Asamblea Nacional Pedro Miguel González, del Partido Revolucionario Democrático (PRD), tituló el pasado 24 de marzo de 2017 20 hectáreas de terreno en el cerro Tute, en el distrito de Santa Fe de Veraguas –perteneciente al circuito 9-3, que él representa– por $138 todo el predio. Pagó menos de $7 la hectárea.

+ info

¿Cómo lo hizo? La Autoridad Nacional de Administración de Tierras (Anati) le reconoció derechos posesorios que, en teoría, le permiten titular la tierra a aquellos que la trabajan y llevan al menos cinco años viviendo allí.

Se trata de la Ley 80 del 31 de diciembre de 2009, que “regula la titulación en las zonas costeras y el territorio insular, con el fin de garantizar su aprovechamiento óptimo y dicta otras disposiciones”, y que el propio diputado impulsó en 2008.

González afirma que no hay ilegalidad alguna. “Esa es una propiedad de la familia. Debió salir a nombre de todos mis hermanos, es un trámite que tengo pendiente”, se defendió.

En un momento en que la presión sobre la tierra aumenta en el norte de Veraguas a raíz de la construcción de la carretera Santa Fe-Calovébora y los especuladores están empezando a llegar en tropel, la Anati queda en el centro de la tormenta.

RESISTENCIA ANCESTRAL

Pedro M. González tituló 20 hectáreas por 138 dólares Expandir Imagen
Pedro M. González tituló 20 hectáreas por 138 dólares GUIDO BILBAO

El escritor caribeño Franz Fannon, autor de Los condenados de la tierra, habla de la zona del “no-ser” para explicar cuál es el lugar que la sociedad occidental le da a los pueblos originarios: un espacio brumoso de individuos sin rostro ni derechos, que siempre pueden ser desplazados en nombre del progreso.

La economía panameña, con el mayor crecimiento de América Latina durante la última década, mantiene un nivel de desigualdad de los más altos del mundo. Según el último ranking del Banco Mundial, ocupa el décimo lugar. En el marco de esa desigualdad, los pueblos originarios son particularmente castigados. Si el Estado invierte 480 dólares por habitante al año, en los pueblos ancestrales esa cifra se reduce a 200 dólares al año por habitante, según el Atlas de Desarrollo Humano de Naciones Unidas.

Desde la ciudad, se considera a los bosques en el interior del país como tierra inhóspita, deshabitada y salvaje. Selva que hay que desarrollar. Se piensa así: en un lugar vive gente, en otro está la naturaleza virgen. Como si fueran mundos separados. Pero en las montañas del norte de Santa Fe de Veraguas viven cerca de 40 mil personas, en su mayoría indígenas y campesinos. Sin luz, sin agua corriente, sin cloacas, viven una vida premoderna. No hay división entre ser humano y naturaleza. Para ellos, el bosque es un espacio de vida, no una oportunidad de negocios. Viven de lo que la tierra da. Recolectando frutos, pescando en los ríos y sembrando en pequeñas parcelas que renuevan cada cinco años para permitir la regeneración del monte.

Pedro M. González tituló 20 hectáreas por 138 dólares Expandir Imagen
Pedro M. González tituló 20 hectáreas por 138 dólares GUIDO BILBAO

La gente casi no maneja dinero. Solo ingresa efectivo cuando trabajan como jornaleros –a 5 dólares el día– o cuando reciben alguna ayuda del Estado. La comunicación entre las comunidades sucede caminando a través de pequeños senderos enlodados en la selva cerrada. Deben caminar horas para llegar a un centro de salud precario; el hospital más cercano se encuentra lejos. Solo van en caso de emergencia. Los niños nacen en sus casas y la medicina chamánica sigue siendo la opción más recurrente.

La inaccesibilidad, a pesar de la vida dura que ofrece, fue la que los mantuvo al margen del “tropicapitalismo” radical que domina en Panamá. La que salvó sus bosques de la depredación general y permitió que se mantuviera vivo el hilo que comunica su forma de vida con los tiempos ancestrales. Hasta ahora, 500 años después, regresa la conquista.

