PODER, HEGEMONÍA Y CONFLICTOS DE ACTUALIDAD

Geografía y política: breve historia de un (des)amor

El dilema que define más de un siglo de estudios geopolíticos es si la geografía moldea al hombre o lo contrario.

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Los estudiosos de la historia saben que Otto von Bismarck (1815-1898), el “canciller de hierro” alemán, predijo no solo que habría una gran guerra en Europa, sino cuándo sucedería (“20 años después de mi partida si las cosas siguen como van”) y qué la desataría (“alguna maldita estupidez en los Balcanes”). Lo que se sabe un poco menos -e incluso prefiere ignorarse- es que el gran estadista teutón no debía sus extraordinarias capacidades predictivas a ningún talento sobrenatural, sino a una aguda sensibilidad geopolítica.

Por eso, describió la política como “el arte de lo posible” y profetizó (de nuevo) que las grandes cuestiones de su tiempo no serían resueltas por debates ideológicos o intelectuales, sino por “sangre y hierro”.

En cierta manera, cuesta creer que un gigante como Bismarck vivió hace poco más de un siglo. Los hombres y mujeres del siglo XXI, sobre todo las clases educadas y económicamente privilegiadas, vivimos en un mundo centrado en el individuo, en el que toda una clase de intelectuales se cubre de oro intentando convencernos de que el ser humano no tiene límites, de que tú, yo y todos podemos ser todo lo queramos. Impossible is nothing. En el fondo, eso dice más sobre nosotros mismos que sobre la posibilidad o imposibilidad de las cosas.

El precio de la fantasía

En un mundo de fantasías individualistas -lo que el documentalista inglés Adam Curtis llamó “el siglo del yo”-, las ideas que aplicamos a nuestras propias vidas determinan la manera como entendemos el mundo y su funcionamiento. Si creemos que como individuos no tenemos límites, ¿por qué vamos a tenerlos como nación? De hecho, el gran desafío de los políticos de hoy -los serios- es navegar un panorama en el que la opinión pública vive completamente alienada de las realidades del poder. Hablar como idealista y actuar como realista, se suele decir.

En ese contexto se hace necesario –y revelador– repasar la historia de la geopolítica, el arte que los grandes estadistas de todas las épocas han dominado a la perfección, lo digan o no. Ese arte –que combina la geografía y la política– causa una enorme incomodidad en nuestro mundo precisamente porque enseña lo que (casi) nadie quiere escuchar: que hay una realidad fundamental amarrada al poder nacional, y que las pasiones populares tienen un efecto meramente transitorio sobre las cosas.

Como punto de partida, la geopolítica intenta identificar las cosas que son eternas, las que son de larga duración y las que son temporales. Esta distinción es fundamental, pues nos ayuda a ver las cosas en perspectiva, sobre todo en comparación con nuestra propia realidad individual. Nos ayuda, en pocas palabras, a darle la proporción debida a nuestra vida y nuestros tiempos en el gran esquema de las cosas. Y así, nos iniciamos en el arte de lo posible.

Dicho eso, la relación entre dos disciplinas tan dispares como geografía y política ha sido tempestuosa. En concreto, la geografía presenta desafíos considerables a la hora de ser incluida en el complejísimo panorama de las naciones y sus destinos.

Para entender estos desafíos es necesario considerar que la geografía, estrictamente hablando, es una ciencia natural. Si se parte de ella, el estudio de su influencia sobre la conducta humana tiende casi irremediablemente a ser determinista. Por otro lado, las ciencias sociales se centran alrededor del hombre y sus capacidades. Por su propia naturaleza, si se usan como punto de partida tenderán a descontar la geografía como factor determinante. El dilema que define más de un siglo de estudio geopolítico, de hecho, es si la geografía moldea al hombre o lo contrario.

