100 AÑOS DEL COMIENZO DE LA GRAN GUERRA, PRIMERA PARTE

El conflicto que creó nuestro mundo

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“Dentro de mi alma siento crecer una música extraña, / vastos cantos de una tragedia demasiado profunda / –demasiado profunda– / para ser pronunciada por mis pobres labios”. Así termina Desde el Somme, un poema que describe la carnicería que fue la batalla en ese río francés, en la que murieron más de un millón de hombres. Uno de ellos fue el autor del poema, Leslie Coulson.

Falleció el 8 de octubre de 1916, un día después de ser herido durante la ofensiva final del ejército británico allí. La batalla -una de las más sangrientas de la historia- aún seguiría por un mes más. Y la guerra, la Gran Guerra (así, con mayúsculas), dejaría un par de años más de muerte y devastación.

O no, porque apenas dos décadas después volvió a explotar con aún mayor virulencia, solo para terminar con dos explosiones nucleares que pusieron al ser humano, por primera vez desde que camina por la Tierra, frente a frente con su propia autodestrucción.

El resultado de esas convulsiones globales -que dejaron decenas de millones de muertos y que en retrospectiva han sido llamadas “guerras mundiales”- sería un mundo diseñado y construido a partir del pánico a repetir sus horrores porque la próxima vez no sobreviviría nadie.

Ese mundo -en el que nos ha tocado vivir- comenzó a forjarse hace exactamente 100 años.

De Sarajevo al mundo

Para comienzos de 1914, el mundo occidental tenía motivos para mirar hacia el futuro con optimismo. Avances tecnológicos como el teléfono, el barco a vapor y el tren anunciaban una era de globalización, y la última gran conflagración paneuropea -las guerras napoleónicas (1803-15)- lucía tan distante como lucen hoy aquellos primeros años del siglo XX.

Los 99 años transcurridos desde la batalla de Waterloo, sin embargo, no habían sido completamente pacíficos. Los estadounidenses se mataron entre ellos por casi un lustro (1861-65), y eventos como la guerra de Crimea (1853-56), la franco-prusiana (1870-71) o la ruso-otomana (1877-78), entre otros, hablaban de una incomodísima convivencia europea en la que el fantasma de una nueva orgía de barbarie y violencia nunca estaba demasiado lejos. En este espíritu, Otto von Bismarck, canciller de una Alemania recién unificada -en la forma de un reich o imperio-, le advirtió en 1878 a los asistentes al Congreso de Berlín que la próxima gran guerra sería el resultado de “alguna maldita estupidez en los Balcanes”.

Bismarck murió 20 años después, a las puertas de un siglo XX cuya primera década ya presenciaría varios amagos importantes de conflagración. Pero no se equivocó. La chispa que encendió Europa -y el mundo- llegó el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Franz Ferdinand, heredero presunto del imperio austrohúngaro (IAH), fue asesinado en Sarajevo junto a su esposa.

Para entender la profecía de Bismarck, es necesario dividirla en dos preguntas: primero, ¿por qué habría un conflicto en los Balcanes?; y segundo, ¿por qué ese conflicto se convertiría en una gran guerra europea?

Con respecto a la primera, hay que tener en cuenta que el mismo congreso berlinés había sido convocado para reorganizar la región balcánica tras la derrota otomana en la mencionada guerra ante los rusos. Como resultado del congreso, Bosnia-Herzegovina fue ocupada -y luego anexada- por el IAH, lo que chocaba con las aspiraciones serbias de unir a todos los eslavos del sur (formar una “Yugoslavia”).

Tras décadas de tensión, la “cuestión bosnia” explotó con el asesinato del archiduque a manos de un joven nacionalista apoyado por el Gobierno serbio: un acto de guerra. El 28 de julio, exactamente un mes después del atentado, Viena le declaró la guerra a Belgrado.

Eso, sin embargo, no explica cómo toda Europa, en palabras de The Economist, “se vio repentinamente confrontada con el miedo a una gran guerra”.

