El golpe de Giroldi (III)

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En la mañana del 3 de octubre de 1989, el mayor Moisés Giroldi lideró un intento de golpe contra el comandante de las Fuerzas de Defensa de Panamá, el general Manuel Antonio Noriega. El plan no funcionó, y para el final del día siguiente Giroldi y 10 oficiales más habían sido ejecutados en la llamada “masacre de Albrook”. El intento de golpe y sus consecuencias fueron los últimos eventos significativos antes de la invasión estadounidense y, veinticinco años después, continúan persiguiendo a la sociedad panameña. Esta es la tercera y última entrega de una serie en las que se narra lo ocurrido en la comandancia aquel 3 de octubre y lo que esos eventos –y la subsecuente reacción a la Operación Causa Justa– nos dicen sobre el Panamá de entonces… y el de ahora. Para leer las entregas anteriores, hacer clic aquí y aquí.

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En muchas maneras, los primeros días de octubre de 1989 capturan las esencias del Panamá pre-invasión, liderado por Manuel Antonio Noriega. Comenzando por el General, era evidente que había perdido, hacía tiempo, la lealtad y el control de (al menos algunos de) sus propios hombres. La rebelión de Giroldi era la segunda en menos de dos años, y la desconfianza y confusión reinante le habían hecho ignorar la poca información previa que le había llegado al respecto. De hecho, su jefe de inteligencia, el Coronel Guillermo Wong, lo había convencido de que no había nada de qué preocuparse. Luego sabría que el mismo Wong, junto a otros coroneles, planeaban darle un golpe al golpe, aprovechándose de los esfuerzos de Giroldi para hacerse con el poder. Y eso era apenas la punta de un iceberg de oficiales y compañías enteras que, durante el golpe, se habían autosaboteado o, como mínimo, se habían hecho los locos. Era imposible saber dónde estaban las lealtades de cada uno. Las FDP se habían convertido en un todos contra todos.

La compostura y agilidad mental exhibidas por Noriega en las horas que estuvo prisionero, a su vez, contrastan fuertemente con la incapacidad y desidia mostradas en cuanto pasó el peligro. El permiso –tácito o no— para que sus oficiales cometieran la matanza (fraternal) más atroz de nuestra historia –en un país y un ejército sin tradición de ejecuciones, que no veía un fusilamiento desde el de Victoriano Lorenzo en mayo de 1903— fue, en el fondo, solo un reflejo de la manera como llevaba a las FDP, un cuerpo que cada día se asemejaba menos a un ejército serio.

Como círculos concéntricos, a su vez, el general y sus FDP eran meros reflejos de la sociedad que los había producido. La dictadura militar había comenzado 21 años antes, pero hacía solo dos, aproximadamente, que el pueblo panameño venía mostrando un rechazo más o menos mayoritario hacia los uniformados. El origen de ese repudio era variopinto: había empezado con las revelaciones –de fraudes electorales, crímenes atroces y corrupción nauseabunda— hechas por el coronel Roberto Díaz Herrera, cogido ritmo con la abundante represión en los meses siguientes –incluyendo el fallido golpe de marzo del 88— y llegado al clímax con la cancelación de las elecciones de mayo del 89. Panamá, ahora sí, estaba harta del gobierno militar. Algunos sectores de la sociedad interpretaron esto como un renacimiento democrático. Incluso Guillermo Endara, el candidato presidencial opositor en las últimas elecciones, hacía huelgas de hambre a lo Gandhi.

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En una imagen que le dio la vuelta al mundo, el líder opositor Guillermo Ford es atacado durante la represión poselectoral en mayo de 1989. La sangre de su camisa pertenece a su guardaespaldas, que había sido asesinado minutos antes.

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Los ideales, sin embargo, son más bonitos (e inofensivos) en los libros que en la vida real. La historia del Panamá de Noriega –quizá más que ninguna otra— se entiende no por lo que ocurrió dentro de nuestras fronteras sino por lo que sucedió fuera de ellas. “Noriega –me dijo él mismo en 2012— no es una óptica exclusiva y cerrada de la historia de Panamá sino parte del ajedrez geopolítico”. Así, al párrafo anterior, habría que agregar que a mediados de 1987 –coincidiendo con el inicio de la 'ola democrática'– el gobierno estadounidense comenzó a apretarle las tuercas económicas al país. Y así, sobre Panamá planea la sospecha de ser el único país en el que las sanciones económicas estadounidenses han logrado que la población se rebele contra sus gobernantes, algo que habla volúmenes sobre la sociedad que se hace llamar "panameña".

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Salvo en el caso de Panamá, las sanciones económicas estadounidenses solo han servido para reforzar y radicalizar a los gobiernos sancionados (en rojo).