Los geógrafos

La historia de la geopolítica refleja este camino. Los primeros en mezclar geografía y política fueron geógrafos o, en general, académicos de formaciones científicas. Si bien admiten cierto rol para la tecnología y la voluntad humana en general, los geógrafos aseveran que, en última instancia, es la geografía la que determina la distribución del poder global a través del clima, los recursos, los accidentes geográficos y la disposición de los continentes. Al estar mayoritariamente fuera del control humano, esta realidad determina el curso de la historia. A los seres humanos solo les queda adaptarse.

El más reconocido de los geógrafos es el hombre considerado el padre de la geopolítica, el británico sir Halford Mackinder. Hace más de 100 años, Mackinder formuló -y luego consolidó en su clásico Democratic Ideals and Reality (1919)- una teoría para las épocas: para dominar el mundo, una potencia debía controlar el corazón de la masa euroasiática y luego intentar proyectar su poder hacia alguna de las penínsulas -de Europa al Lejano Oriente- que le darían acceso al mar y, por ende, al resto de las islas periféricas (de las Américas a las islas de Oceanía).

Su interpretación del mapamundi fue tan simple como poderosa, al punto que podríamos decir que el inglés encontró la lógica geográfica de la historia. Por otro lado, el atractivo de sus ideas fue tanto que -de manera equivocada- su nombre terminó asociado con lo peor de la Geopolitik nazi, que pervertía el enfoque geográfico para justificar la superioridad alemana y su necesidad de expansión. Al hacerlo, los geopolíticos nazis convirtieron el estudio de la política y la geografía en una teoría ideológicamente motivada.

La Geopolitik nazi marcó un punto de inflexión en el estudio de la geopolítica. Para algunos le hizo un gran daño, mientras que para otros sirvió como un gran aviso para evitar el determinismo geográfico -tan tentador- que siempre husmea cuando se interpretan políticamente los mapas. La reacción natural de la academia fue la de asignarle un rol más sustancial a los seres humanos, y así la geopolítica comenzó a entrar en el reino de las ciencias sociales.

Realistas clásicos, decadencia y ´revival´

Mientras esto sucedía, en EU se comenzaban a desarrollar las relaciones internacionales como disciplina académica. Los geógrafos dieron paso a los politólogos como los principales alquimistas de la geografía y la política. De ese proceso salieron dos libros esenciales, America´s Strategy in World Politics (1942) y Politics Among Nations (1948). Sus autores, Nicholas J. Spykman y Hans Morgenthau, respectivamente, comenzaron un estudio sistemático de las relaciones entre Estados con la realidad geográfica constantemente de fondo, evitando caer en el determinismo y dándole más importancia a la acción humana.

Concretamente, Spykman y Morgenthau hicieron dos cambios fundamentales: primero, limitaron la geografía al ámbito de la política internacional. En segundo lugar, rebajaron la centralidad de la geografía, considerándola una de muchas variables en el poder y la conducta de los Estados. Para los realistas clásicos, la geografía era una forma más de poder, junto a los recursos naturales, las capacidades industriales, la idiosincrasia nacional y demás.

El problema de los realistas clásicos fue que al buscar balance también introdujeron ambigüedad, lo que dio paso a una nueva escuela de pensamiento. Los teoristas que le siguieron a Spykman y Morgenthau, basados en la ambigüedad de la geografía -podía ser fortaleza o debilidad- argumentaron que lo verdaderamente importante era el poder. Dentro de ese marco, la geografía se convirtió en un limitante, una especie de fricción que aminoraba la proyección de poder. Y como tal, podía ser superada.

El resultado de esta dinámica culminó en la desaparición total de la geografía como factor en el estudio de la política internacional. Borrachos por los avances tecnológicos, los nuevos pensadores declararon que la distancia y las demás realidades físicas eran poco menos que ilusiones en el contexto de las relaciones internacionales. Las realidades políticas comenzaron a explicarse exclusivamente por variables políticas, completando la transición de una ciencia natural a una ciencia social.

