El otro país llamado Panamá

El que esté desconectado de nuestra realidad le exhorto a que vayan al Hospital Santo Tomás. El que esté desconectado de nuestra realidad  le exhorto a que vayan al Hospital Santo Tomás. Expandir Imagen
El que esté desconectado de nuestra realidad le exhorto a que vayan al Hospital Santo Tomás. Arcihvo

Me dicen que el cielo nocturno tiene nuevas estrellas, brillantes y titilantes que alumbran sobre todos nosotros. Son los nuevos ángeles que han llegado a la bóveda celestial desde esta tierra tan injusta. Son las estrellas de los mellizos que murieron en la comarca porque un centro de salud les dijo “no voy”, es decir, no había cupo para atender a esos niños. Me es inimaginable el dolor que representa cargar en brazos a un ser amado enfermo, por tantas horas, hasta su fallecimiento. Otras estrellas que brillan en el cielo nocturno, son las maestras que se ahogaron en un río que nunca tuvo puente, los jóvenes estudiantes y sus acompañantes que mueren atropellados en calles oscuras y sin aceras. El cielo está atiborrado de las luces de los bebés muertos por la heparina, y los cientos, quizás miles de compatriotas que murieron por el dietilenglicol.

A cualquiera que está desconectado de nuestra realidad y piensa que nuestro pueblo vive subsidiado y disfruta de grandes beneficios, le exhorto a que vayan al Hospital Santo Tomás. Hagan de su excursión un recorrido como si estuvieran en un fastuoso museo: miren como los “bien cuidao” privatizaron los estacionamientos a un costado del hospital, incluyendo, tanques de pintura, cajas de bebidas o conos de color naranja marcando su territorio durante las 24 horas del día. Hay que pagarles por adelantado, o si no las consecuencias pueden ser siniestras. Luego están los custodios oficiales del hospital, que no tienen claro cual es su misión, pero parece que deben cuidar los automóviles de los médicos y los jefes.

Al entrar al hospital para hacer una visita o llevarle algo que requiera un paciente, el maltrato verbal y despectivo hacia las personas es generalizado. Alguien inventó que las mujeres que van a parir a la maternidad deben llevar una pinta de sangre, sino no hay cupo. Además, deben madrugar, llegar mucho antes de las 6 de la mañana para conseguir el bendito cupo, aunque las enfermeras llegan a las 7:30 a.m. y los doctores atienden a las 10:00 a.m.

Los custodios oficiales del Hospital Santo Tomás no tienen claro cual es su misión, pero parece que deben cuidar los automóviles de los médicos y los jefes.

De la maternidad de este nosocomio salen mujeres con bebés en brazos, cuyo destino final no se conoce. ¿Tendrán cobija? No hay nadie que les haga una entrevista social, que les dé un seguimiento, que las acompañe a buscar un transporte o que las ayude con una llamada de celular.

En la maternidad escasean sillas de ruedas, y camilleros, para que desplacen a las embarazadas y recién paridas. Democráticamente, tanto doctores, como visitantes y administrativos comen lo que encuentran en los kioskos y vendedores ambulantes cercanos, uno en particular que arrastra su carretilla de mercancías en medio de una sala de madres recién operadas.

En la ciudad de dos líneas de Metro de 4 mil millones de dólares, en la que no hay agua en muchos vecindarios y los centros de salud funcionan como los cuarteles de policía, todo el mundo acuartelado esperando la hora de salir. Una vez me fui a vacunar contra la influenza, tuve la suerte que recibí mi inyección, pero como era medio día la señora que venía detrás con dos niños, y una adulta mayor, no tuvieron la misma suerte. Ya había que cerrar la vacunación del día porque había que hacer el informe de las estadísticas.