Estas montañas son el último refugio de bosques primarios en un país que en los últimos 80 años perdió el 65% de su cobertura boscosa, según sentenció el ambientalista del Instituto Smithsonian Stanley Heckadon, en el documental Cuando vuelvan los bosques, recién estrenado.

La historia muestra que cada vez que se abrió un acceso hacia este tipo de zonas, luego de la carretera, llegó la deforestación masiva.

“Cuidar la naturaleza es cuidarse a uno mismo”, explica Cristina, una joven buglé. “Es la única forma de sobrevivir”.

El cacique Saturnino Rodríguez, líder de los congresos comunitarios de la zona, ofrece pixbae caliente. Es un fruto exquisito que abunda en esta temporada. La preocupación que desvela al cacique en estas horas son las consecuencias de la apertura de la carretera. “Una vez abierta la trocha, van a venir por el territorio. Es cuestión de tiempo”.

Rodríguez vive en la comunidad de Playita, al borde del río Calovébora, en una casa como la del resto de los indígenas. Elevada del piso para cuidarse de las inundaciones y las culebras. Por las noches, frente al fuego, los ancianos narran a los niños largos poemas que recuerdan la llegada de Cristóbal Colón, su expulsión y la épica de su pueblo: “En nuestra cosmovisión, el hombre no es dueño de la tierra. Ambos nos necesitamos. Los bosques nos dan nuestro sustento y nosotros somos sus guardianes para las próximas generaciones”.

Al cacique lo respaldan las estadísticas internacionales. Un estudio histórico, publicado el año pasado por  Rights and Resources Initiative, mostró que los indígenas manejan más del 24% del carbono total almacenado en el dosel de los bosques tropicales del mundo. En Panamá, el 50% de esos bosques está en las comarcas indígenas, aunque solo controlan el 17% del territorio nacional, según el Programa Conjunto de las Naciones Unidas para la reducción de las emisiones por deforestación y degradación de los bosques (ONU-REED). Si a eso se le suman las zonas de uso colectivo no legalizadas, la cantidad aumenta aún más.

Según estas estadísticas, es mucho más efectivo legalizar territorio a los pueblos originarios que crear áreas protegidas. Quizá por eso el ecologista canadiense David Suzuky afirma que el camino para revertir el cambio climático no está en seguir a los ambientalistas, sino a los pueblos originarios. Es decir, el futuro de la humanidad será indígena o no será. Están en la primera línea de batalla enfrentando con palos y piedras a ejércitos y transnacionales. Solo en 2017 murieron de forma violenta 130 dirigentes alrededor del mundo, según reportó Climate Home.

En esta región se vive de lo que da la tierra. Foto: Raphael Salazar Expandir Imagen
En esta región se vive de lo que da la tierra. Foto: Raphael Salazar

Los pueblos originarios practican una democracia directa de alta calidad. Las decisiones se toman por consenso. El filósofo colonial y creador de la filosofía de la liberación Enrique Dussel, en sus 20 tesis de teoría política, lo explica con claridad. “Rigoberta Menchú y el Ejército Zapatista de Liberación hacen una distinción en la forma de liderazgo cuando dicen que los líderes occidentales mandan mandando, mientras los líderes originarios mandan obedeciendo”.

Esa fortaleza en la vida interna podría volverse una debilidad ante el avance neurótico de los Estados occidentales. Sin embargo, Daviken Studnicki-Gizbert, investigador de historia latinoamericana en la Universidad de McGill, afirma que hay que esperar. “Está demostrado que cuando llega el momento, los indígenas son los que sostienen las luchas más prolongadas. Hay una cohesión mucho mayor y un respaldo a su dirigencia más sólido. No pueden aplicarles el divisionismo táctico”, explica.

Las comunidades siguen pidiendo la anexión de su territorio a la comarca Ngäbe Buglé. O cuando menos, el reconocimiento del uso colectivo de la tierra. A lo largo de los siglos se han movido con libertad en estas montañas en una migración interna que no se ha detenido nunca. “El Gobierno lo que quiere es titularnos la tierra de forma individual. Una finquita para cada familia. Es una trampa. Después los especuladores nos compran de a uno en uno. Queremos que se reconozca el uso colectivo de la tierra”. 

