Panamá y la búsqueda de espacio soberano: hacia una Gran Estrategia para el siglo XXI

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(A continuación, reproduzco el discurso que preparé para mi intervención en el II Congreso por la Soberanía, celebrado el 21 y 22 de noviembre en el Paraninfo de la Universidad de Panamá. Por cuestiones de tiempo, ese día tuve que dejar muchas cosas por fuera. Aquí, sin embargo, aprovecho para ponerlo todo.)

Para empezar, creo que es necesario aclarar conceptos. Palabras como “soberanía” o “geopolítica” suenan muy interesantes y profundas, pero pocas veces se reflexiona sobre su verdadero significado. Tomemos la primera, que es el centro de este congreso. ¿Exactamente qué queremos decir con soberanía?

En un sistema internacional cada vez más interconectado, hablar de soberanía es muy difícil. Sobre el papel, la soberanía hace referencia a la capacidad de un gobierno de tomar decisiones en todo su territorio sin ninguna consideración más que las propias. Esa soberanía, también sobre el papel, está definida por el reconocimiento que todos los demás gobiernos hacen de ella: dentro de tus fronteras mandas tú, dentro de las mías mando yo, y así sucesivamente.

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"Le comentaba al primer ministro Sharif lo importante que es para nosotros la soberanía pakistaní".

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El problema es que todo esto solo existe en teoría. En la práctica, una infinidad de variaciones en cada una de estas circunstancias hace que la soberanía se acerque más al terreno de las ideas que al de la realidad. Para nuestra discusión, entonces, es importantísimo diferenciar entre una y otra cosa: la soberanía de un gobierno no está definida por lo que éste puede decidir en teoría, sino la capacidad que tiene en la realidad para hacer valer sus decisiones ante la oposición de otros gobiernos. En el caso de Panamá, la pregunta sería si nuestro Gobierno realmente tiene la capacidad de llevarle la contraria a Washington si así lo decidiese, y hasta qué punto estaría dispuesto a llegar para mantener su posición.

Pero no nos apuremos. De la idea anterior se desprenden tres conclusiones importantes:

1. Que “soberanía” no es un concepto binario. No es algo que se tiene o no, sino algo que se puede poseer en diferentes cantidades.

2. Que ningún Estado es 100% soberano, pues todos deben tener en cuenta los intereses de otros Estados –en mayor o menor medida, formal o informalmente— a la hora de tomar decisiones.

3. Que hablar de soberanía es hablar de decisión. Lastimosamente para los idealistas, la soberanía no es sinónimo de derechos humanos ni de prosperidad económica ni mucho menos de estabilidad social o política. Tampoco es que necesariamente sea antónimo, pero hay que reconocer que, en muchos aspectos y situaciones, la defensa o búsqueda de la soberanía puede chocar con ciertas ideas, conceptos y valores que pueden ser considerados igual o incluso más deseables que la soberanía misma.

Por eso, en el fondo de este congreso y de toda esta discusión, yace la necesidad de decidir cuán necesaria es nuestra soberanía, y cuánto estamos dispuestos a sacrificar para obtenerla.

Para terminar con el concepto, es necesario plantear una idea central que se deriva de todo lo anterior:

La cantidad de soberanía de la que goza un Estado en determinado momento no es constante, sino que depende de múltiples factores, algunos controlables y otros no.

Para los propósitos de esta ponencia, el factor central serán las acciones y decisiones gubernamentales.

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"Querido líder, ¡gracias por tanta soberanía!".

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Ahora llegamos a la parte más específica. Al lidiar con el ejercicio del poder político en un espacio geográfico definido, la soberanía es un concepto inherentemente geopolítico. La soberanía de cada Estado, en otras palabras, está definida por las realidades que la geografía le impone. De aquí se desprende otra conclusión aparentemente obvia pero importantísima:

La naturaleza de la soberanía de cada Estado es distinta, moldeada por su ubicación en el planeta, sus montañas y llanuras, sus ríos y lagos, sus recursos naturales y líneas de abastecimiento, la configuración de sus costas, y la manera como todos estos factores han moldeado su historia y el carácter de sus habitantes a lo largo de los siglos. Esto incluye, por supuesto, no solo la cantidad (y calidad) de soberanía de la que cada Estado goza en un momento determinado sino el nivel de soberanía al que puede aspirar a corto, medio y largo plazo.