En el país del centro bancario internacional, más de la mitad de la población no está bancarizada y de la mitad que si lo está, muchos tienen que recurrir a los préstamos informales. Esos que en cualquier estacionamiento de un ministerio o entidad oficial en quincena, quedan a la luz pública. En estos los buitres esperan su pago y los funcionarios, incluso los de entidades reguladoras acuden puntualmente a realizar sus aportes. Me cuentan que en otras partes del país, el usurero se queda con la tarjeta clave del funcionario, y que el 15 o el 30 de cada mes, le da un vuelto. En los barrios populares el “gota a gota”, desarrollado por muchachas en moto, que van de casa en casa a cobrar el sencillo o un dolarito que hay que pagar todos los días por las medicinas, la tarjeta de celular, las zapatillas de marcas, el telefonazo o alguna urgencia familiar, está desangrando los ingresos de la población más vulnerable. Los intereses que se pagan son brutales, en ocasiones 20% por semana. Para estos panameños no hay tarjetas de crédito ni bancos ni microfinancieras. Lo que hay son las calles con los prestamistas que se anuncian en los árboles o postes de luz, o en las redes sociales.

Me pregunto si sería posible que todos esos bancos con sus hermosos programas de responsabilidad social, que pintan la misma escuela primaria año tras año, o recogen botellas en las playas, podrían organizar una iniciativa de billetera electrónica para todos los panameños. Si tiene un celular, puede obtener un préstamo y asistencia financiera de urgencia comprobada. Ya el Banco Nacional dispone de billeteras electrónicas para algunos beneficiarios de programas estatales, pero el mismo debe ampliarse y contar con el respaldo de todos los bancos. Si cada panameño pudiera de manera decente adquirir un préstamo, podríamos derrotar a las bandas, a los narcos y al blanqueo de capitales.

Tampoco tiene sentido el espejismo minero de Coclé del Norte que solo paga 2% de regalías.

En esa misma ciudad de las dos líneas del Metro, que costaron más de 4 mil millones de dólares, los dos puentes sobre el Canal y todas las ampliaciones de calles y carreteras que vienen y van, las mujeres tienen que defenderse a puños de los taxistas abusivos. Conozco a una chica a la que el chofer de un taxi le apuntó con una pistola, y si ella no se hubiese tirado por la puerta del auto andando, quien sabe si sería una estadística más. El carro amarillo no llevaba placa. Pregunte amigo lector entre sus conocidos a cuantos les ha pasado algo en un taxi o un vehículo pirata. Quizás no sean sus conocidos o familiares sino la empleada de la casa, el conserje del condominio o el maestro de la escuela. Esto nos toca a todos. Más allá de alimentar el morbo de las redes sociales, la acción contundente que esperaríamos de la justicia ante estás agresiones imperdonables contra las mujeres han quedado en nada. Jueces de Paz que actúan como zombis, premian con la impunidad a los salvajes que patean en la cara a una mujer, o le entran a puñetes dentro de un taxi. Estos son intentos de homicidio. En este caso feminicidio, pero así es la justicia en el país del cielo estrellado.

Sí, en esta ciudad de las dos líneas del Metro, cinco personas murieron en un choque debajo de la línea 2. A pesar de todo el morbo de las redes sociales y de los videos de la agonía de las víctimas, la culpa fue de un proyecto que no está terminado y que por el apuro de las inauguraciones prematuras, las obras emprendidas a última hora requirieron una inversión de carril, que en la oscura avenida Domingo Díaz, se cobró cinco víctimas y no sabemos cómo quedarán las sobrevivientes.

Las últimas tierras públicas que quedan en la mayor parte del país, son bosques, manglares o islas como Boná y Coiba. Existe una gran presión para hacer negocios de extraer tucas a toda costa, regalar las tierras al postor favorito, o inventar magníficos negocios con los recursos naturales gratis de Panamá, a favor de inversionistas extranjeros: no tiene sentido que un municipio reciba poco más de 40 mil dólares al año, por el alquiler de una isla, para realizar una inversión de 240 millones, en una terminal de combustible. Tampoco tiene sentido el espejismo minero de Coclé del Norte que solo paga 2% de regalías, y cuya producción minera no tiene a ninguna autoridad ni a nadie independiente, que fiscalice cuanto material exportará la mina, y que es lo que efectivamente saca de las entrañas de nuestra tierra.

Aquí confiamos en la buena fe de las transnacionales y asumimos la mala fé de los indígenas que llevan bebés en brazos. Por esto, el cielo sobre Panamá está tan lleno de estrellas brillantes. Son los testigos mudos de nuestra tristeza, nuestra desesperanza y la gran desolación que produce un Estado que no funciona y que no entiende que debe cambiar urgentemente.

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