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Bocados del mar

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Priscilla Novey es la propietaria de Muelle 67 y divide su tiempo entre el restaurante, su familia y la atención que le brinda al hotel Hacienda del Mar. Priscilla Novey es la propietaria de Muelle 67 y divide su tiempo entre el restaurante, su familia y la atención que le brinda al hotel Hacienda del Mar. Expandir Imagen
Priscilla Novey es la propietaria de Muelle 67 y divide su tiempo entre el restaurante, su familia y la atención que le brinda al hotel Hacienda del Mar. Ricardo Iturriaga

Es mediodía y las puertas del restaurante no se quedan quietas. Entran los comensales de siempre que se acomodan en sus mesas preferidas y turistas retraídos sin un destino claro. Optan por subir las escaleras al segundo piso donde los recibe una mesa de billar a la izquierda, la terraza de frente y del otro se avista el gran salón. A medida que se llena el local, retumba el ritmo de canciones contemporáneas que mantiene un ambiente alegre y casual. Apenas percibe que entre las mesas se escabulle Priscilla Novey de Rodríguez, la propietaria del restaurante. Se detiene a saludar, sonríe y pasa de prisa.

Los camareros caminan ágilmente con bandejas desde donde emana el aroma del océano. Centollos, langostinos y pulpos con sus respectivos acompañantes lucen combinaciones de colores llamativos que hacen salivar.

Muelle 67 es el sueño hecho realidad de Novey y su marido desde 2008. Ella, una estudiada diseñadora de interiores, fue gerente general del hotel Hacienda del Mar en la isla de San José, en el archipiélago de Las Perlas, mientras su marido era piloto de Copa y tenía un negocio de venta de marisco fresco del Atlántico a la puerta de su casa.

Así transcurrió la vida durante 13 años que ella ocupó el cargo, gerenciando y corriendo desde la ciudad cuando era necesario mientras sus tres hijos se divertían entre las olas del mar.

LA VIDA

Hoy, a sus 46 años, Novey exclama con certeza absoluta que está cómoda entre fogones de la cocina. “Nunca pensé que me encantaría y ahora es mi lugar feliz”, dice.

A Novey siempre le llamó la atención la cocina, pero era muy tímida y no dejaba que su familia probara lo que hacía. Cuando su padre abrió el hotel, recuerda que pasaba mucho tiempo en la cocina observando al chef ruso que tenían contratado.

Poco sabía que después que el chef salió de Panamá y tuvo un retraso para entrar al país, le tocó a ella estar al mando de la cocina, además de seguir atendiendo el hotel.

“Me acordé de la época que me tocó manejar el restaurante y le decía a los clientes que iba a hablar con el chef porque ya se ha retirado a descansar”, dice con una sonrisa.

EL RESTAURANTE

Cuando su esposo le dice que encontró un local para abrir una marisquería, lo examinan y él cayó en cuenta del potencial que tenían entre manos. ‘¡Abramos un restaurante!’ exclamó él y así comenzaron a soñar. Ella estaba asustada porque no sabía nada de restaurantes, pero él la convenció. Durante año y medio no vendieron marisco fresco.

Actualmente, están en veda y la piscina que tienen en la entrada del local está vacía, pero en otros momentos reboza de langostas y centollos vivos con agua del Atlántico.

Muelle 67 es acogedor. Así como aparecen señores de saco y corbata comiendo una langosta de mantequilla, hay gente en shorts y chancletas.

“El restaurante es para todo el mundo”, dice Novey, y explica que aunque el local se especializa en mariscos, tienen tres platos que no lo son y enumera “daditos de filete, alitas y un puerquito tableño frito”.

Las recetas son originales. Ella rememora a aquellos días antes de abrir el local que invitaba a su familia a probar sus platos. Sin titubear indica que su forma de cocinar es bastante sencilla “para que nada le vaya restar el sabor al marisco que es tan delicado” y, con ese mismo respeto que le muestra al mar, se ha ganado la lealtad de su clientela.

Muelle 67 está ubicado en la calle 67, entrando por Bodega Mi Amiga de vía Porras. Están abiertos de martes a sábado desde el mediodía y los domingos, a partir de las 5:00 p.m.

Podrá ver a Novey y su equipo en acción mañana en el restaurante Corvina y Caña del Panamá Marriott Hotel.

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