¿Adónde se fue mi desayuno?

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¿Adónde se fue mi desayuno? LA PRENSA/Archivo

Una generación atrás, mi desayuno de soltero era una taza de café con leche y un derretido de queso. Ese desayuno era mi modesta forma de agregar valor a la economía panameña.

El café era de la marca dominante en el mercado, el cuarto de leche o la lata, provenían de vacas panameñas. La deliciosa azúcar morena era la contribución de los ingenios de las provincias centrales. El pan de trigo importado, era procesado por una panificadora panameña. El queso amarillo seguramente era nacional. Mi cafetera y la plancha donde calentaba el pan, eran eléctricas. Mi desayuno dejaba arriba de un 80% de su costo en la economía local.

Desde hace una década, las exportaciones panameñas han venido cayendo. El desastre del sector pesquero producto de la sobrepesca, la contaminación del litoral por actividades terrestres y la destrucción de manglares han vuelto insignificante al otrora poderoso sector pesquero.

La producción agropecuaria ha sido salvajemente dañada, por la irresponsable política de importaciones para favorecer a los amigos del poder. El fomento de la especulación inmobiliaria, provocó la venta de muchísimas tierras agrícolas que se convirtieron en urbanizaciones o casas de playa. La llegada de compradores extranjeros ha disparado los precios de la tierra a niveles por los cuales la opción más razonable es vender, en vez de producir, contra toda la incertidumbre que existe en el sector agropecuario.

A los panameños se nos ha mentalizado con que nuestro mercado es demasiado pequeño para que sea rentable producir cualquier cosa. Con esta mentalidad se causó la descapitalización del país. El café de mi desayuno lo comercializa una empresa extranjera, el ingreso por la leche se va para afuera. 

La gran mayoría de las panificadoras panameñas dejaron de existir. El ingreso que producía mi consumo de electricidad se va a España.

La forma en que el Gobierno hace inversiones públicas descapitaliza aún más al país. Aproximadamente, el 70% de las inversiones estatales se transforman en fuga de divisas. Si se toma en cuenta que una parte importante de esa inversión se despilfarra, la descapitalización es peor. Además, el creciente endeudamiento del Estado, está enviando nuestros impuestos a los acreedores internacionales, y ese dinero no regresa a la economía local.

Si tomamos en cuenta el periodo entre el año 2005 y 2017, la inversión en megaproyectos estatales ha sido considerable. Un Canal ampliado, dos líneas del Metro, la compra de los corredores, la ampliación del aeropuerto, cientos de millones en cemento y asfalto, la Ciudad Hospitalaria, las tres cintas costeras y el saneamiento de la bahía, se han gastado arriba de 15 mil millones de dólares en el área metropolitana, aumentando la deuda, concentrando los trabajos y generando externalidades ambientales y sociales carísimas para esta sociedad.

La descapitalización es uno de los principales fenómenos económicos de los últimos 25 años, y ha significado que aunque crezca la economía, la sociedad se empobrece. Los sectores económicos que más crecen no generan empleos sostenibles, ni están interconectados con el resto de la economía del país. Hay múltiples formas de enfrentar esto, pero todas estas requieren de un cambio de conciencia de los ciudadanos para que elijamos mejor, y de forma más responsables a nuestros gobernantes.

Es una paradoja que mi desayuno descapitalice al país. Cada vez se hace más difícil crear cadenas de valor locales con nuestras compras y decisiones como consumidores. Esta situación no puede durar mucho más, porque el Estado alcanzará a estar exageradamente endeudado, y tendrá que subir los impuestos para pagar esa deuda. Esa alza de impuestos terminará de sacar de la competencia a un gran sector de nuestra economía.

Se estima que para el año 2021, la deuda pública del gobierno central supere los 32 mil millones de dólares. Esto no incluye la deuda del Canal de Panamá, ni el déficit actuarial de la Caja de Seguro Social.

No somos un mercado pequeño, como no lo es Costa Rica, Uruguay o Singapur. Somos un mercado que ha sido descapitalizado, y cuyas políticas económicas fomentan la especulación, y no el ahorro. Aquí se desalienta la innovación, y se desanima a una clase media y trabajadora que entre más trabaja, menos puede tener.

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