 

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Es imposible saber si, a la larga, la presión económica habría tumbado al régimen militar. Nunca lo sabremos porque el destino de nuestro país estaba siendo escrito, como lo ha sido casi siempre, en otras latitudes. Para finales de los 80, la amenaza comunista ya no alcanzaba para justificar el enorme gasto de las agencias de seguridad estadounidenses. No por casualidad, el establishment militar y de inteligencia se vio "rescatado" por el ascenso del narcotráfico como nueva amenaza en la psiquis estadounidense. Con ese cambio de prioridades, Noriega perdía todo lo que tenía para ofrecerle a los estadounidenses –un servicio de inteligencia que, además, estaba cada vez peor— y, por ende, pasaba de ser un activo intocable de seguridad nacional a ser percibido como la encarnación del narcotráfico internacional, el enemigo que serviría de transición hasta que el nuevo monstruo –el fundamentalismo islámico, financiado desde Washington, Riyadh e Islamabad— terminara de fraguarse en las montañas de Afganistán.

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"Apúrense, señores. El cuento de las drogas no va a durar mucho más tiempo".

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Noriega, irónicamente, sabía mejor que nadie que Washington no tiene amigos, solo intereses. Y aún así, su lectura de la situación internacional fue desastrosa. El general entendía –correctamente— que el único actor con la fuerza suficiente para quitarle el poder era Estados Unidos. Pero nunca supo ver que el momento en el que Washington necesitaba más de él que lo contrario había pasado. Su análisis fue tan errado que, tras lo ocurrido con Giroldi, interpretó que si los estadounidenses no habían intervenido entonces no lo harían nunca.

En Washington, por otro lado, el affaire Giroldi les hizo confrontar, por primera vez, que no tenían un plan, ni siquiera una idea concreta, de qué querían hacer con Noriega. Resueltos a evitar otro fracaso de imagen –el gobierno de Bush 41 fue muy criticado por su manejo de la crisis— y convencidos de que no había una sola unidad de las FDP en la que pudieran confiar, los estadounidenses aceleraron sus planes para invadir Panamá. El objetivo: la destrucción total de un ejército panameño que, en la nueva configuración geopolítca, ya no les era necesario.

La operación, además, serviría otros propósitos: salvo uno que otro bombardeo aquí y allá, y una intervención para salvar a Grenada de las garras del comunismo (!) en 1983, el ejército –y la psiquis— estadounidense no había podido sacarse de encima el llamado “síndrome de Vietnam”. Esto no solo tenía que ver con la moral de las tropas, sino con el manejo del elemento que –creían ellos— les había hecho perder la guerra vietnamita: los medios de comunicación.

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"Dick, ¿qué te parece Panamá? Me dicen que el riesgo es mínimo y encima nos ahorramos la cena de Navidad de los muchachos".

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Estados Unidos, en pocas palabras, necesitaba un entrenamiento militar de tamaño decente, pero de bajo riesgo, para ensayar ciertas cosas –desde armas hasta el sistema de pooling para el manejo de la prensa— de cara al “nuevo orden mundial” que el presidente Bush prometió cuando ya se vislumbraba la caída del Telón de Acero. Washington ya no pelearía para contener el comunismo en cualquier rincón del mundo, sino que se convertiría, a través del fuego purificador de sus bombas, en el evangelista de la libertad, la democracia, el capitalismo y el rock n' roll. Entre el intento de golpe de Giroldi y la caída del Muro de Berlín habían pasado menos de 40 días. Panamá, entonces, lucía como un escenario ideal no solo para afinar las herramientas el nuevo orden mundial, sino para dejar claro, con un puñetazo sobre la mesa, quién era el nuevo dueño del planeta.

El Panamá de finales del 89 era, sin embargo, una sociedad confundida, y muchos panameños malinterpretaron las intenciones estadounidenses. Noriega no solo se pensaba intocable, sino que mordió todas y cada una de las carnadas con las que Washington fue armando su casus belli, para terminar invadiendo en la madrugada del 20 de diciembre. Otros, por su parte, pensaron que los estadounidenses venían finalmente a librarnos de la tiranía y a enseñarnos a ser como ellos. Por eso, recibieron a los soldados con jamón y pavo de Navidad. Por eso bailaron en las calles mientras caían las bombas, borrachos de ideales, seguros en sus burbujas socioeconómicas.

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"¡Pensaban que veníamos a liberarlos!"

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Al otro lado de la ciudad, el Chorrillo, el barrio de la Comandancia, ardía en llamas –tanto que los periodistas que lo visitaron al día siguiente lo apodaron “el pequeño Hiroshima”— mientras la maquinaria bélica más poderosa de la historia descargaba su furia sobre nuestros civiles. Noriega entendió su error demasiado tarde, y solo pudo huir mientras sus compatriotas morían. Los que celebraban la invasión nunca entendieron el suyo. Ni lo han entendido. Para ellos, la “democracia” panameña es un regalo de Estados Unidos, y vale más que todas y cada una de las miles de vidas –juntas o por separado— que se cobraron las bombas del evangelio del Tío Sam. Al final, y se hace más evidente con cada día que pasa, los únicos que entendieron la invasión por lo que realmente era fueron los muertos, que ni siquiera nos hemos dignado en contar y que, como dijo Platón, son los únicos que han visto el verdadero final de la guerra.

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