Antes de meterme de lleno en el caso panameño, quizá sea mejor establecer el contexto geopolítico actual en el mundo. Hoy por hoy, pocos historiadores dudan de que estamos viviendo un momento de cambios profundos en la situación internacional. La era unipolar, que empezó hace exactamente 25 años en Berlín –y que apenas dos meses después Panamá vivió en carne propia— parece haber llegado a su fin.

En este sentido, para nosotros son importantes tres cosas:

1. Que la era 1989-2014 estuvo definida por el dominio estadounidense de los océanos del mundo y la fragmentación y/o debilidad de las potencias de la masa euroasiática. El abrumador poder estadounidense alimentó el sentido de victoria más grande que jamás se haya visto, y por un momento pareció que la historia se había acabado y que con ella terminaban las disputas geopolíticas. Fue la era no solo del idealismo –democracia, derechos humanos y ley internacional— sino del desarrollo económico como dimensión casi exclusiva de la “política”, dado que Washington y sus portaaviones se ocupaban de todo lo demás. El Panamá de hoy, como veremos más adelante, es producto de esta era.

2. Que esa era se está acabando. O ya se acabó. Este inciso da para horas de debate, pero resumámoslo así: el ascenso, o reascenso, de una serie de potencias –lideradas por China y Rusia— está resultando en una disminución relativa del poder estadounidense.

Aquí es necesario ahondar un poquito, porque este terremoto geopolítico tiene algunos aspectos que es crucial entender:

2.1. En cuanto a actitud, a las potencias emergentes las motiva, quizá por encima de todo, el deseo de recuperar la posición de la que sus respectivas civilizaciones gozaron en tiempos pretéritos, sea real, percibida o idealizada. En un mundo unipolar, ese ascenso significa, por fuerza, la apertura de espacio –a costa de Washington— para otras maneras de hacer las cosas, política, económica y/o culturalmente.

2.2. Desde el punto de vista geográfico, la creciente armonía entre Rusia y China –y, en menor medida, otras potencias— supone un desafío casi imposible de superar para EU. La condición definitoria de la geopolítica estadounidense es que, a pesar de contar con todas las bendiciones que un país puede tener, está en el hemisferio “equivocado”. El núcleo del planeta Tierra –de población y riqueza— está en el hemisferio oriental. Mientras este hemisferio esté dividido, la Armada estadounidense es dueña y señora del juego, al controlar los océanos y, por ende, el comercio marítimo. Si Eurasia se comienza a integrar, la situación se invierte. El corazón euro-asiático es inaccesible al poder naval estadounidense –ya decía Douglas MacArthur de “nunca pelear una guerra terrestre en Asia”—, y ahí es precisamente donde se concentra la estrategia de China y Rusia a largo plazo. Esto, en el fondo, no es más que la reanudación de la vieja batalla entre los pensadores geopolíticos que propusieron la primacía del poder terrestre –Sir Halford Mackinder— y los que, como Nicholas Spykman y A. T. Mahan, identificaron que para mandar en el mundo era necesario controlar los océanos.

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"Te vas a comer los portaaviones con papas".

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Entendiendo esto, entonces, es posible interpretar el mundo de hoy. Rusia y China han firmado más de 700 mil millones de dólares en acuerdos energéticos en áreas en las que Washington no tiene control. Ambos, junto a otros gobiernos, lideran el proyecto económico más ambicioso de la historia: la integración euroasiática a través de una multitud de “nuevas rutas de la seda” que irán de Vladivostok a Lisboa, y de Shanghai a Rotterdam.

La trascendencia de esto es gigantesca. Y frente a ello, Washington busca establecer una línea de contención del Báltico al Mar Negro para frenar la expansión rusa, intenta negociar –en secreto y de apuro— masivos tratados de libre comercio para aislar a Beijing y Moscú, y libra una compleja batalla diplomática por los corazones de India –el único gigante que aún no despierta— y Alemania, líder del extremo occidental de Eurasia. Mientras, su disfuncionalidad interna, el peso de sus errores pasados y el orgullo imperial lo mantienen amarrado y desangrándose –económica, estratégica y moralmente— en el Gran Medio Oriente, un área que, a la postre, le es cada vez menos necesaria.