En el apogeo de esta tendencia se encuentra el recientemente fallecido Kenneth Waltz. En su teoría, el sistema internacional es un grupo de reglas y patrones de comportamiento abstractos que fuerzan a las potencias a balancearse entre sí.

La posición de cada Estado dentro de ese sistema -y no dentro del mundo físico de continentes, montañas y mares- determina sus acciones. Esa posición, a su vez, es determinada por la cantidad de poder relativo que posee con respecto a otros Estados, y no por su geografía.

El problema con el enfoque de Waltz es que dejó de ser relevante para la toma de decisiones a nivel gubernamental y militar. Sus teorías, tan elegantes como inútiles para los políticos y comandantes, motivaron la reintroducción de la geografía en el estudio de las relaciones internacionales.

Este movimiento ha estado liderado -en dos escuelas de pensamiento distintas- por Stephen Walt y Robert Jervis, y su intención es la de volver a las ideas de los realistas clásicos. Para explicar el comportamiento de los Estados no solo hay que mirar lo que hay dentro de ellos, sino también la realidad física a su alrededor.

La venganza de la geografía

Mientras que el debate continúa, el hecho que debemos recordar es que a lo largo de la historia los cambios dramáticos en la distribución de poder mundial han requerido de marcos geográficos para ser entendidos. Así, la mezcla de geografía y política suele ponerse de moda en tiempos de grandes cambios geopolíticos.

Por otro lado, la relativa infrecuencia de este tipo de cambios hace que el rol y la apreciación de la geografía sean cíclicos, alternando períodos de interés con períodos en los que parece no importar.

Los últimos 25 años han sido fascinantes en ese aspecto. Por un lado, el fin de la Guerra Fría supuso un terremoto geopolítico del que el mundo aún no se ha recuperado. Por el otro, su principal consecuencia -la consolidación de Estados Unidos como la única superpotencia global- trajo una sensación de que la importancia de la geografía se había derrumbado junto al telón de acero. La casi omnipresente presencial imperial estadounidense -política, económica, tecnológica, militar y sobre todo cultural- dio a muchos la ilusión de que no solo no había manera de que emergiera un competidor para el gigante norteamericano, sino que nada -absolutamente nada- estaba fuera de su alcance.

Así, Francis Fukuyama anunció en 1989 el fin de la historia, augurando el inevitable triunfo del capitalismo de libre mercado y la democracia liberal en la milenaria evolución de las ideas políticas y económicas. Mientras Washington aplastaba a nuestras Fuerzas de Defensa y hacía y deshacía a lo largo y ancho del globo, y mientras más y más regímenes comunistas caían en medio de los vítores populares, era difícil contradecir al genio estadounidense. Esa tendencia ha continuado. En 2005, Thomas Friedman escribió que el mundo es plano, entusiasmado por las tecnologías de la comunicación que aparentan reducir al mundo a una red en la que todos somos iguales.

El entendimiento de los cambios geopolíticos, sin embargo, requiere de un marco geográfico. Aquellos que se convirtieron al evangelio de Fukuyama y Friedman aún no entienden cómo Irak no es un paraíso democrático; cómo el Talibán se prepara para heredar Afganistán; cómo la Primavera Árabe se convirtió en un baño de sangre; por qué Europa vuelve a ingerir la cicuta nacionalista; por qué hubo una guerra en Georgia en 2008; por qué Rusia se anexionó Crimea e incluso de dónde salió ese grupo llamado Estado Islámico que decapita periodistas y ocupa los titulares de la prensa mundial.

El análisis de todos estos hechos, juntos o separados, suele terminar en realidades incómodas, difíciles de aceptar desde un punto de vista centrado en el ser humano. Como sea que los miremos, terminamos enfrentándonos a esas “realidades fundamentales” que se escapan de la voluntad humana. Las realidades en las que se centra el estudio de la geopolítica.

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