La lección de Chicago

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Cualquiera que pase tres días en la ciudad de Chicago será introducido a alguno de los pintorescos sitios donde la mafia más famosa de Estados Unidos controlaba el universo. Gracias a Hollywood sabemos de memoria un capítulo de esta historia: Eliot Ness arrestó a Al Capone.

 

El sur de Italia a finales del Siglo XIX era una región socialmente fragmentada, económicamente débil y culturalmente existía por y para los gamonales. El sociólogo y economista italiano Vilfredo Pareto concibió su famosa regla del 80/20 al referirse a la concentración de la tierra y el poder económico en esta zona. Según Pareto, aproximadamente el 20% de la población tenía el 80% de la tierra. Los desposeídos y excluidos no hacían otra cosa que engrosar las filas de la “ Cosa Nostra” (Nuestra Cosa), concepto que se oponía a la “ res publica” (“el bien público”). Lo nuestro contra aquello que es de todos. De estos italianos del sur se dieron oleadas migratorias hacia el continente americano e incluso hasta Australia llegaron los hombres y mujeres que buscaban un mejor futuro. Una de estas familias, la de Al Capone, llegó a Nueva York y como pudo con sus numerosos hijos echó para adelante. Alfonse Capone se metía en muchos problemas. Muy pronto empezó a vincularse con otros como él y así se convirtió en protector de garitos, prostíbulos y casinos clandestinos.

 

En uno de estos sitios contrajo sífilis que afectaría el resto de su vida. Capone migró a Chicago en busca de mejores oportunidades y rápidamente con su violencia y su rudeza se convirtió en el mandamás de la mafia traficante de licor y armas. Tuvo tanto éxito que tenía que inventar algo para poder mover su dinero sucio. Capone estableció lavanderías de ropa que estaban abiertas 24 horas al día en donde le pagaban a las personas para que llevaran su ropa a lavar y así poder justificar sus enormes ganancias. De allí el nombre de “lavado de dinero”.

 

Otra familia inmigrante, esta vez de Noruega, llegó casi al mismo tiempo que los Capone. Esa era la familia Ness. Su hijo Eliot estudió en la Universidad de Chicago lo que entonces era una nueva disciplina científica, llamada “criminología”. La universidad de Chicago fue el sitio donde el sociólogo Edwin Sutherland acuñó el término “ delito de cuello blanco” para referirse a los crímenes cometidos por los empresarios y políticos. Muy joven y con su título de criminología Eliot Ness lideró un grupo de hasta 300 investigadores y policías que combatieron algunas veces en la calle con pistolas y ametralladoras, y la mayoría de las veces con libros de contabilidad a la mafia de Chicago.

 

Al Capone fue condenado en 1933 por enriquecimiento injustificado en la modalidad de evasión de impuestos. Su encarcelamiento no acabó a la mafia de Chicago ni a su increible poder político. Esta tarea fue impulsada por un grupo de empresarios, que cansados de las coimas y la corrupción con la que el Partido Republicano gobernaba la ciudad de Chicago y el Estado de Illinois decidieron financiar a los candidatos más honestos que podían encontrar incluso, los apoyaban a pesar que estos candidatos proponían aumentos de impuestos y nuevas regulaciones. Estos empresarios sabían que si no paraban la corrupción, los “impuestos” que cobraría la mafia serían tan altos que no se podría hacer negocios de ninguna forma. Les tomó casi una década derrotar a los políticos controlados por la mafia, pero cuando lo consiguieron, la ciudad de Chicago se transformó en una de las comunidades más ricas y prosperas de Estados Unidos.

 

Las diásporas italianas llegaron a todas partes en América Latina. Desde México hasta Argentina, la región se llenó de migrantes dispuestos a trabajar y contribuir con su talento y esfuerzo. En Panamá, la primera ola migratoria de italianos llegó para la construcción del canal francés. La segunda ola llegó para la construcción del canal estadounidense, y por último la tercera ola llega poco antes de la segunda guerra mundial. Entre algunos de sus miembros floreció la cultura del gamonal siciliano, ya fuera en Chiriquí, Veraguas, Los Santos, Coclé o en la ciudad de Panamá. Esos clanes dejaron su huella. Sus hijos y demás descendientes construyeron poderosas empresas y se hicieron políticos, llegando a ocupar varios de ellos la Presidencia de la República.

 

Nosotros no recibimos migrantes noruegos pero si recibimos migrantes de Cataluña. Sus hijos y nietos se convirtieron en profesionales. Una de ellas, ha llegado a ser Procuradora General de la República. Con su sangre catalana ha organizado un equipo de mujeres fiscales, que como un grupo de gladiadoras de la justicia se han enfrentado contra los más poderosos intereses que existen en este país. El éxito del trabajo de estas fiscales no depende de ellas, sino de todos nosotros. Su integridad física y la de sus familiares es responsabilidad prioritaria de todo el Estado. Su seguridad económica, sobre todo a futuro, cuando llegue el momento en que dejen de ser funcionarias, se requiere de un nuevo marco legal para su protección y seguridad económica. Es muy probable que quienes se han perjudicado por sus acciones, persigan alguna forma de venganza. Al igual que aquellos que se han visto interpelados por la Fiscalía de Cuentas, la Unidad de Análisis Financiero y la Dirección General de Ingresos. En resumen, a nuestra sociedad le conviene, que todos los funcionarios de investigación y control no sientan amenazados sus futuros salarios o ingresos. En países como España a esta categoría de funcionarios se les concede seguridad pagada por el Estado y dos años de sueldos garantizados, después de concluir su servicio al Estado. Esto es muy serio para que lo dejemos al azar, nos toca actuar y aprender claramente del ejemplo de Chicago: de nada sirve tener buenos policías y fiscales combatiendo a la mafia, si la cultura política en la que la mafia prospera sigue existiendo.

 

Un aplauso de pie para Kenia, Ruth, Tania, Vielka y Zuleyka. Recordemos también que le tenemos una deuda de gratitud a Ana Bouche por atreverse en el caso Moncada Luna a ser testigo y empezar todo este ciclo de limpieza. Para un país cuyo sistema de justicia no ha podido aclarar el caso del inspector Franklin Brewster ni tampoco nos ha dado respuesta sobre Vernon Ramos, se nos concede otra oportunidad de honrar y proteger a quienes nos defienden y cuidan al tesoro público.

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