En todos estos teatros, sin embargo, se empieza a reconocer un patrón preocupante: sea con el TPP o con su oposición a los protocolos de Minsk, Washington está embarcado en una actitud reactiva, de sabotaje a las iniciativas de otros. Aunque continúa gozando de un poder incomparable bajo cualquier criterio, EU luce hoy como un líder que ya no lidera nada ni a nadie, un país con un gobierno supeditado a los intereses corporativos, un gigante sin estrategia propia, solo movido por el propósito de evitar el ascenso de otros. Esto podrá terminar bien o mal –y hay expertos en ambos bandos—, pero no hay duda de que está ocurriendo: el “mundo estadounidense” ha llegado a su fin.

3. Los próximos años, entonces, estarán definidos por la tensión entre una potencia marítima del hemisferio occidental y varias potencias terrestres del hemisferio oriental. Unas buscan integrarse para cambiar el statu quo. La otra, impedir lo primero para mantener lo segundo. En consecuencia, el futuro del orden que comienza a nacer estará marcado por la reacción estadounidense a su pérdida relativa de poder.

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Una niña pakistaní muestra un dibujo en agradecimiento al Congreso estadounidense por sus ataques con drones.

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Dada la extraordinaria e histórica dimensión del poder estadounidense, la idea anterior repercutirá en todos los rincones del planeta. Para Panamá, sin embargo, será absolutamente crucial.

Para entender esto es necesario entender nuestra situación geopolítica. Yendo de lo interno a lo externo, el territorio panameño goza de la peor combinación para el desarrollo económico: humedad, calor, montañas y falta de ríos navegables. Esta geografía ha hecho que el país sea básicamente una ciudad-Estado con una periferia que llega hasta las fronteras con Costa Rica y Colombia. Sin embargo, lo que en otros países constituiría un desafío directo a la gobernabilidad, en Panamá no: por más aislado que estén ciertos sectores, la identidad panameña, y la autoridad del Gobierno central, no están en discusión. El fin de semana pasado, por ejemplo, Bocas del Toro celebró sus 111 años de existencia con desfiles de bandas escolares, igual que se hace en el resto del país. Recorrer las calles de Isla Colón a las 6 de la tarde supone escuchar los noticieros de TVN y Telemetro, y salir de fiesta significa escuchar las mismas canciones que se oirían en cualquier otro lugar de la geografía nacional.

Además de una identidad definida –aunque no del todo comprendida— a lo largo y ancho de su territorio, Panamá goza de otra bendición geopolítica: la ausencia de amenazas regionales. De hecho, uno de los motivos por los que la autoridad de esta ciudad no es desafiada en Bocas o Darién es porque los centros de poder políticos más “cercanos” están lejísimos, o separados por accidentes geográficos. San José no solo está lejos y separado por montañas sino que además carece de un ejército con el que proyectar poder. Colombia, que sí tiene ejército y un peso geopolítico de una magnitud muy superior al nuestro, tiene sus grandes centros políticos y demográficos separados de nuestro territorio por una de las selvas más densas del planeta.

Pero no exageremos. Ni las selvas ni las montañas –al menos las de Centroamérica— son completamente impenetrables. Sin subestimar todas estas cosas, el motivo más poderoso por el que no tenemos amenazas es porque Panamá y sus vecinos forman parte de lo que Spykman llamó “el Mediterráneo estadounidense”, que no es otra cosa que la cuenca del mar Caribe.

En otras palabras, el “vecindario” en el que nos ha tocado vivir tiene la particularidad de tener un solo capo, que sometió hace mucho tiempo al capo aspirante –México— y al que la única otra potencia hemisférica –Brasil— le queda al otro lado de la selva amazónica, la verdadera línea divisoria del continente americano. Ese capo, a la postre, ha sido el capo de tutti capi en el mundo por el último cuarto de siglo, pero eso para nosotros es casi irrelevante. Entre Panamá y cualquier otra potencia se encuentran los océanos y las selvas más grandes del mundo. Vivimos en lo más profundo de la Pax Americana.

