FESTIVIDAD

El Carnaval de antaño

Más de 100 años han moldeado al Carnaval capitalino que hoy conocemos.

Algunas costumbres  desaparecen, mientras que otras adquieren nuevas formas.

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Los primeros desfiles se realizaron en Santa Ana y Calidonia Los primeros desfiles se realizaron en Santa Ana y Calidonia Expandir Imagen
Los primeros desfiles se realizaron en Santa Ana y Calidonia LA PRENSA/Archivo

En 1945, Panamá no tuvo Carnaval. La Segunda Guerra Mundial alteró las relaciones sociopolíticas de casi todo el planeta, opacando así la celebración en el istmo.  

Sin embargo, al año siguiente en 1946, la festividad se retomó con el lema “Carnaval de la victoria”. El rey Momo volvió a prevalecer en la avenida Central, acompañado de Marcela Cucalón como soberana del festejo.

Algunas fotos publicadas en internet demuestran que desde entonces las comparsas ya se encontraban bien constituidas y que algunos personajes, como los resbalosos, eran asiduos del séquito de Carnaval. 

Ciertamente, el Carnaval representa una fecha especial para los panameños.  

Todo vale durante este festejo de cuatro días que precede a la Cuaresma.  

Su origen, derivado de la colonización europea, que a su vez fue obtenido del contacto con otras tierras en Oriente y África, según explica la historiadora Coralia de Llorente, denota en la actualidad un acervo de influencias visto como juegos y recreos durante el jolgorio.

A 1910 se le recuerda como el primer año que se realizó un Carnaval estructurado por decreto alcaldicio. 

Manuelita Vallarino se coronó como reina del evento, que incluyó comparsas callejeras, toldos y bailes en los corregimientos de Santa Ana y Calidonia. 

Desde entonces, las tradiciones carnestolendas adquirieron mayor complejidad e influencias, que dieron como resultado la festividad capitalina que hoy conocemos. 

Llorente explica que las tunas y comparsas surgieron de la combinación de cantos de personas provenientes del interior del país, arraigados en Santa Ana, Chorrillo y Malambo, por ejemplo. 

“Familias como los Brandao y los Fonseca, por ejemplo, comenzaron a crear durante la década de 1940 algunas tunas por la ciudad”, explica la historiadora y docente en la Universidad de Panamá. 

“Por las mañanas iban por el barrio cantando y mojando a las personas”, asevera Llorente, quien recuerda los días de “mojadera” en la calle 17 oeste de Santa Ana, con aguas aromáticas o teñidas, que posteriormente dieron pie a una de las tradiciones más representativas de la fecha.

Estampas del Carnaval de ayer

Mojarse se convirtió en uno de los juegos más populares durante el Carnaval istmeño. 

Sin importar su destino, edad o su elegante atavío, si era pillado la mañana de Carnaval en la calle, seguro se llevaría un balde de agua. 

La historiadora y docente universitaria Coralia de Llorente asegura que esta costumbre es un derivado de otras tradiciones, tanto de Roma como de otros países orientales en rituales al dios Baco o como parte de festivales de primavera o de colores, por ejemplo. 

“Es una herencia española”, explica la docente, quien durante sus pesquisas en ese país pudo constatar algunas costumbres similares. 

“Además de agua, los españoles cuentan con festejos en donde se mojan con vino, perfumes o tomates, por ejemplo”, dijo la experta, quien asegura que durante el comercio con los países de Oriente se pudieron adoptar algunas tradiciones foráneas que luego se aplicaron en nuestro Carnaval. De ahí quizás la costumbre de teñir a las personas con añil y lanzar huevos o harina. 

Las “mojaderas” se hacían de forma doméstica con cubos y baldes hasta 1986, cuando se realizaron por primera vez con carro cisterna en la vía España como parte del “Carnaval Diamante”.

El empresario Ricardo Gago, quien para esa época presidió la Junta de Carnaval, explica que hasta entonces la costumbre de mojar con cisterna era vista únicamente en el interior. 

El Carnaval de 1986 celebró entonces los 75 años del festejo en la ciudad capital. “Ese año procuramos romper con los moldes tradicionales”, añade Gago, quien detalla otras iniciativas como el cambio de ruta para los desfiles, la inclusión de una comparsa propia para la reina y la reinstauración del clásico Presidente de la República el martes de Carnaval.  

La soberana en aquella ocasión fue Julieta Barría (q.e.p.d.), recordada por su participación animada y por bajar de su carroza para bailar con su comparsa en el corazón de la vía España.

Hasta mediados de los años de 1980, el Carnaval era patrocinado por el Estado.  

Gago recuerda disponer con 500 mil dólares para realizar el Carnaval de 1986, a lo que lograron sumar 1 millón de dólares junto con la empresa privada para la presentación de artistas en tarima. 

El año siguiente la Junta de Carnaval, presidida por Roberto Pascual, según Gago, volvió a utilizar la vía España como ruta del festejo. 

En esa ocasión, la hoy primera dama de la República, Lorena Castillo, resultó la nueva soberana de las fiestas de Momo, quien junto a Miss Universo 1986, la venezolana Bárbara Palacios, resaltó las celebraciones del Carnaval Tropical. 

Personajes de rigor

Para Ricardo Gago, la reina “es el motor del éxito o fracaso del Carnaval”.

Su presencia en los festejos forma parte de una tradición enraizada en el istmo, que según Llorente es muy probable que tenga que ver con el período colonial cuando individuos desfilaban disfrazados como reyes españoles. Como las reinas, también existían personajes antagonistas con la simpatía popular, pero que le añadían picardía al festejo.

Los resbalosos, hoy en extinción debido al Decreto 700 del 10 de enero de 2013 -que escatima pintarse el cuerpo total o parcialmente, utilizar instrumentos de sugestión para pedir dinero, lanzar harina, confetis o serpentinas-, formaron parte de las fiestas carnestolendas del siglo XIX y principios del XX.

Los disfraces, algunos inspirados en el folclor, la cultura popular, así como pillos o diablos, buscaban asustar o molestar a los transeúntes a cambio de dinero.

Llorente explica que su función probablemente tenga que ver con las festividades de los congos en Colón o de las comunidades de Chilibre.

Ya sea como personaje o como espectador, víctima de las “pillerías” de los juegos, forma parte de las tradiciones muchas veces vistas durante el Carnaval, dice.

“Hay un personaje conocido como el doctor, que junto a otro llamado fatiga, simula un caso de patatús que solo puede mejorar con dinero”, explica.

Otros más modernos escupían fuego, bailaban o lo secuestraban a cambio de plata para sufragar la celebración. “Era su forma de financiar el jolgorio”, asegura la historiadora.

Pasados los cuatro días de fiesta, un nuevo personaje entraría a la escena: la fatigada y funesta sardina, que “con llanto de serpentina”, en palabras de Pedro Altamiranda, anuncia el inevitable final de estas festividades.

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