Para entender esa parte es necesario imaginar un continente enredado en una maraña de alianzas nacidas a partir de una infinidad de miedos y traumas interconectados. A un nivel muy básico, podría decirse que el apoyo de Alemania a su aliado austrohúngaro motivó, en una especie de reacción en cadena, la entrada al conflicto del imperio ruso -aliado de Serbia- y sus aliadas occidentales, Francia y el Reino Unido. Las cosas se dieron tan rápido que el 1 de agosto -el día en que Rusia y Alemania se declararon la guerra-, el semanario inglés ya temblaba ante la posibilidad de un conflicto “sin precedentes, involucrando una pérdida de vidas y una destrucción de todo lo que asociamos con la civilización moderna demasiado grande como para ser contada o calculada”.

Dos días después, París le declaró la guerra a Berlín. Londres haría lo mismo al día siguiente. Había comenzado la Gran Guerra, conocida a posteriori como Primera Guerra Mundial (PGM). Su magnitud fue tal que el autor británico H. G. Wells la bautizó ese mismo año como “la guerra para terminar la guerra”.

Las consecuencias

Mientras que todas las potencias entraron al conflicto buscando una victoria decisiva, lo único que obtuvieron fueron cuatro años de carnicería que debilitaron a todos. Para cuando terminó el conflicto, el 11 de noviembre de 1918, el continente que dominaba al mundo estaba devastado.

Más de 17 millones de personas murieron y 20 millones más resultaron heridas. Francia y Alemania perdieron hasta el 4% de su población. De hecho, la mitad de todos los hombres franceses entre 20 y 32 años fallecieron, al igual que 750 mil soldados británicos. En una pequeña franja entre Francia y Bélgica -el frente occidental- está la mayor concentración de tumbas del mundo. En solo uno de sus innumerables cementerios descansan casi 12 mil soldados británicos, canadienses, sudafricanos, australianos, neocelandeses y caribeños.

Desde el punto de vista geopolítico, la Gran Guerra supuso el comienzo de un terremoto que sacudiría al mundo por los siguientes 30 años, y cuyas réplicas continúan al día de hoy. La PGM anunció el principio del fin de la gran época europea, iniciada por las carabelas españolas en 1492.

Gran Bretaña, que en 1914 estaba en el cénit de su gloria imperial, se encontró cuatro años más tarde con su deuda incrementada en 1000% y el comienzo de un declive geopolítico solo suavizado por su (sabia) alianza con Washington.

Si la PGM no pudo acabar con el imperio británico, sí lo hizo con el alemán -reemplazado en 1919 por la República de Weimar-, el ruso, el otomano y el austrohúngaro, con consecuencias que incluyen el ascenso de los nazis en 1933, el nacimiento de la Unión Soviética y la Turquía moderna, la inauguración de la actual era de estados nacionales y casi un siglo (y contando) de inestabilidad en Oriente Medio a raíz de la repartición irresponsable y miope de los antiguos territorios otomanos.

La tecnología, que tantas esperanzas había traído, pasó a ser un agente de brutalidad y totalitarismo, y las barreras económicas que se erigieron a nivel global -especialmente durante la Gran Depresión de los 30- retrasaron como mínimo hasta 1945 -y para otros, hasta la caída del muro de Berlín y las reformas de Deng Xiaoping en China- la globalización que el inicio del siglo XX parecía prometer.

A pesar de todo esto, la PGM figura poco en el discurso público. De hecho, se suele decir que nuestro mundo es producto de la Segunda Guerra Mundial (SGM). Pero lo cierto es que, en casi todos sus aspectos, la SGM es consecuencia directa de la Gran Guerra, la primera guerra total, el verdadero momento en que, en palabras de Adam Hochschild, “la Europa optimista y soleada pre-1914 (...) se convirtió en un matadero masivo a una escala jamás vista”.