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La leyenda lo dice todo.

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Así, el hecho central y definitorio de la geopolítica panameña es su ubicación en el “círculo cero” del poder estadounidense. Ante esto, hasta la angostura de nuestro territorio es un factor secundario. La existencia del Canal de Panamá no es importante en términos absolutos sino solo en relación a la viabilidad y preponderancia del comercio marítimo a nivel regional y global.

Me explico: los panameños tendemos a pensar que nuestra posición geográfica nos da una importancia estratégica inmutable, indiferente a cualquier otro cambio en el mundo. Esto se debe a que nuestra “historia” coincide con la apertura de la era europea del mundo hace poco más de 500 años, una época que estuvo dominada por potencias marítimas –de España y Portugal a EU, pasando por Gran Bretaña— que, naturalmente, le dieron gran importancia al istmo panameño.

Sin embargo, el comercio marítimo no existe en el vacío sino que se lleva a cabo mediante buques y a través de líneas marítimas, canales y estrechos que deben ser defendidos. En la medida que ha habido una sola potencia –o varias aliadas— controlando la seguridad de esa infraestructura, el comercio marítimo ha aumentado en importancia y viabilidad. En la medida en que ha reinado el desorden en los mares, el comercio marítimo se ha vuelto inviable y peligroso. Hoy, cuando recién empieza a concluir la “era estadounidense”, el mismo constituye el 90% del comercio total en el mundo, y no es casualidad: EU es el líder del mundo marítimo, la potencia naval por excelencia, y lo seguirá siendo por el futuro previsible.

Pero no nos salgamos del tema. Aquí, lo importante es comprender que la relevancia de nuestro país en el mundo es directamente proporcional a la posición geopolítica de EU. Y como esta ponencia está orientada exclusivamente al tema de la soberanía, la centralidad de EU es doble: dado que ninguna otra potencia tiene –ni tendrá a corto y medio plazo— la capacidad de discutirle a Washington el control del Caribe o de nuestro Canal, la simple realidad es que estamos amarrados al destino de EU, nos guste o no.

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"Señores, espero que haya quedado todo claro".

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Para finalizar este punto, es importante tener claro hasta qué punto el Panamá de hoy es un producto de la era unipolar del mundo.

Es verdad que las condiciones iniciales no eran las mejores: desde el comienzo usamos una moneda completamente fuera de nuestro control, y como precio al avance más crucial de nuestra historia tuvimos que ceder formalmente una parte de nuestra soberanía a la voluntad estadounidense de intervenir en el Canal. Pero lo peor estaba por llegar: al contrario que más del 99% de los Estados soberanos del mundo, nuestro país no tiene un ejército, el medio por excelencia para preservar soberanías. Más aún, la decisión de desmantelar el que teníamos fue tomada luego de que el ejército más poderoso de la historia aplastara a nuestros soldados y matara un número de civiles que aún no nos hemos dignado a contar.

A partir de ahí, todo ha ido cuesta abajo: en las últímas décadas, mientras avanzaba la era unipolar, nuestra diplomacia ha pasado de ser una de las más sofisticadas del planeta a ser un verdadero circo. Nuestro servicio de inteligencia, otrora el mejor informado y más capaz de Latinoamérica, hoy no llega ni a sombra de lo que fue. Y nuestro sistema educativo, el que debe transmitir el significado de conceptos como “soberanía”, “geopolítica” y “Panamá”, sigue en caída libre.

Nos hemos automutilado como país. Unos lo hicieron voluntariamente y otros a la fuerza, pero todos compramos el billete de lotería que nos vendieron desde Washington. El del fin de la historia y el triunfo del American way of life por siempre y para siempre.

Y no nos engañemos: materialmente, económicamente, ese fin nos convenía. Pero nunca fue real.

Ahora, nos encontramos con un “Estado” sin soberanía real, un protectorado informal que es incapaz de llevarle la contraria a EU y que, aún peor, está traumatizado por lo que sucedió cuando se atrevió a hacerlo. Una sociedad cuyo gobierno pasó de dictadura militar a mafia oligárquica de cuarto mundo, con unos políticos cuya corrupción solo es superada por su ineptitud, ignorancia y chabacanería, y con una capacidad de cambio que se reduce a medida que nuestras escuelas y universidades producen legiones de zombies buenos para nada, mediocres, superficiales y consumistas, más identificados con el Black Friday que con el aniversario de nuestra independencia de España.