La Autoridad Nacional de Administración de Tierras (Anati)– les reconoce lo que se dio en llamar “derechos posesorios”. Son títulos informales, que en teoría le otorgan el derecho de titular la tierra a aquellos que la trabajan y llevan al menos cinco años viviendo allí. Pero muchos no saben cómo se realiza el trámite. Este sistema ayudó a centenares de campesinos humildes, pero también permitió titular a precio de saldo decenas de miles de hectáreas de tierras fiscales a acaparadores inmobiliarios ligados al poder político. Al permitirse la comercialización de esos derechos de posesión, los empresarios de la ciudad llegan a las comunidades con sus abogados y sus contactos en las instituciones, adquieren esos derechos por precios irrisorios y los titulan a su nombre. Con la inscripción legalizada, el precio de la tierra se multiplica automáticamente. Y comienza el festín de la especulación.

Representantes de las comunidades indígenas, meses atrás, enviaron una comitiva a Santiago, la capital de Veraguas, para averiguar cuál era el estatus de sus tierras. Juntaron dinero durante algunas semanas hasta que al final pudieron viajar. A pie, en cayuco, luego en bus hasta la ciudad, llegaron a las oficinas de la Anati. Los hicieron esperar todo el día y no los atendieron. “Pero quédense tranquilos, que con sus tierras no pasa nada, está todo como estuvo siempre”, les comunicó un secretario. Como llegaron, se volvieron.

Los representantes de la Anati, que no tienen tiempo para atender a los líderes indígenas, sí se esfuerzan en satisfacer las apetencias de los caudillos provinciales. Como Pedro Miguel González, diputado de la Asamblea Nacional, representante de Santa Fe de Veraguas por el Partido Revolucionario Democrático (PRD). El 24 de marzo de 2017 tituló 20 hectáreas en el cerro Tute, en Santa Fe de Veraguas.  Pagó 138 dólares por todo el predio.

González asegura que no hay ilegalidad alguna. “Esa es una propiedad de la familia que le cambiamos la categoría de derecho posesorio a título de propiedad”. Explica que es utilizada como finca agropecuaria.  “Debió salir a nombre de todos mis hermanos, es un trámite pendiente”,  finalizó.

González tiene un historial tumultuoso: fue acusado de  matar  al militar estadounidense Zak Hernández en junio de 1992, un día antes de la visita del entonces presidente George Bush. Aunque fue absuelto en Panamá por el crimen, la justicia de Estados Unidos lo considera un prófugo.

Es este el tipo de decisiones que los habitantes originarios quisieran evitar: que sus bosques se transformen en fincas privadas de millonarios de la ciudad. Como la que tiene también Ramón Fonseca Mora, el abogado que a través de su bufete Mossak Fonseca habría ayudado a ocultar fondos en muchos casos provenientes de fuentes dudosas.  Luego del escándalo que produjo la investigación global del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, sobre sociedades offshore creadas para prácticas supuestamente irregulares –que hirió de muerte la reputación del país– Fonseca Mora se retiró a su finca, donde pasa el tiempo controlando su plantación de naranjas, de las más jugosas de Panamá.

El cacique Saturnino dice que la presión sobre la tierra no para de crecer. Sobre todo en la desembocadura del río en el Atlántico, donde confluye la carretera. “Cuando llegan los especuladores, les hablan de mil, 2 mil dólares y se piensa que son millonarios. Yo les digo que no hay que vender. Que nosotros, sin tierra, no podemos sobrevivir. Será una lucha muy difícil”.

Con información de: Sol Lauría, Israel González, Andrea Gallo, Eliana Morales y Guido Bilbao.

La Prensa en alianza con el Pulitzer Center invita a sus lectores a una experiencia inédita de periodismo transmedia. Una historia sobre la costa Atlántica que pone en cuestionamiento qué tipo de desarrollo queremos para nuestro país. Mire el especial completo.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Newsletter