POLÍTICA

El reino de los farsantes y charlatanes

“Mi silencio no significa que estoy de acuerdo contigo, la verdad es que tus actos de estupidez me dejan sin palabras”.

No creas en los políticos que te abrazan y ríen contigo diciendo que son tus amigos, porque comprobado es que son farsantes de marca mayor.

Todos los países tienen cantidad industrial de farsantes que pregonan estar atentos a los problemas de los pueblos y con cinismo reflejan en sus rostros las visibles huellas de no cumplir jamás con las promesas electorales.

Aquí en Panamá en la clase política abundan los charlatanes y farsantes. El pueblo ya los conoce y los tiene bien ubicados, pero misteriosamente los favorecen nuevamente con sus votos para que sigan ordeñando la vaca del Estado.

Hay presagios que se avivan advirtiendo que vienen cambios en la clase política, pero también se puede observar que hay desatinos en nuestras leyes y en el nuevo Código Electoral.

Los parches fueron maquillados, y así observamos que nada ha cambiado y los lógicos ganadores son los farsantes que desde ya preparan sus embustes electorales.

Resulta algo inexplicable para mi escasa inteligencia. ¿Cómo después de tantas frustraciones políticas los electores vuelven a depositar una absurda confianza en los habituales farsantes y charlatanes?

En tiempo de elecciones parece que el pueblo estuviese en estado de arrebato y pensamientos extraviados, porque nos volvemos sumisos frente a la verborrea excesiva de los candidatos.

Estos mediocres políticos conocen muy bien el arte del oportunismo y de la traición, y mueven sus fichas con habilidad de acróbatas circenses y con pasmosa velocidad logran escalar posiciones de poder.

En nuestro país ya estamos acostumbrados a soportar esta despistada clase política, y lo que es peor, nos encogemos de hombros y sumisamente nos entregamos sin mirar los engaños del pasado.

Ver un villano de pie merece más respeto que ver un buen ciudadano de rodillas.

Hagamos un alto en el camino y aprendamos a llevar en alto nuestras cabezas por orgullo y no bajarla por servilismo.

Si pregonamos que nadie es dueño de nuestras mentes, entonces es la hora de tomar distancia y meditar. ¿Tendremos la voluntad para retar de frente a los farsante y charlatanes? Así sea.

El autor es periodista

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