Ahora que el mundo empieza a experimentar el cambio más importante de los últimos 500 años, Panamá se encuentra a la deriva, completamente a merced de fuerzas externas.

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"¿Nuestra estrategia geopolítica? Ehm, bueno..., jeje".

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Esa es nuestra realidad, y mientras antes lo reconozcamos, antes podremos hacer algo al respecto.

¿Y qué se puede hacer? Lo primero que tenemos que tener claro es nuestro objetivo. Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, la soberanía a la que puede aspirar Panamá no es ni más ni menos que la que Washington está dispuesto a cederle. Por eso:

El principal objetivo de una gran estrategia panameña debe ser la búsqueda de espacio soberano con respecto a EU.

Ese espacio, que quede claro, debe proporcionarnos una soberanía que sea auténtica pero que no socave el bienestar de nuestra población. EU es el alfa y el omega de nuestra situación geopolítica, por lo que bajo ninguna circunstancia debemos encontrarnos en una confrontación directa con ellos. Como cuenta una anécdota, antes de la invasión de 1989 Fidel Castro le dijo a un alto dirigente del PRD: “dile a Noriega que yo vivo enojado con los gringos, pero nunca me peleo con ellos”. Como ven, la línea es ultradelgada, y los riesgos son altísimos.

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Un tipo que no sabe nada de geopolítica.

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Ahora, ¿cómo se busca ese espacio? Dada la sensibilidad del tema ejército –mejor dejarlo para otro momento—, creo que Panamá debería planificar una estrategia a largo plazo, centrada en una palabra: información.

Esta estrategia se basa en dos pilares fundamentales: el primero, por supuesto, es que vivimos en la era de la información. Y el segundo es que Panamá, con un territorio pobre, difícil y pequeño, una población insignificante y un trauma que lleva 25 años negándose a enfrentar, carece de opciones mejores.

La “revolución informativa” de Panamá constaría de tres partes principales, todas ellas interconectadas.

1. La primera sería, por supuesto, una revolución educativa. Con una población tan reducida, un proyecto serio de excelencia educativa no solo es económicamente viable sino alcanzable en un espacio relativamente corto de tiempo. La revolución educativa panameña debe ser tan ambiciosa como para catapultarnos a los primeros puestos mundiales en estos campos y, sobre todo, convertir a nuestras universidades en imanes regionales. Como mínimo, los estudiantes más brillantes de Centroamérica deben soñar con estudiar en las universidades panameñas. Y como complemento a esto, las mejores universidades del planeta deben estar interesadas en recibir a nuestros estudiantes.

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Figura pionera de la revolución educativa panameña.

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La revolución educativa sería la base sobre la que se cimentarían nuestras verdaderas herramientas geopolíticas.

2. La primera de ellas sería la construcción del cuerpo diplomático más sofisticado y dinámico de América Latina. Este cuerpo diplomático no solo deberá estar preparado en las mejores escuelas del planeta –y en todas las tradiciones diplomáticas—, sino entrenado para reflejar a la perfección la esencia de lo que significa este país. Panamá, para dar un ejemplo, es el único país capaz de producir un futbolista profesional de raza negra, con apellido chino y nacido en una isla donde se habla inglés criollo.

Los panameños somos indios, hindostanes, blancos, negros, chinos, gringos y europeos. Somos católicos, evangélicos, judíos, budistas, ateos, musulmanes, sikhs y bahai. Somos uno de los países mejor preparados para entender el mundo del siglo XXI, pues su complejidad es la nuestra. Nuestro problema, en realidad, es que no somos conscientes, e incluso llegamos a despreciar, nuestra maravillosa y compleja naturaleza.

Para eso sería la revolución educativa, para volver a enseñarle a los panameños lo que significa Panamá. A partir de ahí, la estrategia diplomática sería fácil de ejecutar porque nuestros diplomáticos solo tendrían que ser y reflejar lo mejor que este país es capaz de producir.