Las causas

El cómo esto pudo suceder ha fascinado a historiadores, novelistas y cineastas por todo un siglo, al punto de que existen más de 3 mil libros sobre las causas del conflicto.

En un primer nivel, es importante entender que todas las potencias involucradas percibían amenazas existenciales que se agudizarían si no entraban en la guerra. Para Francia, el prospecto de una posición debilitadísima ante Alemania; para Alemania, la amenaza de una Rusia en pleno proceso de industrialización; para el IAH, la disolución del imperio si no castigaba a los serbios; para los rusos, la pérdida de sus provincias occidentales ante el empuje teutón. Y para Inglaterra, el ascenso de una potencia -Alemania- que, inevitablemente, desafiaría la hegemonía naval sobre la que se sustentaba su imperio global.

El buen observador ya habrá reconocido el patrón: en el centro de la PGM está la cuestión de Alemania y su lugar en Europa. Desde su formación en 1871 -tras la mencionada guerra franco-prusiana-, las potencias europeas venían lidiando con la amenaza que suponía ese nuevo gigante, incrustrado como una cuña envenenada en el corazón del continente, nada menos que entre Francia y Rusia. La situación explotó terriblemente en 1914. Y, como ya sabemos, no sería la última vez.

Pero el reconocimiento de la “cuestión alemana” no sirve para establecer responsabilidades por el conflicto. De hecho, una de las narrativas más arraigadas asegura que este fue el producto de una serie de errores de cálculo por parte de líderes arrogantes, intoxicados por un nacionalismo exacerbado en medio de un frágil balance de poder continental.

“Entramos confundidos a la guerra”, escribió David Lloyd George, premier británico durante el conflicto. Esta visión se vio reforzada en 1962 con la publicación del clásico Los cañones de agosto, donde Barbara Tuchman asegura que “las naciones cayeron en una trampa (...) de la que no había salida”. Más recientemente, historiadores como Niall Ferguson -en The Pity of War (1999)- o Christopher Clark -en The Sleepwalkers (2012)- han coincidido con estas ideas.

Frente a esta narrativa -más políticamente correcta- existe una que le asigna toda la culpa a Alemania, que buscaba, según The Economist, “una excusa para pelear una guerra que le permitiera dominar Europa”. Esta visión es tan vieja como la guerra misma -el Tratado de Versalles, que en 1919 puso fin al conflicto de manera oficial, forzó a los alemanes a aceptar la responsabilidad-, pero su desarrollo y difusión se han visto retrasados por circunstancias tan perturbadoras como controversiales.

Básicamente, el reich comenzó a reescribir la historia en 1914 para hacer creer a sus ciudadanos que el conflicto había sido “defensivo”, un proceso que continuó durante el período entre guerras. Este esfuerzo -llamado “historiografía preventiva”- no solo facilitó el ascenso del nazismo sino que, a posteriori, dio a los alemanes una excusa para interpretar el período entre 1933 y 1945 como una excepción histórica, causada por la injusticia impuesta sobre el país en Versalles.

El hombre que desnudó la historia alemana fue Fritz Fischer, el primer historiador en examinar la totalidad de los archivos imperiales. En su libro Los objetivos alemanes en la Primera Guerra Mundial –publicado en 1961–, Fischer demostró que, lejos de actuar defensivamente, Alemania explotó el asesinato del archiduque para consumar sus ambiciones geopolíticas.

Las consecuencias de su trabajo fueron devastadoras: para los alemanes de la posguerra, aceptar su tesis equivalía a ver ambas guerras mundiales como partes de un continuo iniciado en 1871. En palabras de un historiador, “si (...) los 12 años de nazismo y los objetivos bélicos de la SGM no fueron una aberración en el curso del siglo XX alemán, entonces la base moral para la reunificación puede ser cuestionada”.

Fritz Stern, otro de los grandes historiadores alemanes, sentenció que sin el libro de Fischer “ni la historia de la Alemania moderna ni la de la PGM pueden ser entendidas adecuadamente”.

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