GENERACIÓN DE OPORTUNIDADES

Mirar a la población indígena

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Mirar a la población indígena

Integrar a toda la población al desarrollo de un país es la fórmula perfecta para mantener un crecimiento sostenible en el tiempo; en el que todos aportan a la vez que forman parte de ese gran beneficio llamado calidad de vida. Si no se incluye a todos, pocos participarán en el crecimiento y eso suele llamarse “desigualdad”.

No deja de sorprender la diversidad poblacional que tiene Panamá. Dentro de esta diversidad tenemos a la población indígena, con costumbres y tradiciones muy arraigadas, y que debe tomarse en cuenta al momento de medir su potencial de desarrollo, oportunidades de participación y beneficios que impacten su calidad de vida.

Basta visitar alguna de las comarcas, sea la Emberá Wounaan, la de Guna Yala o la Ngäbe Buglé, para sorprendernos con un entorno natural favorable en medio de extensas tierras, en las que parecen contar con todo. No obstante, cuando se conversa con ellos, uno se entera de que no tienen nada. En economía esto preocupa, porque se trata de pobreza.

Hace varios años, mientras realizaba mi labor social en el distrito de Tolé, me di cuenta de la necesidad de revisar continuamente las cifras para medir el impacto que hemos tenido en las comarcas. Hoy la realidad para ellos no ha cambiado mucho, a menos que hayan migrado a la “gran ciudad”, con el mismo sueño que tenemos todos los que dejamos atrás el pueblo donde nacimos. Si pensamos en la educación que necesitan para optar por un empleo o tener un trabajo propio, vemos que no han llegado al punto esperado. Hoy día para ocupar una plaza, el mercado pide tener nivel secundario, como mínimo, y, en la mayoría de los casos, universitario; sin embargo, el promedio de escolaridad entre los indígenas es de menos de seis años (10 años en el resto del país). Las principales barreras son la inserción escolar de los niños de áreas rurales e indígenas, así como el ingreso al trabajo desde muy temprana edad. Si a este problema le sumamos la exclusión de las mujeres en la educación formal, obviamente, tendremos mayores consecuencias en los bajos ingresos de la población.

En resumen, para rescatar a los indígenas de este flagelo, hay que insistir en mejorar la educación, así como crear oportunidades que los ayuden a generar ingresos sostenibles, como parte de una política pública nacional de largo plazo.

Las intervenciones económicas en las comarcas deben ir más allá de las transferencias que pueda dar el país, y enfocarnos en sus ingresos, que en la mayoría de los casos no superan los 150 dólares mensuales, según el Atlas de Desarrollo Local–Panamá 2015, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Estar en el umbral de la pobreza no solo se mide por ingreso o consumo, sino por el acceso a las necesidades básicas que cualquier ser humano debe tener garantizado.

Si nos enfocamos más en mejorar la forma de vida, podríamos brindarle un mejor entorno a ese sector de la población. Incluso, en acceso a tecnología (telefonía básica, uso de computadoras y acceso a internet).

Las transferencias económicas no son malas, el problema comienza cuando esto se hace de manera continua y sin propósitos a futuro. De ahí la importancia de la cobertura escolar, la participación en empleos formales, y del fomento de emprendimientos inclusivos, relacionados con el desarrollo de sus pueblos.

El acceso al agua potable es un derecho fundamental del ser humano, pero si en el centro de la ciudad escasea, se podrán imaginar la falta que hace en las comarcas, cuya población también es la más vulnerable a los problemas de salud y a la falta de atención oportuna.

Seamos conscientes de la autonomía cultural de las comunidades indígenas, pero también reconozcamos sus necesidades y potencialidades, que van mucho más allá de las intervenciones mediante transferencias monetarias, pues estas deben ir de la mano de la generación de nuevas oportunidades educativas y laborales, en un entorno en el que suplir las necesidades básicas sea una realidad, y no un problema del día a día.

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