3. Pero se me queda algo. Como dijo alguna vez Omar Torrijos, existen tres tipos de verdades: la blanca, que conocían todos; la gris, que conocían él y el general Noriega; y la negra, que solo conocía Noriega.

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"Ni me cuentes todas esas cosas que sabes".

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Sin querer entrar en polémicas, uno de los elementos de nuestra estrategia debe ser el despertarnos de la ingenuidad con la que andamos por el mundo. Si se lo propone, Panamá podrá tener las mejores universidades y los diplomáticos más eficace. Pero a la hora de una crisis ninguno de los dos nos salvará. Por eso, necesitamos tener una herramienta que nos permita obtener elementos de ventaja con los que negociar y salvar crisis.

Esa herramienta se llama inteligencia. Panamá necesita volver a tener el mejor servicio de inteligencia de América Latina. Necesitamos volver a ser los mejores informados, los que hacíamos de mediadores entre Castro y la CIA, entre ángeles malos y demonios buenos. Necesitamos volver a convertirnos en la bisagra del continente, y para eso tenemos que ser los más educados, los más viajados, los más sofisticados y los mejor informados. En Latinoamérica no se debe mover una hoja sin que Panamá lo sepa.

(Antes de finalizar con esto, es necesario aclarar que “inteligencia” no quiere decir exclusivamente espionaje. El espionaje, no nos engañemos, es parte esencial de la estrategia de seguridad de un país, y cualquier profesional sabe que las embajadas están llenas de espías. Sin embargo, la información obtenida a través de medios ilegales es solo una parte –y ni siquiera mayoritaria— de la información que hay actualmente disponible, lista para ser analizada.)

El rol de un servicio de inteligencia, entonces, es el de proporcionarle a políticos y diplomáticos la información necesaria para la toma de decisiones soberanas. Como ven, va de la mano con la diplomacia. De hecho, las negociaciones diplomáticas más importantes de la historia están repletas de anécdotas de espionaje y contraespionaje que solo son reveladas con el tiempo. Los tratados del Canal, por supuesto, no son ninguna excepción.

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George H. W. Bush y Manuel Noriega, en uno de sus intensos debates sobre democracia y libertad.

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La gran estrategia panameña, en definitiva, debe concentrarse en producir ciudadanos a la altura geopolítica del país. Precisamente, el problema de Panamá es que por gran parte de su historia ha sido incapaz de producir ciudadanos –y, por ende, políticos— que estén a la altura de lo que una tierra tan compleja como esta, con tan poco margen de maniobra, necesita para proteger un nivel de soberanía decente. Para sobrevivir en el siglo XXI, los panameños tendrán que convertirse en los mayores expertos en EU, tanto a nivel “blanco” (Congreso, Casa Blanca, etc) como “gris” y “negro” (Pentágono, CIA, NSA y demás). Tendrán que entender, mejor que nadie en Latinoamérica, el ascenso de China y las consecuencias de su modernidad para todo el planeta. Tendrán que conocer de primera mano el deshielo Ártico y sus consecuencias para Rusia y nuestro Canal. Tendrán que comprender a la perfección las dinámicas internas de México, sus flujos migratorios a EU y cómo estos pueden cambiar fundamentalmente la naturaleza de Norteamérica. Y así sucesivamente, tendrán que tener al planeta entero en sus cabezas. Si queríamos ser “puente del mundo”, aquí está la oportunidad.

Obviamente, muchas cosas pueden salir mal. Los patrones del narcotráfico pueden cambiar y arrastrarnos a la órbita del crimen organizado que impera más al norte. Venezuela puede explotar, con ramificaciones que podrían afectar a Colombia y luego a nosotros. Washington puede reaccionar contraproducentemente a su declive relativo, acelerándolo y arrastrándonos consigo, y así sucesivamente.

Todas estas cosas nos obligarían a tomar decisiones dificilísimas en nuestras relaciones exteriores. Para que quede claro, el simple intento de buscar espacio soberano con respecto a EU está lleno de riesgos. Como dije, es una línea finísima, y cada quién deberá decidir en su corazón cuánto valora eso que llamamos soberanía. En definitiva, cuánto valora a Panamá. Muchas gracias.

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