La obra maestra de un príncipe animado

Si  el filme 'El Principito' no es nominado en la categoría de mejor cinta animada, pues está al nivel de 'Intensa Mente' (Inside Out), los miembros de la Academia de Hollywood cometerán otro de sus tantos desaciertos.

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'El Principito', cuyo costo de producción fue de 80 millones de dólares, es sencillamente magistral. 'El Principito', cuyo costo de producción fue de 80 millones de dólares, es sencillamente magistral. Expandir Imagen
'El Principito', cuyo costo de producción fue de 80 millones de dólares, es sencillamente magistral.

Aunque El Principito (1943) es un clásico de la literatura infantil universal, la obra clásica de Antoine de Saint-Exupery ha visitado el mundo audiovisual en tan solo 17 ocasiones, entre la pantalla chica y la grande.

Este 2015, procedente de Francia, se estrena la más sublime, mágica y extraordinaria producción sobre las andanzas de un niño, un lobo y una serpiente.

Además, el realizador Mark Osborne ( Kung Fu Panda y Bob Esponja: la película) firma con El Principito su más importante película animada hasta el momento.

Es más, si este largometraje no es nominado en la categoría de mejor cinta animada, pues está al nivel de Intensa Mente (Inside Out), los miembros de la Academia de Hollywood cometerán otro de sus tantos desaciertos.

El Principito, que debutó fuera de concurso en el Festival Internacional de Cine de Cannes, no sigue a pie juntillas el texto original. Es más bien una reinterpretación de la pieza maestra de la narrativa breve.

Osborne entrelaza la trama creada por Saint-Exupery con la historia de una madre soltera, estricta, gris y triste; su hija sombría y pronto poblada de colores y sueños, y un vecino de ambas dentro de una igualmente aburrido suburbio.

Se trata de un señor repleto de ilusiones, ocurrencias y anécdotas, quien estrelló su avión en el desierto del Sahara, cerca del delta del Nilo, como le pasó en la vida real al propio Saint-Exupery, y que sirvió de punto de partida para escribir esa fábula del género fantástico tan genial que es El Principito.

Nunca debes dejar de soñar

"¿Qué quieres ser cuando seas grande?", le pregunta un maestro a una pequeña cuya vida su madre ha planificado por completo, pero que le ha fallado a la hora de regalarle amor y diversión.

Sin caer en sentimentalismo ingenuos y tontos, Mark Osborne es leal a El Principito al momento de mostrar la desilusión de convertirse en figuras adultas, y por ende, muchas veces insulsas y ausentes de energía.

El cineasta le recuerda al público adulto que muchos hemos olvidado ser niños por andar con exceso de trabajo, y se hace solidario con los chicos, pues presenta a los mayores como autómatas que solo existen para cumplir objetivos meramente materiales.

Osborne echa mano del anciano aviador para decirnos que el vivir se parece a un círculo infinito, aunque los adultos se empeñen en residir en aburridos y patéticos cuadrados, donde no tienen amigos, pues son demasiado meticulosos, ausentes de misterios, incapaces de hacer o recibir una broma, que no saben apreciar una puesta de sol, que están apegados a lo que compra el dinero, enfermos de vanidad y superficialidad; y como si fuera poco, calculadores, pragmáticos; vaya, raros.

El anciano le enseña a la niña qué significa ser amigo y cuál es la relevancia de querer a otra persona; le muestra la belleza de las flores y de las estrellas, de la vida en todo su amplio espectro.

Mark Osborne plantea que ser mayor no es un problema en sí, el lío es dejar de sonreír; es permitir que la soledad carcoma su corazón, lo que los hace imposibles para crear lazos verdaderos con los demás, con esas personas que uno necesita y extraña: los amigos, los confidentes, la familia de sangre y ese otro clan que uno va forjando con el tiempo.

Los personajes adultos de El Principito dan lástima por haber expulsado de sus corazones la libertad y la espontaneidad, para reemplazarlas por objetos costosos.

Esta película cautivará más a los adultos que a los pequeñines por su ritmo lento y lírico, por una stop-motion que le da una presencia sencilla, artesanal, una técnica que iguala a otras propuestas interesantes recientes como Fantastic Mr. Fox y Coraline.

Osborne propone a los espectadores que seamos únicos para alguien; que lo esencial es invisible a los ojos, que solo saben de cuentas, cifras y compras; que la existencia se debe acometer desde el corazón y no tanto con la razón, y que lo indispensable son los bienes emocionales y espirituales y no la casa, el auto, el sector residencial donde vamos a dormir o las joyas o los muebles de la casa.

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