La familia vista por la escritora Marie-Renée Lavoie

La canadiense Marie-Renée Lavoie está convencida de que los niños son más sensibles, maduros y solidarios de lo que creen los adultos.

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“La infancia es un universo pleno de posibilidades, con sus propios retos”: Marie-Renée Lavoie. “La infancia es un universo pleno de posibilidades, con sus propios retos”: Marie-Renée Lavoie. Expandir Imagen
“La infancia es un universo pleno de posibilidades, con sus propios retos”: Marie-Renée Lavoie. Daniel Domínguez Z.
Hélène tiene ocho años y quiere ser hombre para llamarse Joe. No es que le desagrada ser mujer, es que los mejores superhéroes de los cómics pertenecen al sexo masculino. 
Ella le dice a los demás que tiene 10 años para que la dejen vender periódicos y poder así ganar su propio dinero. Sus padres viven absortos en sus problemas y su mejor amigo es Roger, un jubilado solitario y dado a la cerveza.
Esta versión canadiense de Mafalda, y cercana a los personajes infantiles de  las obras de Charles Dickens, es la protagonista de la novela Roger y yo ( Tusquets), que Marie-Renée Lavoie presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México).
Hélène tiene plena conciencia del universo que la rodea. Lo que demuestra que los niños son más perceptivos y profundos de lo que algunos adultos estiman, opina esta profesora de literatura en un colegio de Montreal, Canadá.
“La infancia es un universo pleno de posibilidades, con sus propios retos”, anota. Por eso, Hélène decide que existe alguna posibilidad de cambiar parte de ese mundo caótico de sus mayores.
“Pasamos una parte de nuestra niñez en ese sentido de incertidumbre de lo que puede ocurrir, y que para algunas personas se prolonga cuando crecen, pero Hélène, durante este período, despierta su sensibilidad hacia el mundo que está a su lado y es más consciente de lo que le ocurre a los otros”, plantea esta autora que nació en Quebec en 1974. 
“Pensamos que los niños son superficiales y no es cierto. Son muy sensibles. Me dicen que es imposible que reflexionen tanto, pero sí pueden ser maduros porque yo a esa edad recuerdo que era así. También en la literatura universal hay muchos niños que cuentan las historias de una manera de completa claridad”, indica Marie-Renée Lavoie, quien hizo una maestría en literatura quebequense en la Universidad de Laval. 
Desarrolla en su novela cómo los chicos desean colaborar a que sus padres sean felices, más si los ven presos de sus preocupaciones. “Aunque hay niños, en la novela y en la vida, que les resbala los retos de los adultos, hay otros que los problemas de los suyos los lleva a madurar más rápido”. 
Cree en la diversidad. “En una familia pueden haber tres niños y cada uno podrá ser diferente y los tres fueron educados por los mismos padres”, y pone como prueba que ella se decantó por las humanidades, mientras que la pasión de sus dos hermanas eran las ciencias exactas y eso las llevó a ser hoy día ingenieras.
“El proyecto de muchos niños es ayudar a ser felices a sus padres porque sus padres son sus modelos y si ayudan a que sean felices los suyos es una forma de que ellos también sean felices. El camino de la felicidad debe ser de dos vías. Eso ocurre cuando hay una conexión filial y cuando aprendemos que la felicidad no está en lo material, sino que está dentro”, reflexiona. 
ENTRE SER SOLIDARIO Y AYUDAR
En la novela Roger y yo hay mucho del francés que se habla en lo cotidiano. Le sorprende a su autora, Marie-Renée Lavoie, que a algunos colegas este elemento les molestó, “porque buscan que sus obras sean exportables a otros idiomas”.

Mientras que en su caso quería experimentar con un francés coloquial. Es irónico, entonces, que esta obra haya sido traducida en 2016 al español. Justicia poética.

“Soy consciente que es peligroso usar ese lenguaje, porque hay muchos matices en el francés y los escritores buscan un francés más cerca del estándar”, dice.

“Yo vengo de una región de Canadá donde hay un acento muy particular. En Quebec hay diversos acentos según donde vivas dentro de esa ciudad”. Por eso, para redactar esta novela indagó cómo “darle una lengua más real a Hélène, a su madre y al resto de los personajes”.

Aunque no podía realizar una transcripción 100% fiel del habla normal, “porque si yo escribiera el francés de Quebec en otras partes fuera de esa ciudad habría palabras que no entenderían”.

FORMACIÓN

Si bien consume las letras latinoamericanas, en especial las obras del colombiano Gabriel García Márquez, lamenta que el plan de estudios en Canadá esté enfocado solo en la literatura nacional y en la escrita en francés. “La formación literaria que le brindo a mis alumnos es limitante. No me mantengo actualizada de lo que está ocurriendo en otras partes y en otras lenguas”.

Esto ha llevado a un sector de los docentes en Quebec, donde reside, a cuestionarse esa norma. “Si por lo menos pudiéramos leer literatura francófona que no sea solo la de Canadá y Francia”. Aspira a incluir otras culturas en sus cursos, porque en Canadá “no se refleja la globalización de la literatura mundial”.

Quisiera, por ejemplo, que sus estudiantes lloraran como ella cuando leyó la novela El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.

Le conmovió que uno de sus protagonistas, un niño, “es extremadamente maduro, porque finge que tienen suficiente comida y le sigue el juego al viejo porque trata de salvaguardar su honor y porque el niño ayuda al viejo, pero sin echárselo en cara. Al final de la obra confirma que el viejo es fuerte, y por eso, en la siguiente vez que tenga, regresará con el viejo, aun cuando sus padres están en desacuerdo, porque siente admiración por él”.

SOLEDAD

Otro mensaje de Roger y yo es la soledad en la que habitan los adultos mayores y cómo las nuevas generaciones pueden colaborar a disminuirla.

Roger crió solo a sus hijos, sin embargo, estos crecieron y se fueron de casa. La soledad de Roger se une a la conexión que encuentra en Hélène. La soledad es uno de los temas más presentes en la literatura contemporánea, en especial la soledad en las grandes ciudades”.

Su obra también aboga por la solidaridad. “La familia debe ser un núcleo sólido, aunque tenga sus fallas. Sus integrantes deberían sacrificarse por el resto del clan, para poder luego ser solidarios con otros universos ajenos y descubrir que podemos encontrar conexión con otras personas”.

SER CHICO

Como Hélène, cuando ella era chica también quería ser hombre. “De forma cultural eso se comprende porque se asocia con el hombre el valor y las aventuras. Mis héroes de niña también eran hombres. Me parece que ahora es distinto, pues las niñas pueden identificarse con heroínas de carácter fuertes como la Viuda Negra de Marvel. Aunque aún faltan muchas más heroínas”.

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